A una de mis amigas le puso los cuernos su novio de toda la vida con otra chica del pueblo. Los dos amantes tenían parejas que se sintieron traicionadas y heridas. Por fortuna, mi amiga lo dejó y logró pasar página, pero aquello le causó mucho dolor.
Aquella infiel y cómplice volvió a aparecer en nuestras vidas dos veces más: una, por tener relaciones esporádicas con el novio de una amiga durante los meses en los que dejaron su relación (algo irrelevante, en realidad); otra por convertirse en esa ex que se sigue haciendo presente en la vida del novio de otra amiga. No os extrañéis tanto de que una misma mujer aparezca y reaparezca en las historias de tres hombres distintos, sin ser esto una novela romántica. Es cosa de la endogámica vida de los pueblos y de esas personas que se salen de lo convencional para aportar giros de guion a un día a día plano y previsible.
Hace poco que esta misma sujeta ha comenzado a salir con el hermano pequeño de otra de mis amigas (sí, somos un grupo grande). Y la ahora cuñadísima, que siempre ha sido una leona defendiendo a su familia y conoce todo el historial de la susodicha, ahora concede:
—Tía, pues a la muchacha hay que conocerla.
La muchacha de la que habla se ha pasado la vida solapando relación de pareja tras relación de pareja repitiendo el mismo guion, que es el de terminar siendo infiel y elevar el rango de amantes a novios, relegando a los novios a ex. Ha roto corazones cuando se ha terciado y no como una alocada adolescente que colecciona amores de verano, sino destrozando autoestimas. Ha llegado a traicionar a quienes la consideraban amiga, porque, en lo que a hombres se refiere, le da igual con quién estén casados. Y ahora, que es parte de la familia, nada de eso tiene importancia.
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La equidistancia
Cuando los hechos son claros, los principios también deben serlo. Una no puede cambiar de manera arbitraria las perspectivas solo para exculpar a personas que tienen una catadura moral muy muy cuestionable. Tampoco te vamos a pedir que la despellejes, pero sí que, al menos, te mantengas neutral y prudente.
A veces, esto de buscar el equilibrio en las versiones no tiene que ver con falta de principios, o con relajar la ética propia para proteger a alguien de la familia (“es un cerdo, pero es mi hermano”). A veces, cuando nos quedamos en la equidistancia de las supuestas dos versiones, estamos rehuyendo la incomodidad de la verdad.
En mi entorno tengo otro ejemplo que ilustra esto de negar la realidad y aludir a «la otra versión» por pura incomodidad. Mi tía se queja con frecuencia de lo dura que fue la infancia y adolescencia con su padre, que era un hombre bruto y primitivo. La apertura de los años 80 y los cambios en los roles de género lo sobrepasaron por completo, así que le pegaba con frecuencia para que se mantuviera en el redil. Ella no podía ser cualquier “pelandusca” (para él, cualquier muchacha soltera que iba a la discoteca y volvía a las tantas), sino una mujer hecha y derecha.

Ella convive con sus traumas, pero mi madre minimiza el daño y cree que no todo lo que le pasa a mi tía es achacable a su infancia. Quizás tenga razón o quizás solo se está descargando de la posible culpa de no haber intentado interceder por su hermana pequeña, a la que sacaba 8 años. En cualquier caso, la perspectiva de mi abuelo no es igual de válida que la de mi tía cuando fue él el que hizo daño y causó trauma. Que fuera un “hombre de su tiempo” no lo exime de responsabilidad.
Eso sin contar las veces que, al mantenernos neutrales, permitimos situaciones injustas. ¿Cuántas veces nos habremos quedado callados ante la queja de algún compañero porque no hemos presenciado un momento clave o porque no nos afecta lo que le pasa, pero sabemos que lo que está viviendo es injusto?
En fin, no seamos tan rápidos al decir eso de que todas las historias tienen dos versiones, creyéndonos justos y ecuánimes, porque podemos estar causando mucho daño y siendo más injustos de lo que creemos.