Me separé del impresentable de mi marido cuando mi hija tenía 9 años. Él desapareció, no se quiso hacer cargo de absolutamente nada y nos llevó por un sinfín de dramas hasta que casi entra en prisión por no pagar la pensión.

Desde ese momento, mi hija y yo siempre hemos estado solas. Me centré mucho en ella y en que no le faltase de nada. Invertí todo mi tiempo en estar con ella y verla crecer, en rodearla de cariño y en que jamás sintiera que su padre la había abandonado, o que eso era culpa suya.

Nuestra relación era muy intima y buena, ella confiaba mucho en mí y me lo contaba todo. Yo la apoyaba y la consolaba cuando hacía falta. De verdad que era todo perfecto, hasta que empecé una relación.

No había estado con nadie durante seis años, pero una amiga me presentó a un compañero de su trabajo y la química fue instantánea.

Empezamos a vernos y yo le conté todo. Que me había separado, que tenía una hija y que ella era lo más importante en mi vida.

Él fue tierno, agradable y me dijo que iríamos lo despacio que fuese necesario.

Yo tuve mucho cuidado, no le hablé de él a mi hija, que ya tenía 15 años, hasta que vi que la relación iba en serio. Fuimos avanzando en la relación y finalmente, llegó el momento de que se conocieran.

Antes de presentarlos, hablé con mi hija. Después de una cena en casa, le expliqué que había una persona especial en mi vida y que me gustaría que se conocieran. Que me hacía muy feliz y que no iba a cambiar nada entre nosotras.

Durante la conversación, ella pareció estar algo distante y recelosa. Me hizo muchas preguntas sobre él y luego cambió de tema. Así que pensé que había ido bien.

Quedamos otro día para comer fuera y vino mi pareja. Él estuvo encantador y se encontró con una adolescente que se pasó de morros toda la comida. Pasó de él y no le dio oportunidad a que fluyera la conversación. Él lo intentó varias veces, pero no hubo manera.

Yo lo pasé bastante mal y cuando llegamos a casa, hablé con ella, pero no sirvió de nada. Estaba como enfadada, me dijo que no le gustaba, que le daba “mal rollo” y que no quería que la tratasen como una niña a la que había que convencer, que yo ya era mayorcita y que si me gustaba, adelante.

Le expliqué que no había actuado bien, que él era la primera vez que la conocía y que era un paso importante, que podría haber facilitado las cosas, pero ella tiró balones fuera y se limitó a decir que era lo que había.

Me quedé bastante molesta con ella, pero no quise insistir porque hubiera sido peor. Lo achaqué a una edad complicada.

Pasó el tiempo y pensé que no hacía falta que coincidieran tan a menudo. Cuando quedaba con él, se lo decía. Normalicé la situación. Si él venía a casa, la avisaba primero. Hacía planes con los dos por separado, pero hacía que ella le tuviese muy presente. Hasta que llegó el camping.

Para mi cumpleaños, mi pareja me regaló un fin de semana en un camping, en un bungalow precioso a pie de playa, para los tres.

Le comenté que quizás no era buena idea, pero él insistió en que teníamos que revertir la situación y que empezar por unas vacaciones quizás lo facilitaba.

Intenté convencerle de lo contrario, pero insistió mucho y al final acepté.

Al llegar a casa, se lo dije a mi hija y tuvimos una discusión, porque des del momento 0, puso mala cara y dijo que ella no pensaba venir.

Le pedí un poco de compasión. No hacía falta que fuesen amigos, pero al menos debía tolerarle y poder coincidir en escapadas familiares. Le expliqué cuanto me dolía la situación de no poder ser feliz porque las dos personas que más me importaban no podían estar juntas en la misma habitación y le dije que creía merecerme ser feliz.

Al final aceptó de mala gana y estuvo mosqueada conmigo hasta que llegó el día en que nos fuimos.

Estuvo todo el viaje callada, con los auriculares en el coche y sin dirigirnos la palabra. Me dolía mucho ver como la relación con mi hija se había enfriado, pero esa cabezonería me cabreaba mucho. En el camping descargamos las cosas, ella se puso el bañador y enseguida dijo que se iba a la piscina.

Mi pareja llevó toda la situación mucho mejor que yo, me estuvo apoyando y hablamos mucho del tema. Al verme afectada, me dijo que iría a hablar con ella, que la traería de vuelta de la piscina y miraríamos de pasar un finde familiar. Me dio un beso y se fue. Y a partir de aquí, vino lo peor y es donde difieren las dos versiones.

