En los institutos americanos siempre están bien definidos los grupos que existen: los populares, los deportistas, los marginados… En España no tenemos estas mismas divisiones. En mi instituto se hacían grupitos con los guapos o flipados, los frikis, los fumaporros —que a veces iban de la mano con el grupo de los rebeldes—… y el resto, gente del montón.

Yo formaba parte de un grupo de amigos grande pero de gente normal que en conjunto no destacaba por nada en concreto como para poder ponernos una etiqueta.
Él era del grupo de los rebeldes, y todas sabemos que en la vida de toda mujer hay una época en la que nos gustan los malotes.

Un día me añadió a Messenger (¡qué habría sido de la adolescencia de los millenials sin esa maravilla!) y comenzó nuestra “andadura”. No diré relación ni diré amistad, porque no era ninguna de las dos cosas.

Yo siempre destaqué por ser una chica a la que le gustaba mucho leer, con mucha curiosidad por aprender (que no por estudiar, todo hay que decirlo), y que sabía un poco de todo. Mis amigas siempre recurrían a mí cuando no sabían algo sobre cualquier cosa. Digamos que yo era el ChatGPT de mi grupo.

Y él, lejos de lo que parecía, era igual que yo. Juntos teníamos con quién hablar de libros, música alternativa, películas… Hablábamos de sueños lúcidos, de los planes de futuro de cada uno, de astronomía, de filosofía, de nuestra vida. Hasta ese momento en mi vida, era la persona con la que mejor había conectado nunca, y a él también le pasaba. Me di cuenta de que el chico que me atraía por malote, realmente me atraía más por cómo era.

Llegábamos de clase y nos enganchábamos a Messenger y, cuando dejábamos el ordenador, seguíamos con el móvil. ¿Os acordáis de Mensamanía? Aquella promoción que sacaban muchos veranos las operadoras, en las que tenías 100 SMS diarios. Los fundía todos con él, y yo tan feliz.

Pero luego en el instituto no nos veíamos. Si me veía, tampoco es que intercambiáramos más allá de un saludo breve.
¿Le daría vergüenza que yo estuviera gorda y por eso no quería hablar conmigo delante de los demás?
¿O más bien era imposible que él se sintiera atraído por mí?
Como podéis ver, mi amor propio estaba por los suelos. Siempre pensé que era la última opción: que teníamos una amistad en la que yo sentía un amor no correspondido. Un amor que cada día se iba haciendo más grande.

Estuvimos así dos o tres años y yo me enamoré hasta las trancas. Hubo un día que no pude más y se lo dije. Me dijo que teníamos que vernos, que era una conversación para tener cara a cara. Me puse muy nerviosa porque, en principio, pensaba que directamente me iba a contestar que no sentía lo mismo por mí, pero que quisiera verme en persona… ¿no iba a ser para darme calabazas, no? Me hice ilusiones.

Me puse guapa y fui al lugar de encuentro. Pasaron 5, 10, 15, 30 minutos y no apareció.

Llegué a casa, le enfrenté, y no supo darme ninguna explicación. Lo bloqueé de todas partes e ignoré sus mensajes y llamadas pidiendo perdón. Estuvo días intentándolo, pero me había destrozado el corazón.

Unos días después vino su mejor amiga a verme. Ella y yo nos entendíamos bien ya que habíamos hecho amistad a través de él. Me dijo lo que él no se había atrevido a decirme a la cara:
que estaba enamorado de mí desde el principio, que llevaba llorando días desde que dejé de hablarle, pero que le podía más lo que dijeran los demás.
Me pidió que lo perdonara.

Si antes me había destrozado el corazón, ahora me lo había pisoteado.
¿Cómo iba a perdonarle eso y volver a como estábamos antes?
¿Cómo podía perdonar a alguien por tener vergüenza de mí?
¿Cómo podía alguien anteponer el “qué dirán” a ser feliz?

Imagino que todas estas respuestas confluyen en la misma: inmadurez.

El problema no fue tener un amor, para mí no correspondido, durante mi adolescencia. Sino estar enamorada de la conexión que tuve con esa persona. Pasaron años hasta que lo olvidé completamente y luego se convirtió en la sombra de todos los hombres que conocí después. Ninguno era lo suficientemente bueno. Yo ya sabía lo que era conectar con una persona que te complementaba perfectamente a nivel personal, y no podía aceptar menos.

Años después conocí al que, a día de hoy, es mi marido, que superó todas mis expectativas y las acompañó de la madurez de quien sabe lo que quiere.