Querido diario

Las embarazadas y la sociedad egoísta en la que vivimos

Soy gorda, y hasta no hace mucho era una futura mamá muy embarazada y gorda a la vez. Vivía mi vida con alegría, paseaba mi gran panza de aquí para allá con toda la ilusión que la llegada de una criatura puede generar en una persona. Vamos, era como una bolsa de cotillón, todo confeti y felicidad.

En seguida me di cuenta de que los que me rodeaban estaban más pendientes de mi estado, de que mi día a día fuese más cómodo y de que esos diez kilos extra que transportaba a diario no me supusieran una carga excesivamente dura.

¿Qué es lo que sucede cuando, entonces, formas parte de ese grupo al que hay que darle prioridad? (Véase: personas discapacitadas, tercera edad, y efectivamente, embarazadas). Pues que una descubre que, es verdad, en este mundo un alto porcentaje de habitantes son unos egoístas.

Lo sé, no he descubierto nada nuevo con esta afirmación, el ser humano no ha nacido especialmente para compartir y estar al tanto de lo que le sucede al resto. Pero cuando una lo analiza viviéndolo en primera persona parece, si cuadra, más heavy todavía.

Hace unas semanas fue una bloguera inglesa, Anna Whitehouse, la que decidió ser partícipe de un experimento para demostrar cómo muchos de los que la rodeaban no eran capaces de mostrar un mínimo de empatía. Ella misma se hizo pasar por una chica muy embarazada y subió a un vagón de metro en plena hora punta. Tan solo cuatro de cada diez personas cedieron su asiento a la mujer, el resto hicieron caso omiso a su estado y a su bienestar.

Esta historia me resultó muy familiar, y es que hay muchos momentos en los que la gente se hace la loca rozando grandes interpretaciones hollywoodienses.

El asiento prioritario, para el que llegue prioritariamente antes.

Ni que decir tiene: 33 semanas de embarazo, un calor con el que los pájaros se desploman y un autobús que parece el transporte del infierno. Ocho asientos reservados y nadie es capaz de ver la necesidad de sentarse en una embarazada de cien kilos sudando como una fuente. Se ve que ser un chaval de veintipico con los auriculares más grandes que tu cabeza te hace merecedor de ese asiento antes que a nadie más. Tres paradas hicieron falta para que mi paciencia se acabase y solicitase un poco de educación.

Los ascensores de los centros comerciales, esos espacios tan requeridos.

Estando embarazada, lo de cargar con kilos de bolsas del supermercado no está muy aconsejado. Te sitúas frente a la puerta del ascensor para así llegar al parking, y te das cuenta de que debes esperar por lo menos tres o cuatro ascensores porque siempre van a reventar de gente. Que no seré yo la que diga quién puede o no hacer uso de este invento, pero si al lado de las puertas hay un cartel que indica quiénes tienen prioridad será por algo, amigos. Todo se complica, además, cuando ya eres madre y junto a ti se suma una silla de bebé. La experiencia me ha enseñado, y no es la primera ni la segunda vez que ante las miradas al techo he lanzado un “¡uso preferente! La silla tiene que entrar sí o sí, ustedes verán cómo lo hacemos”.

Las colas, sean donde sean.

Esperando para solicitar una cita médica, en el supermercado o en el banco. Hasta que no vives ese momento de mantenerte erguida con los tobillos hinchados como dos globos aerostáticos, no sabes lo que es el verdadero sufrimiento. Que es que, además, a todo esto hay que sumarle que cuando al fin va a ser tu turno, siempre puede llegar la típica señora con una cesta más o menos llena que te pregunta con una sonrisa “nena, que yo solo llevo esto, ¿te importa que pase?”. Y aquí entramos en un círculo sin fin, porque a ver cuál de las dos tiene preferencia: si yo por estar casi de parto o ella por estar casi en el otro barrio.

Volar embarazada, embarque ¿rápido?

Sí, esta es otra de las colas que más pereza nos da hacer a cualquier ser humano. Momento de embarcar y somos como hormiguillas dispuestas en fila ordenada. Lo genial es que muchas aerolíneas ya contemplan el embarque prioritario a mujeres en estado, ¡y damos gracias!. Y lo no tan genial es que vayas muy digna con tu barriga y un hombre con su familia te frene solicitando su prioridad por tener tarjeta plus oro de la ostia.

A ver como se lo explico caballero, que de los casi doscientos pasajeros únicamente dos estamos embarazadas, que después ya embarcará usted con toda su prole. ¡Pues no! Que a ver por qué él ha pagado más por sus asientos y ahora estas dos mujeres con sus barrigas le van a pasar por encima. ¡Eso es lo que yo quisiera! Que mis ciento y pico kilos le pasaran por encima para que se calle de una vez. Verídico, el señor y toda su familia subieron antes que nadie, porque sino allí no embarcaba ni el Tato y tener que asistir dos partos en plena T4 era mucho para un solo día.

En definitiva amigas, dicen que en el embarazo las mujeres lucimos con un resplandor diferente, y muy probablemente sea culpa de todos esos seres que siendo adultos todavía no saben de civismo ni de convivencia social.

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