Mi hija tiene 2 años, pero en ese grupo de WhatsApp de padres escriben tanto que a algunos se les va la vida en ello. Entre toda la fauna que hay ahí dentro, los dividiría en dos grupos: los pasotas que solo responden «ok» (me incluyo) y los intensos que necesitan gestionar, saber y organizar absolutamente todo.

Un día a la semana voy con mi hija a una actividad extraescolar en la que participan también los padres. Allí coincidimos siempre con las dos madres más cansinas de la clase. Si no fuera porque a mi hija le encanta esa actividad, hace tiempo que me habría dado de baja. Una de ellas es la vegana 2.0 y la otra, la repipi que lleva al niño vestido de Ralph Lauren como mínimo.

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Yo siempre me he mantenido al margen, disfrutando de la actividad con mi hija (y disfrutando todavía más cuando el que la acompaña es mi marido). Entre ellas siempre ha existido una cordialidad forzada, de las que cualquier comentario parece ser un arma de doble filo y termina creando un ambiente incómodo para todos los demás. Durante meses han intentado mantener esa cordialidad, como si compitiesen por el título de madre perfecta.

Probablemente alguna de vosotras estará pensando: «Habrá que verte a ti para criticar tanto». Pues sin más, soy del montón, paso desapercibida y no llamo la atención por ser una notas.

Hace unas semanas propusieron ir todos al parque después de la actividad. Yo no tenía ninguna intención de pasar una hora más cerca de la vegana, así que dije que nos iríamos a merendar fuera. Quiso saber adónde íbamos para ver si podían unirse y lo primero que se me ocurrió fue decir «al Burger King».

Puso mala cara, me miró de arriba abajo y dijo: «Eso no es saludable para los niños».

No íbamos a ir allí, pero me sentó tan mal que al final sí fuimos al BK de verdad. Mi sorpresa llegó al entrar y encontrarme al marido de la repipi trabajando allí con el uniforme de reparto.

Como apenas había clientes, mi hija, mi marido y yo nos metimos a jugar en el parque infantil del local. Desde dentro apenas se nos veía. O eso supongo, porque de lo contrario la madre vegana no habría aparecido en la entrada haciéndole gestos al marido de la otra para que saliese al parking trasero. Mi marido y yo intentamos posicionarnos dentro del parque para conseguir ver toda la escena sin que nos pillasen.

¿Qué hacía la vegana 2.0 en la puerta de un Burger King llamando precisamente al marido de su principal competidora? Pues besarse, mirando antes a todos lados para asegurarse de que nadie los veía (aunque no lo suficiente).

Y como yo estaba allí, en un local abierto al público, siendo los únicos clientes… decidí enviar un mensaje al grupo de padres para ver si alguien más se animaba a venir al BK.

Entre los mensajes de los que no podían, unos padres que vivían justo al lado comentaron: «¡Planazo! En 5 minutos estamos ahí». Levanté la vista del móvil y vi cómo la madre vegana y el padre repipi aún no habían visto el grupo. No sabían que alguien vendría a pillarlos. Yo tampoco lo sabía, aunque me hizo mucha gracia. Como dice el dicho, no las hagas, no las temas.

En menos de un cuarto de hora empezaron a entrar familias. Aquel día a medio grupo le había parecido un plan estupendo la merienda improvisada en el BK.

Desde nuestro rincón del local asistimos a una de las actuaciones más absurdas y divertidas que he visto en mucho tiempo: la vegana 2.0 fingiendo que pasaba por allí por casualidad y el marido de la otra actuando como si acabase de conocerla.

Cuando apareció la madre repipi, entró sonriendo, saludó a todo el mundo y se acercó directamente al mostrador para preguntar por su marido. Yo no escuché la conversación, pero sí vi las caras.

La de él fue la misma que pondría alguien al encontrarse una multa en el parabrisas. La de la vegana fue todavía mejor.

Nosotros terminamos la merienda, recogimos las cosas y nos fuimos. No sé cómo acabó la historia porque tampoco hacía falta quedarse para el último capítulo. Lo único que sé es que desde entonces el grupo de WhatsApp está más tranquilo.