En mitad de un partido de tenis, la tenista británica Emma Raducanu se queja del ruido a la jueza de silla:

—Es un niño. ¿Quieres que eche del estadio a un niño?

—Sí —responde sin pensarlo la deportista.

Aquello apuntaba a polémica encarnizada, pero, para mi sorpresa, hubo bastante unanimidad: un partido de tenis no es sitio para un bebé. Cualquier persona con un mínimo de sentido común y cultura general sabe que, en las gradas de esos partidos, el silencio mientras se disputan los puntos es prácticamente sepulcral. Solo se escucha a los jugadores.

Pero no se trata de la incomodidad que el pobre bebé ocasiona, ajeno por completo a dónde está. Se trata del sitio al que sus padres deciden llevarlo y la incomodidad que eso le genera. El partido en cuestión al que me he referido al inicio se jugó este verano, durante el torneo de Cincinnatti, en el que se registraron temperaturas muy altas. Ya me diréis qué pinta un bebé en un partido de tenis de varias horas (duró tres), en unas gradas en silencio y bajo un sol abrasador. ¿Se puede decir que los padres fueron unos irresponsables? ¿O me acusarán de poca empatía, de “infantofobia” o de que juzgo a padres sin tener ni idea ni derecho, porque no soy madre?

Pensamientos similares tuve cuando, en septiembre, tuve que viajar en avión y me tocó al lado un bebé de 7 u 8 meses. Durante los largos minutos del despegue, el bebé lloró inconsolable. Parecía dolor, eran gritos desesperados. Supuse que le estaban molestando los oídos, pobrecito. No supe qué hacer en aquel momento, así que me quedé en silencio mientras la madre trataba de lidiar con la situación. Rechazó la ayuda que otras pasajeras quisieron prestarle, así que pensé que seguir ofreciéndole opciones solo iba a incrementar su agobio evidente.

A mí aquello me provocó angustia por el bebé, no molestias por el ruido. A quien le moleste el ruido, que viaje en Primera Clase o en el vagón del silencio, si puede permitírselo. No juzgo a la madre porque no conozco nada de las circunstancias de su viaje. Al final traté de dedicarle unas palabras empáticas, sin más, y le ofrecí ayuda para recoger y acarrear enseres. No hizo falta.

Pero ¿qué pasa con quiénes someten a un bebé a tremenda incomodad de manera reiterada, solo porque quieren pasarse unos días de vacaciones? ¿Es justo? Siguiendo con el ejemplo de los espectáculos deportivos, ¿qué pasa cuando es un estadio de fútbol, con gente gritando en cualquier jugado y el bebé asustado? ¿Es necesario?

Me hizo pensar en una de mis amigas, muy moderna ella, que se llevó a su bebé a un festival de música hasta las tantas de la mañana. Y que la mete en un avión cada dos por tres, todo por el disfrute personal de los adultos.

Algo en lo que insisten mucho quienes hacen contenido sobre maternidad es en que no hay que renunciar a todo por los hijos, ni anteponer su supuesta felicidad o bienestar a tu propia salud. Porque si una no está bien, difícilmente él/ella lo está. Por eso, puede decidir no darle el pecho, para no tener que asumir en soledad la tarea de alimentarlo, menos aún si está en plena depresión postparto.

Pero una cosa es anteponer tus necesidades de salud y tus autocuidados básicos y otra son los planes de ocio y placer, algo que no es esencial. En lo que respecta al entretenimiento, todo lo que no sea priorizar la comodidad, bienestar y seguridad del bebé me parece egoísta. Independientemente de que los llantos molesten a alguien o no.

Siempre se ha dicho que la maternidad/paternidad te transforma por completo e implica hacer renuncias, como cualquier otra decisión que se toma en la vida. Ahora parece que hay un deseo generalizado de desmontar ese “mito”, y hay gente empeñada en trasladar que hacen lo mismo que antes, pero más felices, porque ahora son padres/madres. Quizás deberían plantearse que la vuelta a la pista de tenis, al estadio de fútbol o a los conciertos puede esperar, pero el bienestar de un hijo no.