No sé si esto resonará con muchas de vosotras o soy yo la madre rara que cada día siente la presión de serlo. Creo que no estoy sola cuando en determinados momentos de la semana siento la ansiedad, la preocupación, esa maldita voz que me repiquetea la cabeza para gritarme: “¡menuda madre estás hecha!” o “¡vas a criar un niño lleno de traumas y será todo por tu culpa!”. Porque a los miedos racionales de las madres de siempre, como era el que tu hijo durmiera lo suficiente, o comiera bien, o no se rompiera la cabeza al caer desde tres metros de altura, se les han sumado en esta época que nos ha tocado vivir una serie de requisitos que nuestros hijos necesitan sí o sí para ser felices. ¡¡Es que imagina que tu hijo no tiene todo lo que dice la lista de las buenas madres!! A él le mirarán con pena y a ti con todo el rechazo del que una persona es capaz. Tendrás más cuchillos clavados en la espalda cuando acabe el día que púas tenía Espinete.
Canal de mamis y niños en whatsapp
Igual estoy un poco sensible con este tema, no lo voy a negar. El otro día leí un artículo en el que se hablaba de la cantidad de cursos que se nos exigen ahora: que si uno sobre alimentación saludable (que incluya el baby led weaning, por supuesto), otro sobre las diferentes teorías del sueño, la enseñanza Montessori, Waldorf, Reggio Emilia, Pikler…¿Soy la única mujer que tiene la sensación de no llegar a todo? De llegar tarde, incluso. ¡Y eso que mi hijo no supera aún el metro veinte de estatura! Pero es que todos estos requerimientos un día van a acabar conmigo… Sin ir más lejos, el mes pasado sufrí un ataque de ansiedad pensando en que mi manera de acompañarle en sus rabietas, en cómo poner límites, en su forma de relacionarse con otros niños no había sido suficientemente buena en unas cuantas ocasiones y que por eso ya no había vuelta atrás. Porque los primeros años son las bases, los que forjan el carácter, donde se sientan los cimientos de sus valores y su manera de reaccionar frente al mundo. Y esa mala sensación que me recorría el cuerpo, que no me dejaba dormir, fue la que me devolvió de nuevo a la sala de espera de mi psicóloga. Porque ya sé que preocuparse y encargarse son dos cosas muy diferentes, pero la presión que hay hoy en día de ser siempre la mejor es tan grande que nos termina aplastando a todas en un momento dado.
Yo incluso he llegado al punto de no querer ir al parque con mi hijo, para no tener que reaccionar ante las cosas que le pasan con otros niños… Porque no me siento segura de poder hacerlo bien. Y es que creo que la voy a cagar, y como lo que haga hoy es directamente proporcional a la persona que él será mañana…¿Cómo voy a ser capaz de llevar todo ese peso encima? ¿Y si me equivoco? Si todo depende de nosotras, ¿cómo vamos a poder descansar? ¿Cómo vamos a poder dormir pensando que todas y cada una de nuestras decisiones diarias son determinantes? No sé vosotras pero mi smartwatch me cuenta horas que ya quisiera yo dormir.
Luego, en algún momento en el que consigo frenar y estar tranquila pienso: “pero si estar con él es lo mejor de mi día. ¡Claro que merece la pena ser madre!”. Y es que, a veces, me lo planteo. ¿No sería yo más feliz sin él? ¿No me quitaría de un montón de preocupaciones, de dudas, de discusiones y quebraderos de cabeza si no le hubiera tenido? Y claro, encima me siento peor. ¿Qué clase de madre soy si pienso eso? Pero tranquilas todas, que luego le siento acurrucándose a mi lado mientras duerme, escucho su respiración, y se me pasa. Y se pasa porque en el fondo, quitando todas esas capas de exigencias que nos ponen y que nos ponemos, este amor infinito que damos y recibimos, compensa.
Una madre desquiciada