Una amiga mía solía decir que nunca sabes dónde puedes encontrar el amor… ¡Y qué razón tenía!

Rosa odiaba lavar su coche, pero odiaba todavía más tenerlo sucio, así que dedicaba la mañana del primer sábado de cada mes en ir a un lavado de coches de esos que hay al lado de las gasolineras. Llegaba, se  ponía un poquito de música y sacaba el polvo de la guantera, las marcas de agua de los cristales…

Un sábado, en el puesto de al lado al suyo, entró un coche conducido por un chico muy alto. Le llamó la atención porque no le parecía que aquel coche fuese cómodo para alguien tan alto.

Al rato le extrañó no escuchar ningún ruido, ni de agua ni de aspirar… Entonces la cabeza de aquel muchacho se asomó detrás del biombo que separaba sus coches. Era la primera vez que iba a esa gasolinera y no sabía cómo era el mecanismo. Donde él llevaba su coche funcionaba con monedas.

Rosa le explicó que debía comprar en la tienda las fichas para las distintas máquinas. Él, avergonzado por no enterarse de nada, le explicó que no era de por allí, que había venido de sorpresa a traerle a su madre ese coche de regalo y que quería dárselo lo más limpio posible.

A Rosa le enterneció el gesto humilde que hizo al contarle aquello. Sin saber muy bien qué decir, le recomendó una marca de gamuzas que vendían en aquella gasolinera que dejaba los plásticos del coche nuevos. Él se lo agradeció y se fue a la tienda a por las fichas, la gamuza, y un par de cafés (uno para Rosa).

Ella apareció el detalle y entonces se fijó en los pequeños hoyuelos que se le formaban al sonreír y sintió un enorme calor en el pecho. Quiso ignorarlo, pero no pudo.

Mientras ella limpiaba el maletero él, apoyado en el biombo, le contaba que su madre lo había apoyado siempre, que ahora vivía sola y que no tenía cómo ir a verlo al pueblo donde él había emprendido su negocio. Por eso, en cuanto le empezó a ir mejor de lo previsto, ahorró unos meses y le compró a su madre un coche para que recuperase la libertad que tenía antes de la avería irreparable del suyo.

Más tarde él limpiaba el interior de su coche con la gamuza que Rosa le había recomendado y mientras ella le contaba que se acaban de quedar en paro después de muchos años en una empresa pequeña que había tenido que cerrar y que ahora estaba buscando alguna aventura con la que volver a empezar…

Finalmente se terminaron el segundo café en la cafetería de la gasolinera con los coches ya relucientes y se despidieron con mucha incomodidad. Ninguno quería despedirse para siempre, pero ambos veían inapropiado ofrecer otra alternativa…

El primer sábado del mes siguiente, Rosa acudió a su cita con el aspirador industrial cuando, nada más aparcar su coche, vio salir a Álvaro con dos cafés y un montón de fichas en la mano.

Había venido desde su pueblo a propósito para verla con el único dato que tenía sobre su rutina.

Ese día sí intercambiaron teléfonos. Dos meses más tarde Rosa conocía a la encantadora madre de Álvaro por casualidad. Verlo con ella, cómo la trataba, el cariño en sus ojos, la enamoró del todo y esa misma noche la pasaron juntos.

Ella también tenía intención de emprender y su idea era también utilizar internet como lugar de ventas, así que Álvaro le contó lo que él había hecho, alquilando un local comercial en un pueblo pequeño y tranquilo donde pagaba poco de alquiler y tenía todas las comodidades. Rosa no sabía qué hacer, pero con lo que no contaba era con que, para cuando se decidiera, ya estaría viviendo con Álvaro en su casa del pueblo.

Se casaron este año que termina y Rosa en el vestido de novia escondió cosida una gamuza muy especial, la gamuza que Álvaro compró para limpiar el coche de su madre el día que la conoció. Esto llevó a unas fotos muy simpáticas que ha tenido a bien enseñarme cuando me pidió que contase su historia de amor.

Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.