Mi hermana siempre ha sido una persona bastante caprichosa y alocada, la típica niña consentida acostumbrada a vivir por encima de sus posibilidades. A los dieciséis decidió que no quería seguir estudiando y, desde entonces, no ha dejado de trabajar para costearse sus extravagancias. Cosa que sería totalmente lícita si no fuera porque, además de su sueldo, pretende garrapiñar parte del de los demás cuando no le salen las cuentas. En resumen, mi hermana no es precisamente ese dechado de sensatez y racionalidad que se espera de una hermana mayor.
Digamos que el postureo y el dolce far niente son su razón de ser. A los pocos años de ponerse a trabajar ya avisó a mis padres de que ahorrar y pensar en el futuro no entraban en sus planes. Recuerdo el año en que mi padre se quedó sin empleo; fue muy duro verle llorar de impotencia cada vez que volvía a casa sin conseguir un puesto de trabajo, mientras mi hermana continuaba puliéndose su dinero sin aportar un mísero céntimo a la economía familiar. No sé si fue puro egoísmo o simple indiferencia, pero en aquel tiempo en que mis padres no llegaban a fin de mes, ella llegó a presentarse en casa con un televisor carísimo y de dimensiones estratosféricas para su habitación, prohibiéndonos utilizarlo durante los días que estuvo de viaje en la playa con sus amigas.
Con el paso del tiempo, empezó a salir con un chico que era, a grandes rasgos, la antítesis de mi hermana: un tipo centrado, trabajador y muy formal. Precisamente por eso no le dábamos ni un mes de relación, ya que pensábamos que ni él soportaría las maneras caprichosas de mi hermana ni ella soportaría postrarse ante las exigencias de la vida adulta. Sin embargo, tuvimos que tragarnos nuestras palabras, porque, de la noche a la mañana, mi hermana se convirtió en otra persona mucho más madura.
Después de años intentándolo, mi cuñado consiguió algo que ni mis padres ni yo creímos posible nunca: convencer a mi hermana para ahorrar parte del sueldo de ambos durante un tiempo y poder independizarse. Finalmente, alquilaron un piso muy mono con parte de esos ahorros y empezaron su vida juntos para alegría de mis padres, que por fin veían cómo su hija iba sentando la cabeza. Pero, como suele ocurrir en esta vida, no es oro todo lo que reluce…
Si bien es cierto que se puede decorar una casa con buen gusto y un presupuesto limitado, como la mayoría de los mortales, mi hermana quiso amueblar la suya al más puro estilo revista de decoración hasta el punto de quedarse sin un duro de lo que habían ahorrado. No contentos con ello, decidieron que era una gran idea irse de viaje con pulserita “todo incluido” que, a día de hoy, aún están pagando. No es que mi hermana hubiese vuelto a las andadas, sino que mi cuñado se contagió de ese estilo de vida manirroto. Con todo, nadie dijo nada, porque cada cual es libre de hacer y deshacer lo que estime oportuno con su dinero.
El problema llegó meses después, cuando se presentó en mi casa como tantas otras veces, solo que aquella tarde traía una sorpresa. Resulta que llevaban casi dos años intentando ser padres sin éxito, así que habían decidido recurrir a la fecundación in vitro, puesto que, por edad, ya no cumplían los requisitos para que el tratamiento fuera cubierto por la Seguridad Social. En ese plan, por supuesto, entraba yo, su hermana pequeña, la “tonta” que durante años ayudó en casa mientras trabajaba y estudiaba a la vez.
Al ver mi cara, me dijo que yo debía tener dinero ahorrado y que necesitaba en torno a cinco mil euros si quería continuar con el tratamiento, ya que lo habían intentado una vez con ayuda de mis padres y estos no podían costearles otro intento. Me quedé de piedra. Si llevaban casi dos años intentando ser padres, ¿por qué se habían gastado tanto en muebles, pijadas y viajes? ¿Era ser padres para ellos un capricho más? ¿Cómo tenía la cara de pedirme semejante cantidad cuando nunca había movido un dedo por los demás?
No sé si pequé de frívola o egoísta, pero no me podía creer hasta dónde llegaba su nivel de inconsciencia, así que me negué a prestarles el dinero. Le dije que, si se lo prestaba, me quedaría sin nada, que debía haber tenido más sentido común si su plan era ser madre. Igualmente, se indignó muchísimo, tildándome de tacaña y mala hermana, y se marchó dando un portazo. Durante meses me retiró la palabra, hasta que un día (sospecho que animada por mi madre) se dignó a llamarme y decirme que entendía mi postura.
Después de entrar en razón y ver que no podían pretender endeudar a los demás por su mala cabeza, decidieron volver a ahorrar hasta reunir el dinero suficiente para someterse a otro ciclo de FIV. Por suerte, mi sobrino hoy tiene cinco años y, aunque sus padres siguen pagando caprichos de su antiguo estilo de vida, por fin han entendido que la vida va en serio.
Escrito por Mar Martín, basado en un testimonio real.
