Cosas que mis amigos, que me conocen bien, ya se niegan a hacer conmigo: dejarme poner música en los viajes, oír mis chistes y jugar al Trivial Pursuit. Frases como “¡a ti te criaron en una biblioteca y te pasaban la comida por debajo de la puerta!” las oigo cada vez que echamos una partida. ¿Qué le voy a hacer? Leo mucho y me encantan las curiosidades. Suelo ganar y, en una ocasión, gané bastante más que una partida: gané toda una vida de tranquilidad y salud mental.

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Había conocido a Eloy —nombre supuesto— hacía un par de semanas en Badoo. Me parecía un tipo culto, simpático y con personalidad. A veces se confundía en lo que decía, pero hablaba con tanta seguridad que yo lo disculpaba. Antes de animarme a algo más, decidí presentarlo a mis amigos en una barbacoa veraniega.

En la sobremesa, alguien propuso jugar a algo. Eloy, harto de aprender reglas de juegos frikis, preguntó si no había algo “más normal”. Yo propuse el Trivial. Mis amigos gritaron que no, pero Eloy insistió en que se le daba muy bien y que me iba a dar una paliza. Mis amigos decidieron ser espectadores de «El Duelo».

Empecé a acertar preguntas una detrás de otra. Al tercer «quesito» me dijo que tenía una suerte inmensa; al cuarto, me acusó de saber las tarjetas de memoria. Le di ventaja: que sacase él mismo las tarjetas y eligiera la pregunta. Llegué al quinto sector, una de deportes sobre un portero de los sesenta. No tenía ni idea, pero relacioné conceptos y probé: “¿Iribar?”. Acerté.

En la pregunta final, sonrió con cara de listillo y me lanzó la que creía que era la peor pregunta del mundo: “¿Es difícil encontrar una palabra de cinco íes?”. Me llevó cinco segundos contestar: “¡Dificilísimo!”. Mi mejor amigo puso la canción de Karate Kid a todo volumen y se armó el cachondeo. Pero mi sonrisa se borró cuando Eloy me dijo, muy en serio, que no estaba dispuesto a jugar más con una tramposa.

Más tarde, cuando me acercó a casa, me soltó que le había humillado y que no lo iba a consentir. “Admite que haces trampas y, de paso, tenme respeto”, me dijo. Según su lógica, si él me llevaba en coche, lo mínimo que podía hacer era fallar preguntas para no dejarle en ridículo. Guardé silencio hasta llegar a mi portal.

Ya en casa, me di cuenta de que su supuesta “personalidad” era solo inseguridad y cobardía. Eloy fingía una autoestima que no tenía y, al levantarle yo la máscara sin querer, se sintió agredido. Le envié un mensaje diciendo que era mejor dejarlo. Cuando empezó a contestar que no quería salir con alguien que le «humillaba», bloqueé el número.

Queridas chicas del mundo: nadie lleva en el pecho una pancarta con sus defectos, pero una partida de Trivial puede ayudarte a descubrírselos.

Delice.