Cuando me quedé embarazada por primera vez tenía elegidos muy pronto los posibles nombres tanto si era niño como si era niña. Cada vez que alguien me preguntaba, yo, orgullosa y ansiosa, contestaba. Entonces venían las caras  y los comentarios “¿Quién de tu familia se llamaba así?” ¿De verdad? No me pega nada contigo, la verdad, pensé que serías más moderna” “NO me gusta nada, espero que sea niño, porque si no pobrecita”. Todo esto me sentaba realmente mal, pero yo era muy joven y todavía no me había vacunado contra la opinología. Poco tiempo después, así como cuando me tuvieron que hacer un cuadro de punto de cruz en el papo para dejármelo medio decente para usar, los anticuerpos a esa enfermedad ajena que tanto nos ataca a las mamás recientes (y no tan recientes) empezaron a aflorar y ya fui capaz de devolver con el mismo tono los comentarios de opinólogos y opinólgas que me tocaban tanto la moral. Pero antes de parir, ¡nada chica! Que con las hormonas todo de duele y te molesta y yo estaba tan sensible, que cada vez que alguien me decía aquello yo me sentía super mal.

Entonces vino el segundo y con él… Exactamente lo mismo. Tardamos bastante más en decidirnos y todas las opciones que nos planteábamos despertaban gestos y caras extrañas, pero no nos dejamos aconsejar y elegimos las opciones que nos dio la gana.

Es decir, que a mí me molestó en su momento, pero no trascendió más, pero a otra persona cercana, que llevaba años solando con tener una hija y ponerle su nombre preferido de todos los tiempos, llegó a cambiar de elección porque no soportaba tantos comentarios y temía que su hija fuera a sufrirlos una vez fuese más mayor.

Todo el mundo tiene algo que decir siempre, si no aparece una abuela que quiere que se llame como ella, como su madre o como aquella hermanita que tuvo, que murió de bebé y “no se le aprovechó bien el nombre”. Hay una suegra celosa que cree que es por tu familia y exige un segundo nombre de la suya, una tía que te recuerda la tradición familiar de que el primer hijo se llame… ¿Pero esto qué es? ¿Qué pertenecemos a una estirpe tradicional y con una historia de la que depende el futuro del país según tu hijo se llame Roberto o Teodomiro? Pues va a ser que no…

Por eso yo, en mi tercer embarazo elegí con mi marido el nombre de mi hija y lo dijimos sin dar opción a respuesta. No esperábamos reacción, no dimos la oportunidad de comentar. Todo el mundo necesita decir algo después, pero nosotros ya estábamos hablando de otra cosa.

Pero ahora fue mi prima la que aumentó la familia y decidió no decirle a nadie hasta el que el bebé estuvo aquí si era un niño o una niña ni cómo se llamaría. No quería llenarse de ropita azul o rosa, no quería opinión ni consejo, y mucho menos tener que repetir que no los quería, así que directamente no compartió más información que la necesaria, ella y el bebé estaban bien.

Tuvo muy pocas cosas personalizadas con el nombre (básicamente las que ella misma sr compró), pero se evitó muchas caras y conversaciones que no le salió de las narices tener. Hubo quien la criticó aun más por esta decisión, pero al no ser ni su madre ni la familia directa de su marido los ofendidos, no le afectó lo más mínimo.

Ahora tengo una primita segunda con un armario llenito de ropa neutra y una mamá que presume del nombre elegido sin que nadie se atreva a decir nada, pues el bebé ya está aquí.

 

 

Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.

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