Llevaba ya muchos años trabajando en aquella empresa cuando me quedé embarazada. El ansia compartir mi alegría y la necesidad de organizar mi calendario anual con mi encargado me llevaron a contar en la empresa mi situación pocos días después de conocer la noticia.
Trabajaba en una tienda bastante grande donde éramos un equipo numeroso. Cuando di la noticia recibí mucho cariño y felicitaciones de compis y encargados, pero una de mis compañeras me hizo un comentario un poco extraño. “¡Enhorabuena! Anda que nos damos prisa en contar las cosas…” Parecía un reproche, pero sonreía, no entendía nada. Me hizo señas para que la siguiera a los probadores y allí, estando ambas solas, se subió ligeramente la camisa y pude ver su vientre ligeramente abultado “Estoy de cuatro meses y no he dicho nada, y tú que no tendrás ni un guisante todavía…” Ella se reía. Yo me alegré por ella muchísimo. Nos abrazamos y me dijo que solamente lo sabía una de las encargadas del otro turno porque eran amigas, pero que prefería no notificarlo todavía.

Ella no llevaba un buen embarazo. Había tenido ya varias pérdidas anteriormente y estaba muy asustada, así que había decidido no contar nada hasta que se sintiera cómoda para hacerlo.
Por casualidades de la vida, al día siguiente una compañera del otro turno me pidió el un cambio para llevar a su hija al dentista y al llegar al trabajo me encontré con la encargada que conocía el secreto. Al llegar al vestuario me felicitó con una sonrisa. “El equipo crece”, dijo bromeando. “Si, y parece que más de lo que se espera” le dije guiñándole un ojo. Ella suspiró aliviada al ver que aquel secreto no era exclusivo suyo. Entonces dije “Desde que Arantxa me dijo que está embarazada me hace más ilusión todavía”. En ese momento entraba Rosa en el vestuario y poniendo la oreja, como siempre, preguntó con los ojos abiertos como platos “¿Qué hay más preñadas?”

Rosa siempre fue muy bruta hablando. Y no lo digo porque dijese palabrotas o cosas así, sino que siempre intentaba usar los términos más despectivos y hablar con cierto desprecio pero tapándolo con una risita, como si fuese una broma.
Nos llevábamos muy bien y ella me debía muchos favores (no sólo por el trabajo), pero siempre tuve en cuenta que ella era bastante cotilla.
La encargada y yo nos miramos buscando en la otra la respuesta perfecta para salir de aquel marrón “No disimuléis que ya oí que a Arantxa le han hecho un bombo. ¡Contadme todo lo que sepáis!” Se sentó en el banco con las manos entrelazadas como si no pensase moverse de allí hasta que le dijésemos algo.
Yo solamente acerté a decir que por favor no dijese nada, que no lo quiere contar, que tenga en cuenta el daño que le haríamos si contásemos su secreto y el cabreo que podría pillar con nosotras, sobre todo conmigo, por bocazas.
Ella hizo el gesto de cerrar la cremallera y me dijo que estuviera tranquila, que ella no había oído nada. Le insistí en que podría hacerla sufrir mucho si lo contaba y ella al momento dijo estar interpretando mis advertencias como pistas de aquel secreto “Así que algo le pasó… Por eso está ocultándolo…”

Al día siguiente, ya en mi turno habitual, coincidí a la salida en la cantina con las compañeras que se preparaban para entrar a dar el relevo a las que nos íbamos. Allí encontré a Rosa de espaldas a la puerta diciendo “No puedo dar más datos, pero ésta no es la única preñada. Hay otra de más tiempo pero que no lo quiere contar. Parece que hubo algún aborto o algo así y ahora se debe de pensar que por no contarlo no le va a pasar… No sé, eso me contó ésta.” Dijo señalándome.
Yo me puse de todos los colores. Sentí una rabia tan grande que no sabía ni cómo reaccionar.
Arantxa entró detrás de mí. No sabía cuánto había oído, pero supuse que mucho, pues entró mostrando su recién estrenado pantalón de premamá.
Las lágrimas se me asomaron a los ojos. Sentía una impotencia tan grande… Rosa y yo habíamos sido amigas hacía tiempo. Es cierto que estábamos bastante distanciadas y confieso que fue algo consciente porque me di cuenta de que era alguien bastante tóxico para mí, pero aquella jugada me parecía muy sucia.
Arantxa la miró con asco pasando a mi lado como si no estuviese. Me hubiese encantado que se me tragase la tierra en ese mismo momento. Entonces dijo “Chicas, estoy embarazada, si, por eso no debo guardar dentro nada negativo, para no contaminar a mi niña con veneno estancado. Rosa es una sinvergüenza que se acaba de inventar todo lo que está diciendo en base a lo que escuchó a escondidas ayer, como hace siempre. Por desgracia tiene razón. He sufrido cinco abortos antes de este embarazo y siento mucho miedo, por eso me cuesta emocionarme. Rosa, si quieres puedo preguntar si aun tienen los fetos en formol o algo así para que tengas el reportaje completo”.

Rosa, colorada como si le hubiesen dado la bofetada que se merecía, agachó la cabeza y masculló algo como que no era su intención.
La encargada, que venía con Arantxa y yo no había visto, la reprendió allí mismo diciendo que siempre intentaba generar mal rollo y cotilleos entre el equipo. A pesar de ser muchas personas, nos llevábamos bastante bien en general, pero es cierto que, si pasaba algo, el nombre de Rosa siempre acababa saliendo. Pero esta vez se había pasado, quería acusarme a mí de revelar un secreto muy personal y pretendía salirse de rositas.
Menos mal que había alguien que supiera que yo no tenía culpa de nada. Arantxa me sonrió de lejos para que me relajase y con eso pude respirar tranquila.
Rosa se fue de la empresa pocos meses después, pues todo el resto de compañeras empezaron a evitar hablar delante de ella y se sintió aislada. Para mí fue un alivio, pues no me gustan los conflictos, pero no quería verla ni en pintura. Ese afán que había tenido siempre por ser la protagonista de las historias y la voz cantante del grupo le había hecho pasarse de la ralla totalmente y ya nadie estaba cómodo en su presencia. Así que no hubo muchas lágrimas en su despedida.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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