En una fiesta conocí a un hombre que me atrajo muchísimo desde el primer momento. Y así, de un día para otro, me metí de lleno en una relación tóxica. Juan nunca me dio tranquilidad. Se enfadaba por cualquier cosa, estar con él era como ir andando por un campo de minas sin saber cuándo iban a explotar. Lo peor de este tipo de relaciones es que cuando estás bien, estás muy bien, la típica frase que decimos pensando que en las relaciones sanas no puedes sentirte así, creyendo que nadie está tan bien como estamos nosotros en nuestros mejores momentos. Y poco a poco, estos momentos crean un enganche que confundimos con amor.
Nosotros vivíamos en ciudades diferentes, no muy lejanas, y podíamos vernos todas las semanas. Pero al pasar un par de años, él decía que lo que teníamos no era una relación seria, que no podía contar conmigo durante el día a día porque no estaba ahí. Él pedía que yo me fuera a vivir con él, que lo dejara todo, mi piso de alquiler en el que estaba tan a gusto; mi trabajo, que me encantaba, todo. Y yo, por lo que creía que era amor, lo hice.
Ahora, pensándolo mejor, no sé si lo hice por amor o por miedo a sus represalias, a su ley del hielo, a sus enfados. Juan nunca me maltrató físicamente, ni siquiera me insultó, pero me afligió maltrato psicológico, sutil y brutal al mismo tiempo, consiguiendo que acabara haciendo siempre lo que él quería solo por miedo a que no se enfadara o a que dejara de hablarme durante días.
No puedo decir que me arrepienta de lo vivido, gracias a esta relación aprendí muy bien lo que quería y lo que no quería en una pareja, y tampoco me arrepiento de haber cambiado de ciudad porque gracias a ello viví nuevas experiencias lejos de mi ciudad natal. De lo que sí me arrepiento es de haber tardado más de lo que debería en salir de una relación que me hacía sumamente infeliz.
Un buen día, en una discusión, me echó de casa a las dos de la mañana, no sabía a dónde ir. Dejé mi trabajo, estaba en el paro, y no tenía a quién acudir. Dormí en el coche. Al día siguiente me pidió perdón, y volví como si nada. Sabía que debía dejar esa relación, pero siempre se disculpaba cuando le decía que se había acabado y yo le perdonaba. Una noche, tuvimos una trifulca, y él se puso agresivo, haciendo exagerados ademanes y gritándome. Cuando se fue a dormir me prometí a mí misma que esa era la última vez que Juan me intimidaba así. Me fui a dormir a la habitación de invitados, pero no pegué ojo en toda la noche: estuve planeando cómo irme al día siguiente, en silencio. No podía dejarle en persona, porque me pediría perdón, lloraría si hiciera falta y me convencería de no hacerlo.
Al día siguiente, Juan debía acudir a una comida familiar a la que evidentemente como castigo no me invitó y yo aproveché para ir a buscar cajas, hacer maletas y cargar el coche. Le dejé una nota plasmando en ella todo lo que había sufrido, despidiéndome para siempre, y lo bloqueé de todos lados como él había hecho tantas veces conmigo por cualquier mínimo enfado.
Cogí mi coche y volví a casa de mis padres. No tenía trabajo, ni piso, pero había conseguido huir de la relación más tormentosa que he tenido en mi vida. Mientras iba conduciendo, me sentía muy orgullosa de mí misma, sabía que ya nunca iba a volver con él y que no estaría nunca más con nadie que no me tratara como me merecía. Evidentemente, él intentó contactar conmigo de todas las maneras posibles, y aunque tuve algún momento de bajón en el que caí descolgando el teléfono, siempre le dejé bien claro que lo nuestro se había acabado para siempre.
Hace mucho que no sé nada de Juan, lo último que supe es que iba a terapia, pero que no le estaba sirviendo de mucho.
Por mi parte, con el tiempo conseguí otro trabajo y pude alquilar otro piso. Y sobre todo, conseguí quererme a mí misma por encima de cualquier otra persona, no dejando que nadie volviera a hacerme sufrir de aquella forma.
Anónimo
Envía tus movidas a [email protected]

