Mucha hambre se ha tenido que pasar en este país para que yo tenga que soportar lo que soporto cada vez que vuelvo a la ciudad que me vio nacer. A mí me nacieron en Zamora, una ciudad pequeñita del noroeste de España, que tampoco es que haya tenido mucho desarrollo cultural en los últimos siglos, por lo que las costumbres que nos identifican suelen ser bastante, vamos a decirlo así, tradicionales.

Y una de esas costumbres que cada día detesto más es la de servir comida. Cada vez que vengo a Zamora la gente ME CEBA.

homer comiendo donuts

Yo entiendo que es una costumbre social ofrecer comida a tus invitados, pero lo que no puedo entender es la obligación que esconde esa invitación. ¿Por qué cuando acudes a visitar a alguien tienes que comer? Y, lo peor de todo, si no quieres comer… ¿por qué ese alguien se lo toma como una ofensa? ¿Qué tiene de malo en acudir a una casa y no querer tomar NADA?

 

¿Quieres tomar algo?

no

¿Pero cómo no vas a querer nada? ¿Quieres que haga café?

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¿Una cerveza, una coca cola, una copa de vino?

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¿Y de comer? ¿Saco unas pastas? ¿Unas aceitunas?

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De verdad, me sabe mal, ¿un poco de chorizo, de jamón, de queso?

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¡Pero bueno, por favor, qué problema innecesario es este! ¿En serio no eres capaz de entender que no es que no quiera TU comida, es que no quiero NADA? Que he venido a tu casa porque quiero verte a ti, que no tengo ganas de tomar nada y que ESTOY A DIETA E INTENTO EVITAR TODO TIPO DE TENTACIONES Y TÚ NO ME ESTÁS AYUDANDO UNA MIERDA.

No quiero nada, de verdad, solo quiero irme de aquí

No quiero nada, de verdad, solo quiero irme de aquí

Nunca le había dado importancia a este inútil ejemplo de convencionalismo hasta que me ha empezado a tocar los cojones. Y parece que ha empezado a tocármelos este verano, justo cuando más concienciada estoy con mi problema alimentario y cuando más cuidado tengo con lo que como. Este verano he podido, por fin, comprender, que la comida es algo tan personal como la ropa que se pone una: que unos son vegetarianos, otros diabéticos, a otros no les gustan ciertas cosas y otros estamos a dieta. Y lo peor de todo es que si el diabético dice: «lo siento, no puedo comer esto, soy diabético», no pasa absolutamente nada. Pero… ¡ay amiga, como digas que estás a dieta!

 

no te preocupes

¡Bueeeeeeeeno! ¡No te preocupes!

 

blancanieves

¡Un día es un día!

 

poquito

¡Por un poquito no te va a pasar nada!

 

estás estupenda

¡Pero si estás estupenda!

 

mirada

¡No te hace falta ninguna dieta!

 

Mire señora, he venido a su casa con todo el cariño del mundo y ahora mismo solo quiero matarla, descuartizarla, y comérmela. Sí, a usted. Quiero comérmela a usted. ¡A VER SI ASÍ SE CALLA Y ME DEJA EN PAZ! No sé ya cómo explicarle que no me apetece tomar nada. NADA. Ene a de a. ¿Por qué me está poniendo usted en este aprieto? ¿Qué necesidad tenemos las dos de llegar a este punto? ¿Por qué tengo que ceder yo y tomarme una cerveza que ni quiero ni me apetece ni puedo beber? ¡YO NO QUERÍA NADA!

me rindo

 

Lo peor de todo esto es que si, finalmente, ganas tú, y consigues que la señora se esté tranquila sin haberte abierto la boca, puesto un embudo, y obligado a tragar lo que sea, justo cuando vas a salir por la puerta, te giras para despedirte (y quizás, no volver jamás), ella lo intentará por última vez:

Pues llévate unos tomates y unos pimientos, hija, que me da no sé qué que te vayas sin nada, y son nuestros, de la huerta, que nos han salido buenísimos.

britney crying

 

*Quiero dedicar este post a las amigas de mi madre.