Hay una frase que aparece siempre. Da igual cómo empieces. Da igual el tono, el contexto, el cansancio. Da igual si solo querías hablar un rato, sacar algo de dentro, o incluso hacer una broma amarga para soltar tensión. En cuanto pronuncias “mi pareja” y “problema” en la misma frase, alguien (una amiga, una compañera, una prima empoderada) suelta con toda la buena intención del mundo:

—Pues divórciate.

Y lo entiendo. De verdad que lo entiendo. Vivimos en un momento en el que por fin —¡por fin!— muchas mujeres se sienten libres de salir de relaciones que las dañan. Muchas han podido rehacerse, reconstruirse, vivir mejor. Y eso está bien. Es necesario. Las admiro, con toda mi alma. Pero que tú hayas encontrado la salida no significa que todas tengamos la llave.

Porque no siempre se puede. No siempre es fácil. A veces es, simplemente, imposible.

No es solo una decisión: es una logística entera que a veces da miedo

Yo soy una de esas que no se puede divorciar. No ahora. No todavía. Y no por falta de ganas o de valor. No me falta valor. Me sobran obstáculos.

No tengo una red de apoyo fuerte. No tengo un sueldo con el que sostener una casa y una niña. No tengo un trabajo que me permita conciliar ni tiempo para buscar otro. Pero sí tengo una hipoteca. Y un miedo constante a que él cumpla alguna de las amenazas que lanza cuando ve que me replanteo cosas.

“Si me dejas, te quito a la niña.”

“Si vas por las malas, prepárate.”

“Si hablas, te vas con una mano delante y otra detrás.”

A veces pienso que exagero. Otras, que ya me he acostumbrado tanto a esto que he aprendido a sobrevivir. Porque no es un maltrato clásico. No hay golpes, no hay gritos todos los días. Pero hay tensión. Hay desprecio disfrazado de chistes. Hay miedo. Un miedo que no te paraliza siempre, pero sí te condiciona. Un miedo que te hace callarte muchas cosas.

Y cuando, un día, te atreves a decirlo en voz alta, lo que necesitas no es que te den soluciones fáciles. Lo que necesitas es que te escuchen.

Solo quería contarlo, no necesitaba instrucciones

Me ha pasado muchas veces. Estoy con una amiga, me pregunta cómo estoy y me sincero un poco:

—Uf, la verdad… últimamente siento que ya no puedo más.

Y a los cinco segundos:

—Pues déjalo. Pues divórciate. Pues mándalo a la mierda.

Y lo dicen con cariño, lo sé. Con ganas de ayudarte. Pero lo que yo necesito no es que me den una salida rápida. Lo que necesito es que me digan: “te entiendo”, “no estás sola”, “cuenta conmigo cuando lo necesites”. Porque yo ya sé que divorciarme es una opción. No necesito que me lo recuerden. Lo que necesito es encontrar el camino sin que me empujen por él.

A veces, solo quería desahogarme. No quería dar el paso. Solo decir en voz alta que estoy harta. Que esto no era lo que soñaba. Que me cuesta respirar en mi propia casa. Que no sé por dónde empezar.

Y no quiero que nadie me diga que tengo que empezar ya. Solo quiero que alguien me abrace con la mirada y me diga: “cuando puedas, cuando sepas cómo, aquí estaré”.

Lo conseguiremos, pero no todas al mismo tiempo

Hay mujeres que pueden hacerlo con rapidez. Con decisión. Que cierran la puerta, recogen a sus hijos y salen a vivir de nuevo. Bravo por ellas. Pero no todas podemos así. No todas podemos ahora.

Y no somos menos por ello. No somos cobardes. Somos mujeres en medio del barro, del miedo, de la maternidad, de la precariedad, de los grises. Mujeres que no hemos tirado la toalla, solo que aún no hemos encontrado la orilla.

Así que la próxima vez que alguien te diga que está mal en su relación, escúchala. No le tires una solución como quien lanza un comodín. Abrázala, aunque sea con palabras. Porque no siempre podemos cambiar de vida al instante.

Pero a veces, que alguien te crea, te escuche y te entienda… ya es un primer paso. Uno que no se ve, pero que pesa. Uno que te recuerda que sí, algún día, cuando sea posible, también lo harás.

Y ese día llegará.

 

(*) Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.