Querido diario

Que vivas, joder.

    ¿Qué pasaría si volviésemos a arriesgar? ¿A dejar de creernos adultos y volver a mirar con mirada de primera vez? ¿A olvidar los registros que hemos memorizado de cada sensación y a liberarnos de cánones y estereotipos sociales? Pues te lo voy a decir:

Quizás, de repente, te apuntases a clases de guitarra, porque es algo que llevas dentro desde hace años, pero que no sueles compartir porque los adultos no empiezan hobbies nuevos. ¡A tu edad! A tu edad deberías estar asentado en la rueda de hámster, de casa a la oficina y de la oficina a casa, pensando en el coche familiar, en las vacaciones familiares, en la tele de los viernes por la noche y en el polvo de los domingos, si hay suerte.

Quizás te harías un tatuaje, porque te gusta, porque te da la gana, porque te hace sentir joven, o rebelde, o auténtico. O todo a la vez o nada. Y te daría igual lo que pensasen los demás, porque los que arriesgan no piensan en los jodidos inoportunos juicios ajenos.  

Quien sabe, quizás hasta dejases a tu novio o novia, porque te das cuenta que 30 años (¡y 40!) solo son una parte del juego y no tienes por qué conformarte. O volarías en globo, o estudiarías otra carrera, o ¡oh, sí!, te marcarías un año sabático.

Piénsalo. Piénsate. Piensa, por un momento, qué harías si fueses libre para decidir qué quieres hacer sin pensar en absolutamente nadie más que en ti, desaprendiendo lo aprendido. ¿Qué te apetece? ¿Aprender a montar en patinete? ¿Escribir poesía? ¿Mandar a la mierda a ese amigo al que adoras pero que te absorbe la energía en cada momento que compartís? ¿Teñirte el pelo de rosa? ¿Empezar a practicar boxeo, o flamenco, o esgrima? ¿Follar en una playa? Hazlo, joder, ¡hazlo! Que la vida no te espera, a ver si nos damos cuenta de una vez. Que esta cuenta atrás no hay quien la pare. Y que no, que no tenemos que creernos que ser adultos es sentir a medio gas, reírse bajito, guardar las formas y regalarnos cosas prácticas por nuestro cumpleaños. Que podemos ser igual de niños adultos si cerramos los ojos cuándo olemos el mar y se nos escapa una sonrisa. Que podemos sonrojarnos cuándo alguien, con una mirada, nos eriza el vello de la espalda, sin miedo a que pueda pensar saber que nos gusta. ¿Y qué pasa porque lo sepa? ¿Pero no es esa sensación una de las más bonitas que nos podemos regalar?

Que le digas que le quieres, si le quieres; o que no le quieres, si no es así. Que la cojas por detrás y te la comas a besos. Que te dejes llevar y grites, y pasees descalzo por los parques, sintiendo la hierba bajo tus pies. Porque sí, porque tienes que dejar de creer que lo has vivido todo, que quien eres hoy es quien estás condenado a ser el resto de los días. Porque tienes que olvidar aquello que te dijeron de que los adultos no corren hacia las olas, no bailan hasta el amanecer, no comen con las manos o no van a conciertos de rock ni a festivales. ¿De verdad te lo creíste? Que tu vida es solo tuya, y sólo tú deberías ser dueño de tus decisiones. Que te mires por dentro, y averigües si quieres seguir yendo a veranear a San Juan cada julio, comiendo con tus suegros los domingos o matándote en spinning dos veces por semana para perder esos kilos que, asumámoslo, nunca se irán, o lo harán a base de un esfuerzo que no te corresponde. Que igual, de repente, te empiezas a querer, oye, y te la suda te da igual quien nos esté obligando a ser perfectos porque (redoble de tambores) nadie lo es.

Que te mires, que lo mismo te apetece divorciarte y empezar a vivir, ir a Tarifa en marzo, hacerte un pearcing o beberte un gin-tonic un martes. ¿Y qué pasa? ¿Quién dijo que no podíamos? Que te pongas esa falda que te flipa aunque tu madre diga que no te queda bien, que salgas a la calle con el moño de correr y la camiseta sin planchar, que da igual. Que madrugues, te eches al asfalto y entres en esa cafetería que siempre miras desde la calle, con anhelo de su brunch, y te des un homenaje. Con una revista y durante una hora y media hora, a poder ser. Y dos cafés. Regálatelo. Y, si te apetece, te compras un libro, o una pulsera, o te quitas las bragas y paseas sin ellas por esa ciudad que se ahoga en su rutina (que ya no es tuya), sintiéndote tan sexy dueña de tu secreto.

Que vivas con pasión.

Siéntelo, métetelo dentro, embriágate y acomódate a ese nuevo traje porque, una vez lo pruebes, no querrás quitártelo nunca.

María de León

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