Cuando a mi prima le preguntaban de pequeña qué quería ser de mayor, siempre respondía lo mismo “una princesa”. Y lo decía en serio. No quería ser médica, ni profesora, ni veterinaria. Quería ser princesa. Supongo que porque las princesas viven en castillos, llevan vestidos bonitos y siempre hay alguien que las cuida. Supongo que porque en los cuentos siempre hay un final feliz.
Pero la vida de Carolina no fue un cuento. Fue más bien todo lo contrario.
Su padre se fue de casa cuando ella era apenas una niña. Se fue a por tabaco y no volvió, y eso desmoronó a su familia. Mi tía tuvo que buscarse la vida como pudo. Limpiaba escaleras por la mañana, cuidaba a personas mayores por la tarde, limpiaba casas una hora aquí, dos horas allá… lo que saliera. Llegaba a casa agotada. Tan cansada que a veces apenas podía hablar. Siempre sacaba fuerzas para que a Carolina no le faltara lo básico.
Nunca pasaron hambre. Nunca le faltó ropa limpia ni un plato caliente. Pero no había lujos. Las excursiones del colegio eran un lujo. Las zapatillas de marca eran un lujo. Todo lo que no fuera sobrevivir era un lujo.
Como su madre casi nunca estaba en casa, Carolina pasaba más tiempo fuera que dentro. Al principio se preocupaba por llegar antes que mi tía, por no darle más disgustos. Pero con los años eso cambió. Empezó a darle igual. Iba al instituto porque hubo avisos de absentismo, pero a los 16 dejó de ir. Y fue inevitable
Se empezó a juntar con gente que no era la mejor compañía. Empezó como empiezan muchos… saliendo de fiesta y coqueteando con las drogas. Digo coquetear porque al principio parecía que eran hechos puntuales. Pero dejó de serlo. Se convirtió en consumo. En necesidad.
Mi tía no iba a pagarlo. Bastante hacía con mantener la casa y ahorrar un poco por si se rompía la lavadora o había que pagar algo inesperado. No había dinero para sostener una adicción.
Carolina se fue de casa. Mi tía fue a la policía, pero como ya era mayor de edad y por lo que tuvo que contar sobre sus rutinas, lo catalogaron como desaparición voluntaria. Con esa frialdad.
Mi tía nos llamó a todos los familiares. Que si aparecía por nuestra casa a pedir dinero o comida, que por favor le diéramos algo caliente y la llamáramos para ir a por ella. Aunque vivíamos en distintas provincias, pusimos carteles con su foto, recorrimos calles y preguntamos a absolutamente todos los comercios y personas que nos cruzábamos.
Meses después, recibimos una llamada. La habían reconocido como una de las prostitutas de una calle conocida en una ciudad cercana a la suya. Fui con mi tía. No nos reconoció. O no quiso. Nos pidió de malas formas que nos marcháramos, pero tampoco podíamos quedarnos así. Preguntamos por la zona y nos dieron una dirección.
Era una casa okupada, aunque por aquel entonces no se conocía ese término. Nos identificamos y pedimos entrar, no hubo que insistir mucho, estaban totalmente colocados. Era el caos. Suciedad, olor a humedad, restos que dejaban claro que allí se consumía de todo. Pedimos ver su habitación y entre ropa tirada, bolsas vacías y restos de envoltorios de comida preparada, había un pequeño marco con una foto suya con su madre. Podía escuchar el corazón de mi tía romperse en mil pedazos.
Fuimos a la policía pero dijeron que no podían hacer nada.
Lo mínimo que podíamos hacer era llevar comida. Volvimos con bolsas llenas del supermercado. Las dejamos allí. Mi tía siguió pasando por su barrio cuando podía. Carolina se negaba a verla. Yo que vivo a casi 100 kilómetros, iba cuando podía. Alguna vez aceptó que la invitara a un café. Me dijo que no sabía cómo había llegado ahí. Que quería dejarlo, pero no podía. Se sentía atrapada.
Su cara seguía siendo preciosa. De verdad. A pesar de todo. Pero sus brazos estaban destrozados, llenos de moratones y pinchazos. El pelo sucio, los dientes con huecos. Le ofrecí venirse a mi casa. Pagar entre todos un tratamiento. Intentarlo. Pero dijo que no. Era consciente a que su vida finalizaría así.
La siguiente vez que supe de ella fue por una llamada de mi tía. Llorando de forma desgarradora. Apenas se le entendía. Carolina había aparecido en una cuneta.
Como era prostituta, la investigación si es que se puede llamar así, fue rápida. Determinaron cuatro ADN diferentes entre uñas, ano y vagina. Pero dijeron que dada su “profesión”, no era muy fiable. 27 años después, era frase todavía retumba en mi cabeza.
La última vez que vi a mi tía fue en el entierro. Los gritos de esa mujer son imposibles de describir. Era un dolor animal. La foto al lado del ataúd cerrado no tenía nada que ver con la Carolina que yo había visto el mes anterior. Era la Carolina de antes. La de la sonrisa grande. La que quería ser princesa.
Carolina no es un número más, ni un caso más, ni un expediente cerrado demasiado rápido. Carolina fue una niña que soñaba con castillos. Fue una adolescente perdida. Fue una mujer atrapada. Fue una princesa que no quiso ser rescatada. O quizá quiso, pero sus demonios no se lo permitieron.
A veces pienso que el problema no es que no quisiera ser rescatada. Es que nunca hubo un reino dispuesto a luchar de verdad por ella. Por ella y por tantas otras.