¿Hasta qué punto una debe meterse en las decisiones vitales de sus amigas?

Yo, personalmente, solo lo hago cuando me piden opinión de forma expresa. Si no es así, y no veo un riesgo de muerte, me reservo lo que pienso solo para mí. Y eso fue lo que hice cuando vi desde la barrera cómo la cagaba mi amiga. La que se casó sabiendo que se iba a divorciar.

Así, tal cual, se casó siendo plenamente consciente de que esa relación no iba a durar. Lo sabía ella, tenía que saberlo él y lo sabía cualquiera que prestara un poquito de atención. Era la crónica de un divorcio anunciado.

Ella nunca me lo confesó. Es más, yo creo que no ha terminado de reconocérselo ni a sí misma. El caso es que no creo que lo planeara ni mucho menos. Ella solo… debió de dejarse llevar. Era demasiado tentador. Y no por el hombre en cuestión. Me explico.

Cuando empezó esa relación, ambos tenían los cuarenta bien cumplidos. Él le gustaba, era de buena familia, tenía un buen trabajo y, lo más importante, unos objetivos similares a los de ella. En realidad, la cuestión se redujo a que no era mala persona y que, al igual que mi amiga, quería tener hijos.

Nunca se lo pregunté porque ya no tiene sentido, pero estaba convencida de que se casaron con el único propósito de formar una familia lo antes posible. Lo demás, pues que fuera lo que Dios quisiera. Y, en efecto, el tiempo me dio la razón. Se casaron menos de un año después de conocerse y me consta que ella dejó los anticonceptivos meses antes de darse el sí quiero. Lo cual no me llamaría tanto la atención si durante ese tiempo se les hubiera visto verdaderamente enamorados.

Lo que ocurre es que nunca me pareció que bebieran los vientos el uno por el otro. La atracción inicial les duró lo que les duró. Para cuando nos dieron las invitaciones ya no se les veía bien del todo cuando estaban juntos. La convivencia tampoco ayudó. Mi amiga me contó que discutían muchísimo desde que empezaron a convivir, que con el día a día había conocido partes de él que no había visto antes.

Sin embargo, eso no impidió que continuaran adelante con sus planes de convertirse en padres. La suerte estuvo de su lado y tuvieron un niño muy buscado y deseado que llegó al mundo antes de su segundo aniversario de boda. Un aniversario que no llegaron a celebrar porque se divorciaron antes de que a ella se le terminara la baja de maternidad. Felices con su niño, amargados de pelear y soportarse.

Si la llegada de un bebé es dura para la pareja, imagino que lo es mucho más para una que ya hacía aguas mucho antes de eso. Ninguno de los dos tenía ganas de seguir aguantando lo que antes del bebé soportaban a duras penas. De modo que establecieron los términos de la custodia compartida y se fueron cada uno por su lado, aliviados de perderse de vista. Aunque sin marcharse muy lejos, porque ahora, les guste o no, ese hijo que tienen en común los tiene mucho más atados el uno al otro de lo que nunca estuvieron antes.

 

 

Anónimo

 

 

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