Cuando Sonia me escribió por privado por primera vez para contarme su historia estaba embarazada de 35 semanas, con las hormonas por las nubes y con un disgusto enorme.
Su marido y ella habían sido muy afortunados, siempre habían estado rodeados de grandes amigos y amigas y todo se tornó de colores cuando fueron los primeros en el grupo en decir “¡Vamos a tener un bebé!” Tenían clarísimo quienes serían los padrinos, que además de ser sus mejores amigos, eran pareja entre ellos.
Desde el principio estuvieron super involucrados en el embarazo, pendientes de las revisiones médicas, de las cositas para la habitación que los futuros papis iban comprando…
Les organizaron una fiesta de embarazo donde todo el mundo trajo regalos, pasaron una tarde increíble rodeados de amistades y familia en un local decorado en tonos pastel y con ropita de bebé colgada a modo de guirnalda. La verdad es que se lo estaban currando mucho. Se habían tomado el papel de padrino y madrina muy en serio. Y tanto que en serio…

Cuando, en la semana 22 confirmaron al fin que sería una niña, los 4 (padres y padrinos) hicieron una cena casera. Allí Sonia y su marido les regalaron a los futuros padrinos una foto de la última ecografía y les dijeron que serían padrinos de una niña. En la foto había un interrogante. Les explicaron que en la clínica les habían preguntado el nombre y, al decirles que no tenían todavía, le habían puesto esos interrogantes. La conversación siguió un poco más en torno a los nombres, pero tampoco mencionaron ninguno concreto ni hicieron referencia a cómo lo decidirían.
Un par de semanas después, la que sería la madrina de la niña escribió en un grupo de WhatsApp que tenían los 4 desde hacía años el siguiente mensaje: “Ya lo tenemos! Si queréis esta noche venid a cenar a casa y os enseñaremos el nombre de vuestra niña. Os va a encantar!” seguido de varios emojis de caritas sonrientes y corazones.
El marido de Sonia no tardó en contestar: “Cómo? Se os ha ocurrido un nombre o qué?” No entendían aquel mensaje y las siguientes respuestas seguían siendo misteriosas hasta que Sonia, con el filtro quitado por las hormonas, fue mucho más directa: “Qué quieres decir con el nombre de nuestra niña? Nosotros aún no tenemos nombres pensados, no os estamos entendiendo”. Entonces su amiga envió un audio explicando que es tradición que los padrinos elijan el nombre y que habían estado desde aquella cena pensando y ya lo tenían.

Sonia le dijo que estaban dispuestos a escuchar sugerencias, e incluso podían elegir un par de opciones y dejar que ellos eligieran entre su selección previa, pero que el nombre de la niña era algo que debían elegir ellos, aunque sí querrían escuchar sus propuestas.
Entonces el que sería el padrino entró muy malhumorado diciendo que en su familia de toda la vida pusieron los nombres los padrinos, que llevaban muchas horas dando vueltas al tema y que se habían currado mucho su función de padrinos, así que lo mínimo que podían hacer era complacerles solamente en eso.
A Sonia le sentó fatal el tono de su amigo. A su marido también, pero no quiso hacer más grande la bola y enzarzarse a discutir por mensaje no traería nada bueno. Entonces les contestó que podrían juntarse ese día y conocer la opción que ellos les planteaban, que quizá fuese el nombre y quizá no, pero que podrían ayudarles en el proceso.
La que sería madrina contestó que ya no querían cenar, que estaban muy disgustados con su poca consideración, pero que no les harían esperar más, que su niña se llamaría Agustina y punto.
Sonia casi se pone de parto de la rabia que le entró. Su marido la ayudó a respirar hondo antes de enviar un mensaje del que se pudiera arrepentir. Cinco minutos después, algo más calmada, les envió un mensaje de audio diciendo que estaban encantados de contar con ellos de padrinos, pero que eso no significaba que pudieran tomar decisiones importantes en relación a la niña sin su consentimiento, que ese nombre no les gustaba en absoluto y que esperaba que se calmasen un poco en su tono, como había hecho ella con mucho esfuerzo.

“Sonia, es innegociable, o se llama Agustina como mi difunta abuela, que sabes lo importante que fue siempre para nosotros, o ya os estáis buscando otros padrinos”. Antes de que se marcase del todo el doble check azul, el marido de Sonia ya tenía pulsado el botón de audio. Toda la calma que le había transmitido a su mujer se había esfumado en un segundo y le dijo a su amigo que no solo no era negociable el hecho de que su hija no ser fuera a llamar así, si no que o se disculpaban ese mismo día o no solamente perderían la oportunidad de ser padrinos, sino su amistad de décadas. Le dijo, además, que recordaba a su abuela con mucho cariño y sabía que había sido como una madre para él, pero eso no quitaba el hecho de que fuese un nombre horrible y que no se lo pondrían a la niña de ninguna manera.
Ambos “padrinos” abandonaron el grupo. Esa era toda la información que me había dado en esa semana 35, cuando y llevaban semanas sin saber nada de ellos. Habían abandonado los grupos comunes y cuando se hacían quedadas de amigos, no iban si sabían que ellos irían. Se acercaba el momento del parto y ellos no tenían unos padrinos alternativos, pues creían que las cosas se podrían arreglar y tampoco querían hacer que otras dos personas se sintieran segundos platos de nada.
Pues bien, han pasado ya unos meses desde aquellas tardes de conversación con Sonia y hoy me ha vuelto a escribir. Su niña es una preciosa bebé llamada Alejandra. Aun habiendo ya nacido, aquella pareja seguía sin dar señales de vida, aunque sabían que habían pedido ver fotos de la niña. Eligieron nuevos padrinos. El hermano de él y la hermana de ella aceptaron el cargo encantados y, aunque querrían su ahijada lo mismo que si solamente fuera su sobrina, les hizo mucha ilusión ser los elegidos y más aún sabiendo lo doloroso que había sido para ellos.
Cuando la niña tenía un par de semanas, un nuevo grupo de WhatsApp apareció en su bandeja de notificaciones. Los “no padrinos” crearon un nuevo grupo de 4 llamado “Lo sentimos”. En él se disculparon por todo lo ocurrido, dijeron que habían vivido todo tan intensamente que se habían cegado con sus derechos y no con lo realmente importante. Que ellos también creían que no era un nombre bonito y que Alejandra les parecía el nombre más bonito del mundo. Pidieron permiso para ir a conocer a la niña y allí se presentaron llenos de regalos para los padres y la bebé, con globos, cartas de disculpa y, sobre todo, abrazos acumulados de mucho tiempo.

Me alegré mucho de que pudieran recuperar la amistad, aunque cuando supieron que la niña tenía padrinos se sintieron fatal, sabían que había sido culpa suya y que habían perdido la oportunidad.
Para compensar la situación y terminar de arreglarlo, poco tiempo después de aquel reencuentro y para soltar de todo las tiranteces persistentes entre ellos, acudieron a su casa con nuevos regalos: unos chupetes que ponían padrino y madrina y una postal en la que pedían que fueran ellos los padrinos del bebé que esperaban y pidiéndoles, además, que eligieran ellos el nombre, pues tenían mejor criterio.
¡Cómo me gusta traeros historias con final feliz! Gracias Sonia por tu confianza.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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