Una parece tener claros sus principios y los erige como algo férreo e inamovible. La defensa de la igualdad entre mujeres y hombres, por ejemplo. Dentro de esto, tengo una opinión muy formada sobre la prostitución: es degradante y cosificante, es una forma de explotación de la mujer y un ejercicio de dominación masculina (a veces, muy violenta). En un sistema social y económico justo, ninguna mujer tendría que verse abocada a esto por no tener alternativa o porque las alternativas a las que puede acogerse la explotan y degradan tanto o más que la prostitución. En un mundo ideal, ningún hombre querría pagar por sexo, pensando que es un derecho que pueden ejercer y que la mujer puede ser utilizada para eso.

Esa es la teoría, luego está la práctica. Puedo pensar en cualquier putero anónimo de una ciudad grande que gusta de visitar establecimientos de la periferia de vez en cuando. Ese José Luis random, cincuentón, casado y con hijos me revuelve las tripas. O puedo pensar en algún conocido con el que apenas tengo relación. Lo conozco, sé su nombre y apellidos, sé su estilo de vida y me revuelve las tripas igual que ese José Luis que solo me imagino.

Pero ¿qué pasa cuando el consumidor de prostitución es un amigo cercano? Un tío concreto, tu amigo Jose, de 40 años, que no tiene pareja, tiene carencias afectivas serias, problemas emocionales, un trabajo que ni fu ni fa y amigos alrededor desarrollando sus proyectos vitales. Un tío agradable, amable, que siempre te pregunta cómo estás, inteligente, con valores, que tiene conversaciones estimulantes y al que te alegras de ver.

Pero Jose te ha dicho que recurre a la prostitución cuando se tercia y que, además, no le parece mal. Que hay mujeres que lo hacen porque quieren y que lamenta la trata de mujeres, pero es un efecto colateral. Y que él siempre respeta los límites de las prostitutas con las que se acuesta, que la última le dijo que no quería besos y él no se los dio. Que cree que las mujeres tienen derecho a decidir sobre su vida y sus cuerpos y que la prostitución es una opción más. Y que entre las abolicionistas hay muchas hipócritas puritanas que deberían dejar de paternalizar y de decirle a otras mujeres lo que tienen que hacer.

cuñado insufrible

Los “Joses” de mi vida

Creo que a Jose lo podemos considerar tan perpetrador como víctima. No justifico su comportamiento, solo lo pongo en contexto. Jose se ha criado en un entorno machista, viendo cuerpos de mujeres en actitud sugerente desde crío (a veces, hasta para vender una barra de pan), escuchando comentarios degradantes que eran normales y aprendiendo pronto que con las niñas se puede tener sexo, y tener sexo es una necesidad para el hombre y algo a lo que aspirar siempre. Ha revisado muchas actitudes y ya no niega la desigualdad ni la necesidad de acabar con las injusticias. Incluso está de acuerdo con la mayoría de preceptos del feminismo. Pero a otros puntos no ha llegado todavía.

Jose no es la única contradicción de mi vida. Tengo una amiga que se está radicalizando con los discursos racistas y xenófobos, cada vez más frecuentes y bien acogidos. Ahora se autodefine como “ordenada”.

Tengo un amigo que habla despectivamente de los “pasivos”, a los que degrada e insulta. Entre otras cosas, porque cree que deberían ponerse una lavativa antes de sus citas (buen momento para recordar que ser gay no te quita ni lo homófobo, como ser mujer tampoco te quita lo misógino).

Voy con frecuencia a estadios de fútbol en los que los gritos racistas, xenófobos, homófobos y machistas son la norma y “es que esto siempre ha sido así”.

Yo misma entro en contradicciones teniendo a gente así en mi círculo y participando de eventos como el fútbol o relacionados con la religión. ¿Hasta dónde tendría que llegar para “extirpar” todas estas incoherencias? ¿Se puede ser 100% íntegra? Sinceramente, creo que no. Porque, además, nadie te dice que tus valores personales sean los únicos que existen, ni más válidos que otros.

Supongo que la clave está en poner filtros y establecer líneas rojas sin tener que quedarte sola. Hay amistades que sí me puedo replantear. Con todas sus cualidades, ¿puedo considerar a Jose buena persona y digno de mi amistad, siendo consumidor habitual de prostitución? ¿Y los otros mencionados?

No es fácil mantener una tensión continua entre lo que pensamos, lo que hacemos y lo que toleramos, ni vivir en una revisión constante de las relaciones personales, ni encontrar un equilibrio entre “castigar” a los demás con la indiferencia y caer en la permisividad total. Pero sí veo necesario plantearnos con qué podemos convivir y con qué no.