¿Existen las maldiciones intergeneracionales? ¡Claro que sí! Y no estoy hablando de conjuros satánicos, de enfermedades hereditarias o de muñecas de porcelana que nos persiguen hasta en cambios de continente.
Estoy hablando de una maldición intergeneracional más delicada y que nosotras mismas tenemos la oportunidad de aniquilar.
De una maldición que ha tenido atadas a nuestras madres, nos ha tenido atadas a nosotras, pero que no tendrá atadas a nuestras hijas.
Me explico: Cuando miro atrás en las generaciones puedo identificar una clara maldición, que sobre todo está presente en el género femenino.
Yo no conocí a la madre de mi abuela, pero si conocí la relación que mi madre tenía con mi abuela y obviamente conozco la relación que yo tengo con mi madre. Aunque a veces, para serte sincera, preferiría que el tema no fuera conmigo.

Y de alguna manera que no puedo entender del todo, veo como mi madre ha estado controlada desde que era una niña. Como el resto de mujeres de su generación y como mujeres que han pasado por una dictadura y una sociedad con fuertes valores cristianos, veo como mi madre, hasta ya de adulta ha vivido buscando la aprobación de su propia madre.
Entre mi abuela y mi madre surgían conflictos hasta cuando mi madre me compraba ropa.
Mi abuela siempre tenía que estar por encima, imponiendo su ley, su moral y haciendo sentir a mi madre poco válida.
Y a través de todas estas exigencias, puedo ver cómo mi madre ha desarrollado su vida con una libertad un tanto cuestionable. Siempre condicionada por lo que otra persona creía correcto una persona. Y es triste, pero veo como mi madre ha dejado de lado sus propios intereses o inquietudes, todo por agradar a una persona con una forma muy concreta de percibir la vida.

Bueno ¿Y qué pasa? Pues lo que pasa es que esta frustración se convierte en una maldición intergeneracional en el momento en el que tu madre adquiere el papel de zorra intransigente que tenía su madre.
Y créanme señoras, esto pasa ¡Hombre que si pasa!
Yo misma he sido víctima de esta maldición. ¿Cómo lo sé? Pues porque me he pasado la vida bajo las ordenes de una madre exigente que nunca ha estado satisfecha con mis elecciones.
¿Será que mi madre es una zorra? No señoras, lo que sucede es que mi madre tiene metido en la chirimoya, que para ser una buena madre, tiene que imponer lo que ella considera correcto y ser exigente hasta en los detalles más insignificantes.
¡Pero ojo! Esta maldición intergeneracional puede acabar si tú lo deseas.
Muchas mujeres estamos empezando a abrir los ojos y la mente. Nos estamos empezando a dar cuenta de que lo que es correcto para una persona no tiene porque serlo para otra. Y de la misma manera que para nuestra madre, una vida plena significa ciertas cosas, no tiene porque significar lo mismo para nosotras.

Es muy inspirador ver como muchas mujeres se desvían de esa maldición y empiezan a construir su propia felicidad en sus propios términos personales.
Y eso, a su vez, quiero creer que nos permitirá tener la mente abierta a la hora respetar a las generaciones que lleguen con sus propias conductas, modas y maneras de percibir el mundo.
Las imposiciones acerca de lo que debe ser una mujer y los juicios de valor constantes por no cumplir con esas expectativas pleistocenas, pueden acabar en nuestra generación y eso, me llena de ilusión y jolgorio.