Hace unos años se casó una amiga de la infancia, del barrio de toda la vida, con la que solía jugar todas las tardes. Su familia se mudó siendo nosotras adolescentes y perdimos el contacto diario, pero siempre que nos veíamos nos alegrábamos. Yo sabía que, de su viejo barrio, la única amistad significativa que le quedaba era yo.

Pasaron los años y, al margen de los recuerdos, poca relación me quedaba con ella más allá del contacto en redes sociales. Sabía sobre su vida en base a lo que ella publicaba, sin más, pero ni habíamos chateado ni hablado siquiera por teléfono durante años.

Cuando me llegó la invitación de su boda, yo estaba viviendo en el extranjero, a miles de kilómetros de mi ciudad de origen. Para ir me tenía que sacar un vuelo de ida y vuelta, pensar el atuendo y darle un regalo, un gasto que no me podía permitir en la situación tan ajustada en la que me encontraba entonces.

Le dije que no podría asistir y ella no se lo tomó nada bien. Intentó convencerme. Me dijo que asistirían otras amigas de la infancia, que sería un reencuentro (supe después que ninguna de ellas fue), que era importante para ella que yo asistiera. Me instó a mirar otros aeropuertos de llegada por si el vuelo me resultaba más económico y se ofreció a ir a recogerme si hiciera falta. Después de varias negativas por mi parte, me dejó de escribir.

La rendición

A mí la verdad es que me extrañó tanto empeño. Yo no me consideraba tan importante en la vida de esta persona, ya digo que durante años apenas hemos tenido relación. ¿A qué venía tanta insistencia y el enfado?

Por un lado, sospecho que ella quería que estuvieran representados todos los círculos de familiares y amigos que ha tenido a lo largo de su vida: los del barrio, los de estudios, los del trabajo… Lo puedo entender, es un día único y especial. Por otro lado, conociéndola, también sospecho que su motivación era que hubiera mucha gente para figurar. Que en los días siguientes, cuando publicara sus fotos en redes sociales, nadie dijera: “Uy, qué raro que de su viejo barrio no haya ido nadie, ¿no?”. Quizás suene raro, pero ya digo que la conozco.

Yo me sentí extrañamente culpable por aquello, probablemente por la insistencia de ella. Había sido una persona importante en una etapa tan significativa como es la infancia, ¿no merecía una escapada de tres o cuatro días? Seguro que no le hubiera importado que pagara solo por el cubierto. Además, por aquella época, mi novio sí que viajó para asistir a la boda de su mejor amigo de la universidad, con el que tenía mucha más relación. Ahí sí que hicimos el esfuerzo económico.

Como todo aquello me hizo sentir mal, en mi primer viaje a casa después de la boda le escribí para anunciarle que iría a visitarla a su casa. Ella no me dijo ni que sí ni que no, me dejó en “visto”. Se notaba que seguía enfadada.

A mí aquello no me disuadió. Me fui a una tienda local de decoración, le compré el jarrón más bonito que vi y me presenté en su casa en el día y a la hora en la que le había anunciado que lo haría. Allí estaba ella, contenta. Había leído mi mensaje, claro. Lo sé porque cuando le dije “No encontraba tu casa, he estado a punto de volverme”, me dijo “Si te hubieras vuelto sin llegar a venir, entonces sí que te dejo de hablar para siempre”. Había sometido nuestra amistad a esa especie de prueba sin yo saberlo. Todo dependía de si me presentaba o no.

Quizás el tiempo me dio la razón

Me dio las gracias por el regalo y estuvimos de cháchara un rato poniéndonos al día de todo, hasta que me fui entre las típicas promesas de vernos pronto.

Pasaron años con poco más que “Me gusta” o comentarios en nuestras publicaciones en redes sociales, ni habíamos quedado ni habíamos hablado. Pero nació su hijo y fui a visitar a la familia con el obsequio de rigor. Y luego, de nuevo, la nada durante meses y meses. Hace poco me escribió a través de Instagram para anunciarme que ahora vendía cosméticos por catálogo, y que si estaba interesada que le escribiera. Sospecho que era un mensaje tipo que había copiado y pegado decenas de veces.

A día de hoy, nuestra amistad está tan debilitada que es casi inexistente. Quizás ha sido una muerte natural fruto del paso del tiempo y el recorrido de caminos muy distintos. Quizás la cuesta abajo comenzó el día que decidí no ir a su boda. Consideré que hice lo suficiente por compensarla cuando ni siquiera estoy segura de que estuviera “obligada” a hacerlo, así que estoy en paz.

Yo no me he casado, no sé lo importante que es para alguien que asistas o no a su celebración. ¿Y vosotras? ¿Dejaríais de hablarle a alguien que no asistiera a vuestra boda? ¿Qué personas creéis que deben estar sí o sí?