Podría permitirme la licencia de una comedia romántica y soltar una obviedad: las primeras veces rara vez son perfectas. Justo por eso se recuerdan. Si algo puedo decir de la mía es que fue con alguien especial. Lo que no puedo decir es que esa persona lo sepa.
Si en este momento te han saltado más preguntas que cuando entras en la web de la Seguridad Social, tranquila. A mí también me pasó.
Tener dieciséis años es la verdadera prueba del guerrero para cualquier mujer en esta sociedad. Parece que todo está diseñado para cuestionarte de la manera menos educativa posible. Como si la única forma de rebelarte fuese teñirte o ser impulsiva. Actividades compatibles entre sí, que muchas veces van de la mano.
Era algo habitual que durmiese con mi mejor amigo. Era lo más normal del mundo. Había amor, confianza y respeto. Aunque pueda parecer contradictorio lo que voy a decir continuación, nunca, jamás, sentí atracción por él. Así que ni me planteé que algo así pudiera ocurrir entre nosotros. Hasta que ocurrió.
Aquella noche, como tantas otras, compartimos cama. Él me abrazó, y aunque me pareció extraño, no me molestó. Mi cabeza quedó bajo su barbilla, dijo mi nombre, y yo levanté la cabeza.
Me besó y no lo pensé mucho. Lo que pasó después tampoco lo medité demasiado. Él me preguntó si me apetecía. Yo asentí. Y aquí viene la clave: no mentí. Si la pregunta hubiera sido otra, quizá mi respuesta también. Pero fue esa.
No nos vimos los cuerpos. Tampoco hubo un antes y un después. No puedo ni decir que sintiera algo especial. ¿Placer? Un poco. ¿Iluminación? Desde luego, de eso no había. Supongo que hay algo en la cultura popular que insiste en que ese momento tiene que ser trascendental, que te cambia, que es un umbral. Pero, la verdad, fue simplemente algo que pasó.
A la mañana siguiente, sentados en la mesa de la cocina donde tantas veces había cenado con sus hermanos, mirábamos las sábanas rodar en el tambor de la lavadora con una especie de espesor en el cuerpo. Como si acabáramos de venir de la guerra de Corea hablando exageradamente y mal. Juramos no contárselo a nadie. Porque si algo estaba claro aquella mañana, era que no iba a volver a ocurrir. Hay relaciones que no fluyen así.
Nada cambió entre nosotros. Ni un ápice. Con los años, lo absurdo de todo aquello creció hasta el punto de convertirse en un recuerdo tan inofensivo como un selfie tuyo borroso con una mechas californianas, un colgante de mostacho y una camiseta fosforescente cuyos tirantes frenan su apertura a la altura de tu ombligo.¿Te gusta? A ver… no, pero te da ternura en cierto modo.
Él creyó que yo ya tenía experiencia y yo jamás corregí el dato. No porque quisiera engañarle o porque me avergonzara, sino porque no vi la necesidad.
Si algo he aprendido con el tiempo es que la virginidad solo le importa a la gente hasta que deja de tenerla. Luego desaparece como concepto. Es un término inventado, un control de calidad absurdo para cuerpos que se supone que solo tienen valor en función de su «uso». La idea de que el sexo te cambia de alguna forma mágica es básicamente dogma religioso reciclado en discurso moderno.
Siempre me ha hecho gracia cómo nos venden el primer polvo. Como si tuviera que ser un acontecimiento digno de un montaje de cine francés, con miradas intensas y una sensación de trascendencia cósmica en la postura del misionero.
Personalmente, puedo decir que no desarrollé ningún trauma ni sufrí un cambio trascendental en mi existencia. Lo cual ya me parece un gran logro. Mi percepción del sexo mejoró con el tiempo, con la práctica, con conocer mi cuerpo y dejar de buscarle un significado más allá del placer y la conexión. La clave estaba en desaprender todo lo que habían metido en la cabeza sobre lo que «debería» sentir o hacer.
Así que me lo guardo para mí. Como cuando te comes la última croqueta en una cena con amigos y nadie se da cuenta. Puede que este hecho no me otorgue un máster en comunicación y es posible que no sea todo lo transparente que presumo de ser con los míos. Pero llegados a este punto solo me queda ser una chica de secretos. De esas que salen con chicos que van de misteriosos cuando tienen menos complejidad que un libro carioca de colorear mientras callan y escuchan hablar hasta que el tío se da cuenta de que ella es el enigma real. Es increíble las formas que tengo de excusar mi procrastinación del asunto… en fin. No hagáis lo mismo.
Un enredo real, que no sé muy bien cómo llegó a pasar, escrito y vivido por Alex.

