A lo largo de los años fui desarrollando una enorme falta de autoestima, fruto de pequeños traumas, de rodearme de personas que volcaban sus inseguridades en mí y unas cuantas cosas más que no ayudaban en nada, fui creando mi personalidad como alguien que pide perdón por todo, que siempre cree que sacará la peor nota, que nadie se fijará en sus virtudes, etc.
Siempre me dediqué a ayudar a quien lo necesitase por encima de mis propias necesidades. Si una amiga estaba mal por una chorrada, yo dejaba toda mi vida en pausa, significase eso lo que significase, para poder ayudarla. Cuidar a los demás era una muestra de mi intento desesperado por encontrar el sentimiento de pertenencia.

Cualquier cosa era más importante que yo, cualquier persona era mejor que yo en todo lo que hacía… Entonces vino un enorme batacazo. Uno múltiple.
A la vez que una gran amiga a la que había regalado toda mi energía, mi tiempo, mis recursos (incluido mi dinero) y todo mi apoyo, me dejaba en la más absoluta mierda; al mismo tiempo, un grupo de malas profesionales pretendían culparme a mí (normal, pues era una víctima fácil) de las consecuencias de haber tomado las peores decisiones con respecto a mi hijo neurodivergente.
Entonces me paré a analizar fríamente todo lo que estaba pasando. Mi amiga había traicionado mi confianza y mi amistad, se había reído de mí, me había hecho daño. ¿Qué le aconsejaría yo si fuese ella hace un tiempo la que me contase que le estaba ocurriendo lo que me estaba ocurriendo a mí? Le diría que ella no se merece eso, que si alguien le hace daño a sabiendas debe alejarse de ella, que merece estar rodeada de gente buena, que la cuide y la respete y que guarde sus secretos como ella se los guarda a los demás.

Si a ella me hubiese costado tan poco darle este consejo, por qué me seguía sintiendo culpable por decidir apartar de mí a quien me hacía daño y se aprovechaba de mí e incluso presumía de hacerlo.
Pero es que la apuesta subía mucho más. Si me es tan sencillo ayudar a sentirse mejor a mi amiga que es madre y está sobresaturada por cosas que en mi vida serían chorradas, por qué no era capaz de reconocer mi propio mérito a la hora de criar a unas criaturas con dificultades serias de aprendizaje siempre contra corriente, sin ayudas fundamentales y tropezándome algunas veces con profesionales que debería dedicare a la botánica.
Así que, tras analizar mi vida como si fuera la de otra persona y no la mía propia, me dije:
Tía, eres buena persona, no te mereces a gente de mierda a tu lado, tú eres mucho mejor que eso. Eres una madre increíble que ha conseguido cosas por sus hijos que muchas ni soñarían. Cada vez que te enfrentas a un reto, te preparas de todas las maneras posibles que conoces y lo acabas superando. Además, tienes un montón de virtudes y talentos que, aunque aquel chico que decía quererte los ridiculizase, sabes objetivamente que lo hacía por sus propios complejos. ¡Qué más necesitas para quererte!

Y así, dejé de pedir perdón por expresar mi opinión con respeto. Dejé de ser esa chica humilde que no ve sus fortalezas para agarrarlas con las dos manos y usarlas como las mujeres a las que admiro hacen.
Os prometo que tras esta transformación interna he crecido como nunca como persona, me he quitado lastre en todos los sentidos y he conseguido ver que soy una persona muy válida, por fin, después de tantos años.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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