Una tarde cualquiera de esas de domingo que estás aburrida en casa tratando de sobrellevar la resaca del sábado y llamas a una de tus amigas a la que hace tiempo que no ves.

Una tarde de esas en la que te dices que puedes ir hecha un Cristo con pintas de psicópata porque total para estar en su casa que más da ir en chándal. Y sí una tarde de esas en la que flipas lo más grande al ver a tu amiga soltarte una bomba peor que la de Hiroshima, con todos mis respetos.

Ese domingo como digo llamé a mi amiga para tomarnos un café y ponernos un poco al día, pero lo que descubrí fue tremendo.

Llevábamos un rato hablando de los rollos del curro que tanto nos superan muchas veces, de los temas familiares, de las parejas que habíamos tenido cuando se me ocurrió preguntar:

—Hace mucho que no te veo con un buen maromo, ¿estás de sequía?—bromeando completamente. Lo que no vi venir fue el tsunami de emociones que la desbordó haciéndola llorar.

—Llevo tres años con un hombre casado.

Y si no se me cayeron las bragas al suelo en ese momento fue porque estaba sentada en el sofá junto a ella. Aluciflipé lo más grande aunque fui paciente y escuché todo el relato de cómo se habían conocido.

Él monitor de gimnasio al que ella iba. Me contó cómo empezó todo con un tonteo y cómo ella desconocía el estado civil del sujeto en cuestión hasta que fue demasiado tarde y se vio completamente enamorada de él.

Su vida se había convertido en una montaña rusa de la que era incapaz de bajarse por mucho que todo el mundo le dijera que estaba intoxicándose en una relación que no tenía futuro alguno.  Lloró como jamás la he visto hacerlo, deshaciéndose a mi lado mientras yo le cogía de la mano y la miraba con verdadera pena.

Entonces fue cuando pensé, ¿por qué tendemos a autodestruirnos en este tipo de historias?

Claro está que él no va a dejar a su mujer, que le seguirá poniendo cinco mil excusas para justificarse y que hará “vida normal” con mi amiga cuando la mujer se vaya de vacaciones con los hijos a la playa.

Pero lo que de verdad me duele en el alma es verla tan enganchada que no ve nada de lo que él hace, no ve que no tiene una relación porque eso no es para nada una relación.

Es un tonteo continuo, es un polvo algunos días entre semana, es noches de insomnio sin querer pensar que él hace “vida marital” con su mujer por mucho que lo niegue, y sobre todo es dolor en carne viva para mi amiga.

Millones de veces le he hablado a lo basto diciéndole que debe encontrar las fuerzas para dejarlo, que no es más que un cabrón que lo tiene todo mientras que ella no tiene nada. Ya lo he dado por imposible porque ella no sale de ese bucle, de esa toxicidad que la baja a los infiernos la mayoría de las veces por mucho que tenga efímeros momentos de gloria. 

Sé que no soy nadie para darle un consejo a ella o a cualquiera que esté travesando esa situación, simplemente hago una reflexión.

¿De verdad no nos merecemos algo mejor que unas migajas de cariño? ¿Por qué nos empeñamos en  destruirnos si sabemos el final de la historia?

Leemos sobre libros tóxicos o veos películas con el mismo nivel de toxicidad que criticamos y juzgamos, pero cuando nos toca a nosotros la venda que nos ponemos no nos permite ver la realidad y caemos en un pozo sin fondo del que no terminamos de caer jamás.

Yo por mi parte no dejaré de estará su lado acompañándola y sujetándola cuando se cae, y aunque dé por imposible que ella corte esa insana dependencia a la que llama amor, continuaré tratando de quitarle esa venda. Porque cuando tus amigas deciden autodestruirse la sororidad aparece más que nunca, siendo una mano que la levante o unas piernas que caminen por ella mientras ella no pueda hacerlo.

Scarlett Butler.

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