Pasaron unas dos horas, en las que aproveché para echarme una siesta hasta que llegaran, y me desperté de golpe con un portazo de mi hija, que entró a su habitación y se puso a llorar. Cuando entré a preguntarle qué había pasado, me gritó, me dijo que todo era mi culpa y que la había obligado a pasar por esto. Me quise acercar y me chilló desquiciada que me fuera de allí y me tiró una almohada. Me puse seria y discutimos hasta que después de unos minutos, me dijo que mi pareja se había propasado con ella.

Me contó que había venido a la piscina y que se había sentado a su lado para hablar. Que ella no quería hablar y le pidió que se fuera, pero que él se acercó más. Que en un momento de la conversación él le dijo lo mucho que se parecía a mí, hasta en la cabezonería, y le pasó la mano por el cuello y el brazo acariciándola. Dijo que ella se quedó paralizada, le pidió que se fuera y él siguió diciendo que aún estaban hablando, entonces ella se tumbó boca abajo para evitar tener el torso de frente y me dijo que él, aprovechó para acariciarle la espalda y finalmente, las caderas y los glúteos. Miró hacia los lados a ver si alguien estaba pendiente de la situación y como no vio a nadie, se levantó y vino corriendo.

Sentí rabia y ganas de vomitar. La abracé y me disculpé, aunque una parte de mí dudaba completamente de la historia, veía a mi pareja incapaz de hacer algo así y había visto a mi hija tratarle muy mal. Pero evidentemente, cuando tu hija viene y te cuenta algo así, la crees.

Ella lloraba y me decía si no me parecía raro que él no apareciese. Aprovechamos para recoger nuestras cosas y cuando llegó mi pareja. Nos pilló metidas en el coche.

Él vino tranquilo y se sorprendió con la situación, preguntó que estaba pasando y mi hija dijo que no quería salir del coche, ni verle, ni hablar con él.

Yo me bajé furiosa, le pedí explicaciones y su cara, fue un poema.

Me aseguró que nada de lo que me estaba contando era real. Que es cierto que fue a la piscina y se sentó a su lado, pero que mi hija fue muy maleducada desde el principio y que no pudo hablar con ella porque le interrumpía diciéndole “chao” “adiós” “que te pires” y cosas así. Él se puso más serio y le pidió al menos un poco de respeto, porque me quería y quería que ellos se pudieran llevar bien, le dijo que estaba siendo egoísta y ella se levantó indignada y se fue. Él se quedó en el bar de la piscina tomando algo y dándole tiempo a relajarse, ahora había vuelto y se encontraba el panorama.

Cuando le conté la versión de mi hija, se cabreó. Fue hacia la ventanilla y le preguntó por qué estaba haciendo esto. Mi hija ni le miró, no le contestó, nada. Él le decía que las acusaciones eran muy serias y que hiciera el favor de decir la verdad. Pero ella se tapó las orejas y empezó a llorar.

Él solo pudo mirarme a los ojos suplicando que le creyera y diciéndome que claramente ella se lo estaba inventando todo para separarnos, que no le había soportado desde el primer día. Me dijo que no tenía ningún sentido y que podía ir al bar o a la piscina a preguntar a la gente. La piscina tenía socorrista y gente que estaba allí presente, si hubiera pasado algo así, decía que evidentemente hubieran intervenido o llamado a la policía.

Yo estaba hecha un lío, pero con mi hija llorando en el coche, todos los problemas que habíamos tenido, las discusiones, la distancia y ahora estas acusaciones, no pude más. Le dije que no podíamos seguir viéndonos y me marché con mi hija.

En el coche me derrumbé y le pedí a mi hija llorando, que por favor fuese sincera, que esto era algo muy grave y que, si era cierto, teníamos que denunciarle.

Ella me dijo que por favor no denunciara. Que solo quería olvidar la historia y no verle nunca más.

Estuvimos varios días hablando del tema, tanto con ella como con él por llamadas, pero no saqué nada en claro y finalmente corté toda relación con él, que acabó muy resentido porque no le creí.

Han pasado varios años de aquello y aun no sé que pasó exactamente. Hay cosas que no me cuadran, pero no podía dudar de mi hija o pasar por alto aquello.

Una parte de mí piensa que se cargó mi relación por celos, pero nunca sabré la verdad.