Hay personas que son capaces de destruir a otras con tal de sentirse superiores; personas que parecen ser alérgicas a la felicidad de quienes les rodean, que por alguna razón macabra necesitan menoscabar la autoestima de otros, que son capaces de dañar de manera muy cruel a otras personas con tal de salirse con la suya.

En definitiva, personas como Lara (nombre ficticio, por supuesto), una compañera de clase a la que llegué a considerar mi amiga y que vertió acusaciones muy graves contra mi pareja por alguna razón que a día de hoy no logro explicarme.

Esto ocurrió en una época en la que yo me sentía bastante insegura con mi cuerpo, ya que había dejado recientemente el equipo de waterpolo en el que jugaba y, evidentemente, sufrí cambios físicos. Engordé cerca de 10kg. en poco tiempo, aparecieron la celulitis y los michelines y dejó de valerme mi ropa.

Esto me afectó bastante no ya porque me viera gorda (que hoy me doy cuenta no sólo de que no lo estaba, sino de que si lo hubiera estado tampoco habría pasado nada), sino porque de repente me miraba al espejo y no me reconocía.

Para colmo, los comentarios de terceras personas no ayudaban, desde ‘’ahora estás más guapa porque se te ve más femenina, con esos músculos parecías un tío’’ hasta ‘’lo que tienes que hacer no es comprarte ropa más grande, sino hacer dieta y ejercicio hasta que vuelvas a entrar en tus pantalones antiguos’’.

Y en medio de todo esto y contra viento y marea, mi novio, que me apoyaba a tope, me seguía viendo preciosa y trataba de hacerme ver que era normal que me sintiera rara, que mientras yo me encontrase bien lo demás no importaba y que si decidía hacer deporte que fuera porque yo quería y porque me sentaba bien, no por presión estética.

Resulta que yo estas inquietudes las había compartido con Lara, ya que como comentaba más arriba la consideraba una buena amiga, aunque si echo la vista atrás me doy cuenta de que casualmente empezó a acercarse más a mí en el momento en el que yo me encontraba peor, y si bien di por hecho que lo hacía porque se preocupaba, ahora pienso que tal vez lo hizo porque creyó que yo era más manipulable.

Ella nunca me atacó por mi físico, pero sí que hacía comentarios bastante fuera de lugar aunque yo en su momento los vi como algo inocente, supongo que porque no eran nada en comparación con lo que tenía que aguantar por parte de otras personas: por ejemplo, si comentaba que había cenado pizza la noche anterior, ella contestaba con aire de superioridad que ella sólo se permitía cenar pizza dos veces al mes, que sería una LOCURA cenar algo así más de una vez cada dos semanas. Así no me atacaba directamente pero me hacía sentir culpable.

Pero lo peor era cuando mi novio venía a buscarme después de clase y me traía algo de merendar, que podía ser desde una chocolatina hasta un sándwich de jamón york y queso.

Al principio, Lara se limitaba a mirarnos con mala cara; después empezó a preguntarme que por qué mi chico no me llevaba algo más sano, como fruta o algo así, a lo que respondí que la fruta no me gustaba. Como vio que esto no le daba resultado decidió ir un paso más allá: empezó a hacer comentarios, especialmente cuando estábamos con todo el grupo, sobre que había chicos a los que les gustaba que sus novias no se depilaran, no se cuidaran, fueran gordas, feas y demás cosas alejadas de los cánones de belleza establecidos porque así era menos probable que les fueran infieles, ya que otros chicos no se fijarían en ellas.

Empezó a predicar un discurso falsamente feminista mediante el que nos vendía que el verdadero empoderamiento era ser delgada, depilarse, maquillarse y en fin, hacer todo lo posible por ser agradable a la mirada masculina. Que en fin, yo soy la primera a la que le turboflipa maquillarse, pero creo que ya me entendéis. Debo admitir que aquí empecé a flaquear, ¿te imaginas que mi novio me estuviera mintiendo? ¿Que realmente me estuviera cebando para hacerme más dependiente de él?

Porque era cierto que todos los días me llevaba algo de merendar, y que casi todos los fines de semana me invitaba a cenar a pesar de lo mucho que engordaban las hamburguesas de mi hamburguesería favorita, o íbamos al cine y comprábamos un cubo de palomitas…lo admito, llegué a ver una intención oculta por parte de mi chico en los planes más inocentes, especialmente cuando Lara compartió a través del grupo de whatsapp de las amigas de la universidad un artículo en el que se desgranaba la figura del ‘’feeder’’.

Para colmo, ese fin de semana había estado en casa de mi chico y habíamos utilizado helado a la hora del folleteo, cosa que Lara no sabía porque no es algo que yo hubiera contado a nadie pero que fue el detonante para que empezase a buscar más información. ¿Lo ‘’bueno’’ de esto? Que leí artículos, entrevistas, relatos publicados en esta página entre otras y, tras mucho leer, escuchar y buscar, me di cuenta de que había sido una idiota por creer que mi novio podía ser un ‘’feeder’’: mi novio lo único que quería era que no me sintiera culpable por comer lo que me apeteciera, porque realmente había llegado al peligroso punto de mortificarme por tomarme un refresco y unas patatas fritas un día puntual.

Fue un proceso lento, pero poco a poco fui dándome cuenta de que no había nada malo con mi cuerpo, de que lo único que tenía que vigilar a la hora de comer era que algo no me sentase mal, que lo que sí debía controlar eran los atracones que me daba a veces en medio de una crisis de ansiedad (a lo cuál quien más me ayudó fue, cómo no, mi novio) y que la ropa está para servirnos de ella, no para servir nosotras a la dictadura de las tallas.

También aprendí que algo de lo que debía alejarme era de amistades tóxicas y dañinas, por lo que me fui distanciando de Lara, quien a la larga se quedó más sola que la una porque todas nos acabamos dando cuenta de que su manera de ‘’ser amiga’’ consistía precisamente en tratar de anularnos y de aislarnos para que fuéramos más dependientes de ella: sí, justo lo que criticaba de mi novio, el supuesto feeder.

Con1Eme