Desde siempre, desde que me ha crecido el pecho, me han puesto la etiqueta de mamas tuberosas o tubulares. Para los que no lo sepáis, es una anomalía genética en la que la parte inferior del pecho está mucho menos desarrollado que la parte superior, con lo que su forma nada tiene que ver con la de unas tetas al uso. Pueden tener diferentes formas, pero las mías son grandes y en forma de cono, están bastante caídas y las areolas son enormes. Además, hay una diferencia de tamaño considerable entre un pecho y el otro.
Testimonios reales directos en tu móvil, chollazos y ofertones aquí — https://whatsapp.com/channel/
0029VbCFxa04Y9loKPiq5B2k Si prefieres en Telegram es aquí https://t.me/mundochollazo
Al principio, nada me preocupaba sobre ellas, pero al llegar la maravillosa adolescencia empecé a compararme con mis amigas y la diferencia era obvia, así que empecé a crear un complejo enorme que arrastro a día de hoy. En mis primeras relaciones intentaba mostrarlas lo menos posible, taparme con las sábanas e incluso no quitarme el sujetador.
Al cabo de los años, en la universidad, conocí a un chico maravilloso que, con mucha paciencia y con mucho cariño, consiguió que las amase como parte de mi cuerpo. Fueron muchos años juntos, más la terapia que hacía para trabajar el tema; consiguieron realmente que me olvidase de que para alguien eso podría ser un problema, desde luego no lo era en ese momento para mí. Tras 9 años de relación, por cosas de la vida, tuvimos que romper.
Tras un tiempo, empecé a recuperar las ganas de conocer de nuevo a alguien, así que empecé a salir más, a conectar con gente nueva y a sentirme viva. Me metí en un grupo de baile y conocí a un chico con el que la cosa no pintaba nada mal. En cuanto asomó la mínima posibilidad de tonteo con él, todo aquello en lo que llevaba tantísimo tiempo trabajando sobre mi cuerpo se vino abajo. Ni la terapia ni todos los años de cariño que tanto se había currado mi ex podían evitar que aflorasen todas las inseguridades que había enterrado sobre mis tetas.
Pese a todo, decidí hacer de tripas corazón y seguir el tonteo; mis pechos no podían privarme de conocer personas o de disfrutar del sexo. Así que llegó el día. Quedé con mi pareja de baile para cenar, y todo apuntaba que terminaríamos en su cama. Dicho y hecho, terminamos de cenar, tomamos una copa y me ofreció tomar la última en su casa.
Empezó a desnudarme y, tras varios intentos de aguantar con el sujetador puesto, me rendí a la vida y dejé que me lo quitase. Ahí empezó todo. Vi cómo miraba mi pecho, incluso noté su cara de rechazo. Me hice la dura y pregunté si pasaba algo. Entonces, sin miramientos y sin cortarse un pelo, me preguntó: “¿Qué les pasa a tus tetas? Están… raras”.
Incomodidad aumentando x1000. Con toda mi buena fe, hice un esfuerzo y le di cuatro pinceladas sobre lo que eran. Solo quería terminar de hablar de mis tetas y seguir con el tema, aunque desde luego a mí ya se me había bajado todo. “Nunca había visto nada así…”, me dijo. Acto seguido, se le escapó una carcajada.
Pálida y muerta de vergüenza, me puse el sujetador, recogí mis cosas y me fui de allí lo más rápido que pude. Obviamente no se merecía otra cosa, pero no puedo dejar de pensar en lo complicado que es enfrentar un complejo encontrando personas como este chico.