Te encuentro en Tinder. 56 km de distancia. Eres mono. Me río con tu descripción. Le doy a Like. Sin más. Un perfil más. No soy de dar muchos likes, debo de ser una exigente. Pero me has molado: mi prototipo… chico moreno de mirada intensa, pendiente en tu oreja izquierda y sonrisa picarona.

La verdad es que no doy muchos likes pero creo que Tinder es adictivo y me conecto varias veces al día para ver perfiles. Al día siguiente tengo un match. Eres tú. Vaya, no me lo esperaba. Da igual, estás a 56 km. Decido saludarte, he de perder el miedo a hablar con chicos según mi psicóloga y practicar.

Hace poco que tengo mi perfil. No me pega tener uno pero tengo unas amigas muy pesadas que han decidido que me conviene. Me dejo llevar por ellas, sobre todo por dos que han conseguido una relación estable, que es lo que yo busco.

Sorpresa. Me contestas. Sigues estando a 56 km y eso me permite ser un poco vacilona y dejarme llevar. Resulta que eres muy majo y me río bastante contigo. Leo tu perfil porque has puesto una descripción. Hablas sobre ti diciendo que eres un poco payasete. Lo que eres es un vacilón de pm (perdón) y yo me escudo en esos 56 km para seguirte el juego. Yo también sé meter caña. Te respondo a los vaciles y nos reímos bastante.

Vale, hasta ahora. Match el 26 de octubre. Nos dejamos mensajes y nos leemos en “diferido”. No hemos hablado nunca estando los dos conectados a la vez. De hecho, yo no le doy importancia a alguien que está a 56 km y hablo con más gente de cerca. 

Siguen pasando los días. Alguna vez hemos hablado estando conectados los dos a la vez pero nuestras conversaciones no pasan más allá de las bromas. Me gusta tu humor inteligente, la caña que me metes vacilándome y a la que yo también respondo. Nos retamos un montón a ver quien vacila más a quien. Empiezas a generarme interés.

No eres el único. De hecho, ya he pasado a la fase de escribirme por whatsapp con alguien que está a 3km de mí (muchas pensaréis que estoy loca pero cada una lleva su velocidad y esta es la mía). Mi match de 3km es majo pero no termina de convencerme. Me pone muchas pegas y excusas frente a quedar.

Sin embargo, un día tú, mi match de 56km, vienes a mi ciudad a ver a un amigo y cuando me despierto un domingo tengo un mensaje tuyo. Que me quieres conocer y que estarás en tal bar. Una pena que cada vez salga menos y que tu mensaje me haya pillado en el quinto sueño. Yo entro en pánico y doy gracias porque, otra vez, estás a 56 km.

Yo tampoco soy una persona que tenga mucho tiempo libre y decido comentárselo a mis amigas. Me dicen que puede que sea un poco ansiosa, que las relaciones tienen un proceso y que llevan tiempo. Cuando estoy a punto de quedar con mi match de 3km, me hablas.

Ya te he contado cuando es mi cumpleaños. Precisamente mañana. 35 años y vivo en una fase totalmente diferente a la que viven mis amigas, muchas de ellas ya casadas y con hijos. Y cuando digo muchas, quiero decir todas.

Mi match de 3km resulta ser un bicho raro que ni termino por quedar con él. Me llama de todo y precisamente el día previo a cumplir años, me quedo sin plan. Una amiga me llama y cenamos juntas. Le cuento todo y no puedo sentirme la peor persona del mundo. Parece que nunca voy a encontrar lo que busco.

Para la una llego a mi casa y empiezan a sonar las primeras felicitaciones en mi móvil. No me apetece irme a la cama. Hoy no. Es mi 35avo cumpleaños y estoy tirada en el sofá (cabe decir que es sábado). Patético.

De pleno aburrimiento abro Tinder. Sorpresa. Una felicitación tuya. No esperaba que mi match de 56 km se acordase de que en algún momento de nuestros vaciles hoy es mi cumple. Te escribo un simple “gracias”. Ya lo leerás mañana. Me respondes de la misma. Me echas la bronca porque debería estar celebrando mi cumpleaños. Te doy la razón. Hoy no estoy a tu altura de vaciles. No me siento de humor.

Esta noche descubro que trabajas a turnos. Por eso no nos conectábamos a la vez. Estás currando un sábado noche mientras yo te escribo desde mi sofá. Nos separan 56 km, me siento cómoda porque me agarro a eso. No hay peligro.

A media conversación me saltas que quieres quedar conmigo y yo me río. Las alarmas se me disparan cuando dicen que vienes a desayunar a mi ciudad. Te vas de viaje y vuelas desde el aeropuerto más cercano a mi casa. No me creo que me estés proponiendo esto. Quedar y desayunar en el aeropuerto para conocernos.

No me creo que me lo esté planteando.

 

Continuará…

 

Científica Empedernida

 

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