Escenarios postapocalípticos, mundos distópicos, escenas de la desolación. La apreciación del arte siempre ha estado ligada al imaginario. Pues al contemplar cualquier obra, sea cual sea el momento de su historia, nos traslada a aquellos recuerdos alojados en nuestra mente.

Se sabe que la arquitectura urbana es una más de las manifestaciones artísticas con las que podemos deleitarnos. Yo misma soy una gran fanática de las fachadas. Pasear por la ciudad, ir descubriendo la cara visible de todos esos edificios que te acompañan en el camino y descubrirme con la boca abierta parada en cualquier esquina de una gran avenida con mis ojos clavados en esas construcciones. Me pasa continuamente. Sobre todo me fascina desvelar las cicatrices que va vistiendo el paso del tiempo.

Sé que no soy la única romántica de este movimiento, las redes están inundadas de fotografías con escenarios de un antes y un después. Un intento por retener su historia, la esencia de esos lugares abandonados. Hace unos días descubrí que este amor por lo imperfecto es conocido como “Ruin Porn”. El desarrollo de la civilización moderna contenidas en imágenes de ruinas carcomidas. El desamparo hecho evidencia.

El Ruin Porn, la cara B de las metrópolis. Una oda al porno sensorial. Sus fotogramas narran las secuelas instauradas en una misma ubicación patrocinadas por el devenir de los años. La periodicidad que transforma todo, tarde o temprano. Una estación abandonada que albergó a multitud de viajeros en sus trenes de vapor, una gran avenida repleta de coches que pisan el mismo asfalto por donde antes pasaban carros tirados por caballos, el escenario lleno de polvo de un teatro casi demolido que aún guarda en sus cimientos ecos de recuerdos de funciones shakesperianas. Sus paredes nos hablan de aplausos emotivos y alguna que otra lágrima.

Este porno en ruinas confirma la existencia de lo efímero, la naturaleza de lo transitorio. La huella del ser humano capturada por un negativo. Se suma a todos aquellas manifestaciones de cultura nostálgica, como la moda vintage, la cultura hipster o el rescate de la música en tocadiscos.

La fascinación por esas vigas de acero, los jirones de pintura resquebrajada, la demolición del hormigón armado va configurando el esqueleto perdido de aquellas edificaciones que duermen inmóviles dentro de las grandes urbes. Como aquellas fachadas en ruinas que nos enamoran.

 

Rebeca Baena