Cuando tienes 20 años parece que tienes una eternidad por delante. Y es verdad; la tienes, lo que no sabes es que, si pestañeas dos veces, te plantas en los 40 sin darte cuenta.
Testimonios reales directos en tu móvil, chollazos y ofertones aquí — https://whatsapp.com/channel/
Mi chico y yo nos conocimos justo el año que cumplimos 20 años. Fue un amor sencillo y emocionante a la vez. Recuerdo nuestro comienzo como una época muy bonita e intensa. Todavía nos estábamos conociendo cada uno a sí mismo y estar juntos nos ayudaba a crecer.
Cuando nos quisimos dar cuenta, éramos una pareja estable y la envidia de todas mis amigas, que iban de novio en novio. Pudimos ir dando pasos sobre seguro sin tener prisas. Después de cinco años, teniendo ya trabajo los dos, nos fuimos a vivir juntos de alquiler. Comprobamos que la convivencia solo reforzaba nuestra relación y al año siguiente estábamos firmando la hipoteca de nuestra casa. Un año después nos animábamos a casarnos.
Todavía no habíamos cumplido 30 años y parecía que teníamos la vida encaminada. Algunas de mis amigas seguían suspirando por la vida que teníamos. Sabíamos que habíamos tenido suerte.
En la cabeza de todos solo nos faltaba tener hijos. Y tengo que reconocer que también en la nuestra. Siempre quise niños y mi marido también. Lo bueno es que podíamos darles estabilidad económica y sentimental. Éramos los padres perfectos sobre el papel y parecía que teníamos todo el tiempo del mundo.
Tanto tiempo teníamos, que no tuvimos prisa. Conocer el mundo se volvió nuestra prioridad y los viajes imposibles, nuestro objetivo. Además, hay tanto que conocer que no terminaríamos nunca.
Cada cierto tiempo hablábamos de parar y empezar a tener hijos. Pero siempre se nos ocurría un nuevo destino que había que visitar. Disfrutamos mucho los viajes y los planes por la ciudad: museos, restaurantes, exposiciones, conciertos, bares… Sabíamos que esa vida cambiaría con la llegada de los hijos.
Hace un par de años, justo viendo que los 40 iban a llegar, decidimos que era el momento. Compré ácido fólico y empezamos la parte divertida de intentarlo. Si ya nuestra vida sexual era activa, pasamos al siguiente nivel. Y también lo disfrutamos mucho al principio. Pero pasaban los meses y mi regla seguía viniendo cada mes. Así que nos fuimos a la farmacia a comprar tiras de ovulación y a programar cuándo nos acostábamos. Ya no era tan divertido.
Los meses seguían pasando y nada. No queríamos asumirlo, pero era evidente que había algún problema. Fuimos al médico y no era un problema, eran muchos. Por un lado, yo tenía baja reserva ovárica y, por otro, los espermatozoides de mi marido tenían baja movilidad. Y para rematar, la edad, que según los médicos acentuaba todo más y lo complicaba. Parecía que ayer teníamos 20 años y toda la vida por delante y ahora ya íbamos tarde para tener hijos. Tan tarde, que la Seguridad Social no nos cubría ningún tratamiento. Nos dijeron que de manera natural era prácticamente imposible y que buscáramos una clínica.
Dudamos; sabíamos que los procesos de fecundación son largos y cansados, pero al final confiamos en que fuera bien y empezamos un tratamiento, con todo el desgaste que suponía. Lo único bueno es que nuestra relación es tan sólida que, a pesar de los días complicados, seguíamos remando hacia el mismo lado (incluso cuando mis hormonas querían remar hacia el abismo).
Tres intentos hicimos: tres fracasos. Nos habían avisado que no era fácil dadas todas las circunstancias, pero no era imposible. Pensamos que el problema era la clínica y buscamos otra donde seguir fracasando de nuevo. El problema sin duda éramos nosotros. Diez años antes quizás tampoco habríamos podido, eso no lo sabemos seguro, pero quizás hubiéramos tenido alguna posibilidad más.
Nos hablan de adopción ahora y las fuerzas ya no las tenemos. Empezar un nuevo proceso, sabiendo que también será largo, que no nos darán un bebé, aunque eso es lo que menos nos preocupa. Nos preocupa si a estas alturas seremos los mejores padres, ya quemados y cansados con la búsqueda, ya mayores, ya llenos de algunas lamentaciones. Seguro que le daríamos amor y un buen hogar en teoría, pero no vamos a arriesgar la felicidad de un pequeño por nuestro capricho de ser padres cuando quizás ya no es el momento.
Así que aquí estoy, dudando si me tengo que arrepentir de la vida que hemos tenido hasta ahora, pero sabiendo que ya da igual. Lo peor ha sido el tiempo y las fuerzas gastadas buscando un bebé que nunca llegará. Fuimos felices con nuestros viajes y nuestra vida y eso es algo que tenemos que valorar. Y seguimos teniendo la suerte de tenernos el uno al otro. Seguiremos siendo los mejores tíos de nuestros sobrinos.
Y seguiremos con nuestra vida; ya estoy buscando nuevo destino para nuestro siguiente viaje.