Lo admito: fui la mala. Me llamaron la buscona, la rompehogares, la lagartona… me han llamado de muchas maneras a lo largo de mi vida. Pero también me han llamado cariño, vida mía, mi amor, y eso pesa muchísimo más.
Eran los ochenta. Yo entré a trabajar en las oficinas de una multinacional. Mujer de carrera, con varios idiomas, defensora del divorcio y del aborto cuando eso todavía era un escándalo. Después de nacer de una madre limpiadora y un tendero de ultramarinos, y de que todo el mundo me dijera que el sitio de la mujer no era la universidad, no estaba dispuesta a dejarme pisar por nadie.
Nunca entendí por qué se me criticaba a mí por llevar un vestido y tacones, y no a los hombres casados que me tiraban los tejos. No, claro, pobrecitos ellos; la mala era yo que «me hacía desear». Yo simplemente era amable, pero cuando veía que un superior cruzaba líneas, le paraba los pies. La calidad —y cantidad— de mi trabajo eran suficientes para blindar mi puesto.
Cuando Héctor llegó a la empresa no me llamó mucho la atención. Pero empezamos a conversar y ahí pudieron darse cuenta todos de la diferencia entre la amabilidad y un coqueteo. Poco tiempo después nos acostamos y la relación se consolidó. Y ahí me soltó la bomba: estaba casado. Tuve ganas de matarlo, pero ya no pude. Me soltó el carrete de “ya no soy feliz”, pero yo no estaba dispuesta a ser la segundona.
Se lo puse bien claro: “Héctor, ¿tú me quieres y quieres estar conmigo?”. Respondió que sí. Y entonces le contesté que le daba un mes. Un mes exacto para dejar a su mujer o, de lo contrario, sería yo quien hiciese que le dejara. Creo que solo entonces se dio cuenta de dónde se había metido. Él pensó que yo sería siempre su querida; que podía tenerme a mí para las conversaciones profundas y a su mujercita para que le tuviese la casa limpia y le quitase los zapatos de rodillas (lo hacía).
“Tienes treinta días. O actúas de acuerdo con lo que sientes, o resígnate a que tu esposa sepa que le has puesto los cuernos y, desde luego, a perderme. A verme pasar del brazo de otro y pensar que ese podías haber sido tú, pero fuiste muy cobarde”. Al día siguiente volvió más suave que un guante. En una sola mañana lo habló con su mujer y empezaron los trámites del divorcio.
No sentí pena por ella. Si Héctor la dejó por mí, no fue porque yo le convenciera, sino porque él quiso. Según me confesó, no fui su primera amante, pero sí la última; la única que le habló tan claro. Héctor y yo nos casamos un año más tarde. Tuvimos dos niños y nos fue bien. Pese a que me dijeron que ya lo pagaría y que me tocaría a mí ser la engañada, eso nunca sucedió.
Mi Héctor falleció hace un año. Dejó sus papeles, su diario… cosas que nunca esperaba que yo leyera. Allí cuenta cómo me quiso siempre y cómo se enorgullecía de aquel ultimátum que él transcribió palabra por palabra. Se enorgullecía de haberse dado cuenta de “la joya que corría el riesgo de perder”.
No aconsejo a nadie relacionarse con un casado, pero sí ser firme y luchar por la propia dignidad. Os dirán que nunca sale bien, pero no es cierto. Sí, rompí un matrimonio hace ahora casi cincuenta años. Y me alegro de haberlo hecho cada día de mi vida.