Todo el mundo está de acuerdo cuando hablamos de que consumimos demasiada ropa, comida e incluso cosas que no necesitamos. Es un capitalismo muy fácil de ver porque afecta directamente a nuestro dinero y al planeta. Sin embargo, llevo ya un tiempo reflexionando sobre otro hábito compulsivo que nadie cuestiona y que, a mi parecer, es una consecuencia psicológica del turboconsumo: la gente que devora series.

Seguro que en más de una ocasión has escuchado (o incluso dicho) aquello de: “Me he visto toda la temporada en una noche”, ni siquiera desde el lugar de narrar un hecho o para justificar los ojos rojos de chupar tanta pantalla y las ojeras de no haber dormido; sino como un logro, algo que aplaudir. A esto le sigue, por supuesto, una oleada de spoilers, pero ese es un tema que ya dejaremos para otro momento.

Puede sonar banal o chistoso, pero a mí me parece un asunto muy serio. Es normal engancharte y verte algún que otro capítulo del tirón, pero últimamente parece que cada vez que se estrena una serie, si quieres proclamarte fan, tienes que pegarte un atracón mediático. Por mucho que mantengas la atención a lo largo de los capítulos, es imposible que hayas podido procesar emocionalmente todo lo que te quieren contar. Almacenas información como si fueras una base de datos, pero se pierde la esencia de ver ficción: ponerte en la piel de los personajes y asimilar el porqué de su historia. Es como si en lugar de sumergirte en una narración y apreciar haber podido existir en ella, diéramos más valor a pasar de puntillas de una a otra y presumir de saberte toda la parrilla de la plataforma de vídeo de turno.

Hecho en falta aquellos tiempos en los que la televisión nos obligaba a racionar la velocidad a la que veíamos una serie. “Hoy es lunes de Juego de Tronos”, y te sentabas con tu familia y tenías un motivo para siempre, por muy amargo que hubiera sido el día, tener algo que atesorar. No quiero hacer yo apología de volver a programar todos los contenidos, por supuesto que no, pero creo que era una manera de regular nuestra ilusión que ahora parece haberse transformado en ansia. Tampoco me gustaría estar dando una impresión de superioridad moral, más de una vez he caído en las garras de una noche en vela frente al ordenador, pero es precisamente por eso por lo que sé que la experiencia no es la misma.

Sin ir más lejos, el otro día una amiga decía que lo que menos le había gustado de Wicked es que tuviera dos partes. Al preguntar por qué no supo dar respuesta, simplemente afirmaba que prefería ver seis horas seguidas que tener dos películas distintas. Y yo me pregunto: ¿Tan malo es esperar? ¿Por qué preferimos sentarnos toda una tarde para saber la conclusión de una trama? Definitivamente debemos haber perdido la virtud de la paciencia si no somos capaces de esperar un año para saber cómo continúa una historia. ¿Os imagináis que El señor de los anillos durase nueve horas seguidas solo por haber estrenado todo de golpe?

Al mismo tiempo, tampoco podemos quejarnos de que la calidad de la ficción disminuya. Si quieres un “dicho y hecho”, no puedes esperar el mismo detalle y cariño que si te dan un producto trabajado, reposado y reconfeccionado. Vamos, que debajo de la máscara se esconde el lobo: resulta que el reparto y consumo ansioso de series es, una vez más, hijo del capitalismo.

Desde aquí me gustaría lanzaros una propuesta: cuando salga esa serie que te gusta tanto, no corras a verla. Escoge el momento del día en que realmente estés relajada, mírate un capítulo o dos y, por mucha tentación que tengas de ponerte tres más; respira. Piensa en lo que acabas de ver, en qué te ha hecho sentir, y apaga la tele. Verás, como me pasó a mí, que las series se disfrutan mucho más si les das margen para que puedan calarte en los huesos.

 

Laura CJ