Reconozco que la necesidad de reconocimiento y validación es mi talón de Aquiles. No quiero que me pase, pero me pasa, a pesar de la terapia y de lo mucho que he intentado superarlo. Me desasosiega no entrar en los cánones estéticos. Me acompleja ser poseedora de esos “fallos” que mis amigas se señalan a sí mismas, entre lamentos: ser muslona, tener tobillos gruesos, ir cortita de pecho o tener un tono de piel muy pálido. Y me entristece no estar en esa categoría de chicas que mis amigos hombres hetero encumbran en el top.
He intentado que no me afecte tanto la imagen, que solo es algo superficial. He cambiado mis referentes, el modo de hablarme a mí misma y las conversaciones que tengo con ciertas personas de mi círculo. Llené mis redes de personas consideradas no normativas para “reprogramar” mi mente y aprender a admirar su belleza. Evito hablar de mi “culazo” o de lo pasada que estoy de peso, como si tuviera que justificarme por algo o pedir perdón por mi existencia. Cuando alguien lo hace delante de mí (algo tipo “tía, mira qué barriga estoy echando”), evito hacer comentarios. Intento activar una especie de botón interno que me lleve a un pensamiento automático: “Sus comentarios tienen que ver con su propia autoestima y los aprendizajes sociales, no tienen nada que ver contigo. No te está valorando a ti”.
Pero no lo supero. Así que aquí estoy, deseando someterme a una cirugía que me afine las caderas y el culo y, de paso, me haga un traslado de grasa autóloga al pecho. Al fin podré tener esa bella figura reloj de arena con la que siempre he soñado, y no la de pera que me atormenta.

Pero soy feminista
No tenía bastante con sentir el desasosiego de los cánones. Ahora, además, me siento culpable por no poder desprenderme de ciertos aprendizajes y pensar en una acción que contraviene mis principios éticos.
Sé lo que muchas diréis, que el feminismo es liberación y no te va a censurar por hacer lo que te dé la gana con tu vida y con tu cuerpo. Yo, cada vez que escucho eso, pienso que nos están marcando goles por toda la escuadra, uno tras otro. Van ganando el partido por mucho, porque es como enfrentarse a un ejército con un palillo de dientes.
El patriarcado no podía tener mejor aliado que el capital. Uno se empeña en dictarnos roles a los que adscribirnos para ser mujeres dignas. El otro nos bombardea desde niñas con todo lo que necesitamos para seguir siempre guapas, buenorras y jóvenes, porque lo contrario es siempre censurable. Toda cremita, tratamiento de cientos de euros, pinchacito de bótox o cirugía es insuficiente.
El sistema encuentra el modo de seguir filtrando sus mensajes por cualquier rendijita. Cuando sintió la amenaza del feminismo, que clamaba por la verdadera emancipación de las mujeres, encontró el modo de darle la vuelta al mensaje: “Ser feminista es hacer lo que te apetezca con tu vida y con tu cuerpo, sin que nadie te juzgue por ello. ¿Te quieres operar? Eso está bien, porque estás invirtiendo en tu salud mental, y tú eras más importante que cualquier otra cosa del mundo”.

¿Y qué hago?
Seguir con la terapia para aceptarme, trabajar el autoconcepto y el autoestima, inspirarme en activistas que dan visibilidad a todos los tipos de cuerpos para normalizar su belleza, comer bien y hacer ejercicio. Eso es lo que hago y lo que seguiré haciendo.
Algo sí es cierto: si alguna vez cedo a la tentación y opto por la vía “rápida” de la cirugía, el feminismo no me va a juzgar. El movimiento sabe lo difícil que es “hackear” el sistema. Sabe y lamenta cuánto nos afecta recibir día tras día mensajes que nos hacen odiar nuestros cuerpos, desde que somos niñas. No soy débil por no haber podido superar todos esos aprendizajes hondamente arraigados que me hacen sentir menos válida. Soy una víctima, como todas. Porque todas tenemos algo que nos acompleja, y todas intentamos trabajar en ello.
¿También te pasa? Decidas lo que decidas, siente mi apoyo.
Esse