Hace muchos muchos años, tras casi dos años y más eventos familiares de los que debería, llegó un duro duelo por ruptura. Yo era muy joven y lleva tiempo convencida de que él sería el hombre de mi vida, el padre de mis hijos, mi compañero hasta la vejez. Pero me equivoqué y, aunque sabía que aquella relación no daba más de sí, estaba realmente triste.
Uno de nuestros amigos vino a verme una tarde sin previo aviso. Sus abrazos y su apoyo incondicional, saber que no lo perdería tras la ruptura con su amiga, me ayudó mucho a superar aquella situación.
Hacía ya casi dos años que era una persona importante para mí, pero temía que se esfumase en esa situación que Ella baila sola cantaba diciendo “¿Cómo repartimos los amigos?”

La verdad que mi historia con aquel novio que resultó no ser el hombre de mi vida ya había terminado, pero solamente tengo buenas palabras para él. Siempre me tuvo un enorme respeto, fue fiel y amable incluso tras la ruptura y ahora, tantos años después, me gusta saber que lo sigo teniendo en mi pequeño haber de amigos.
No tuve tanta suerte la siguiente vez, cayendo a rolos en una relación aún más larga llena de toxicidad, celos, infidelidades, malentendidos y una enorme dependencia emocional. Siempre que pienso en esos tres años de mi vida me dan ganas de ir a rescatarme de mí misma y sacarme de aquel lugar tan turbio.
Gracias al universo, mi amigo seguía a mi lado y en cada una de las mil rupturas, él estaba dispuesto a distraerme, a hacer cualquier cosa por que volviese a comer, a reír… Fueron momentos difíciles, pero él estaba a mi lado y no me iba a dejar caer fácilmente.

Al fin apareció el que sí sería el padre de mis hijos. Ese hombre que me acompañaría durante 10 años. Y ahí estuvo mi amigo, trayendo peluches cada navidad para mis niños, acompañándome al parque cuando salía tarde de trabajar, viniendo de visita cuando el largo invierno se nos echaba encima.
Nos veíamos poco, porque su vida y la mía no tenían mucho que ver. Mi vida estaba llena de responsabilidades, de canciones infantiles, facturas y terapias. Sin embargo la suya tenía más que ver con noches de fiesta relajada, oposiciones y pocas obligaciones. Por eso nos costaba un poco coincidir, por eso ninguno veía al otro como una opción de nada. Éramos dos amigos de tantos años con dos vidas tan distintas que apenas tenía sentido que siguiésemos siendo amigos.
Pero mi matrimonio empezó a hacer aguas. Mi vida monótona y amargada en un trabajo que odiaba y mis tardes eternas en soledad me llevaron al límite de la cordura. Aquel hombre y yo habíamos construido una familia, pero no sabíamos cómo mantenerla unida porque, aunque nos costase reconocerlo, hacía tiempo que no nos soportábamos.

Y llegó de nuevo el duelo. Esta vez era todo demasiado grande. Habían sido muchos años, muchos proyectos, muchas cosas y muy grandes aquellas que nos unirían siempre y yo sentía que mi vida estaba a la deriva sin salvación.
Pero mi amigo nunca me había dejado sola. Él siempre estaba dispuesto a ayudarme en lo que fuera, así que aquí estaba de nuevo, con sus chistes malos, sus abrazos eternos y su mirada inocente.
Pero yo no veía salida y me perdía cada día un poco más en mi laberinto de incertidumbre. Entonces sonrió y vi la luz en su mirada que no había visto hasta entonces. Vi una sonrisa en sus labios que parecía un hogar, su abrazo fue mi refugio y, sin darme cuenta, tras 15 años de amistad desinteresada, me enamoré tan profundamente que sentí como si llevase tiempo ahogándome en el fondo de un mar oscuro y me sacasen tan de golpe que ya ni mi ropa seguía mojada.

La gente que nos conocía daba por hecho que él llevaba ese tiempo esperando, pero os puedo garantizar que nada más lejos de la realidad. A ambos nos cogió por sorpresa ese repentino magnetismo, esa atracción irresistible, ese fuerte palpitar que nos acercaba hasta que nuestros labios ardían al fundirse.
Fue difícil para mí reconocer lo que estaba pasando y mucho más para él, ya que empezar algo conmigo significaba un cambio de vida muy radical. Hubo resistencia por ambas partes, pero yo cedí mucho antes, pues parecía ser el único punto de luz en mi vida en ese momento. Entonces él me miró serio y, convenciéndome de que yo sola era capaz de eso y más, se enamoró tanto como lo había hecho yo.
No pasó mucho tiempo cuando, en nuestros votos matrimoniales, hablamos de aquellas vidas que parecían paralelas, de mi corazón hecho añicos siempre y de él pegando los pedazos de cada vez con más tesón hasta que decidió dejar sus manos pegadas a él para siempre.