Desde que empecé en el mundo de salir con hombres hace ya siglos tuve muy claro que aquello que habíamos visto en las películas de Disney no era lo que iba a encontrar. Tampoco existía el amor como en las series o en las películas románticas. El romance no era algo de nuestra época. Hay momentos de pasión en los que te dejas llevar, eso por descontado, pero en general todo es más frío.

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Primero tonteábamos por SMS y luego pasamos al messenger, de ahí a Facebook y por fin el whatsapp. Acabar en la cama antes de salir a cenar o al cine es algo muy común. Como en aquel artículo “Cagar en la primera cita”, tenemos citas en hoteles o directamente quedamos para acostarnos. Luego con suerte viene el desayuno, comida o cena. Aunque una chica intente marcar distancia y después de acostarse no vaya a terminar durmiendo con ese chico – no sea que dormir con alguien signifique algo en nuestra vida – los límites que tenían nuestras madres parecen haber pasado a ser algo lejano. Así que aquí estamos, con cenas que terminamos apresuradamente o quedadas para ver una película en casa – con todas las implicaciones que tiene eso, guiño guiño – y una apacible vida creada a nuestra medida. Intentamos no implicarnos o hacernos castillos en el aire y parece que nos ha ido bien. Yo he llegado a un punto en el que estando desnuda me piropean y no termino de creérmelo – porque es solo un paso más para el objetivo final – y si lo hago simplemente no me importa. Mantenemos buenas relaciones con nuestros follamigos porque nunca significaron nada y siempre es bueno tenerlo en la reserva. Huyo si ese follamigo intenta invitarme a cenar. ¿Cenar? ¿Qué es eso? Solo sexo por favor, ya ceno yo con mis amigos, eres mi instrumento. Y te lo crees.

¿Cómo? ¿Que quiere algo más que sexo? ANDA YA

¿Cómo? ¿Que quiere algo más que sexo? ANDA YA

Y entonces ocurre. Te interesa ese tío. Y le escribes a Facebook o whatsapp, como llevas haciendo durante toda tu vida para ligar. Y algo parece no funcionar. ¿Es corto este chico? Te preguntas sorprendida y se lo pones más fácil pero no parece pillar todas tus indirectas. Así que decides quedar con él, para dejárselo claro. Quedar con un tío a solas con el que no te une una relación de amistad solo significaba algo en mi mundo. Así que quedas con él y te das cuenta de que te lo estás pasando bien. Te deja pagar tu parte aunque ha pagado las cervezas previas. Esperas al final de la noche pero sin ansiedad, disfrutando de lo que está pasando y se queda a esperar tu carroza. Pero no pasa nada. Te sorprendes, no entiendes nada, ¿Acaso tu escote debió ser mayor? ¿No mandaste las señales adecuadas? ¿De verdad que no se entera o he perdido el factor obviedad? El mundo como lo conoces deja de ser lo que era. Tú empiezas a preguntarte cosas. Y por supuesto la culpa debe ser tuya. Algo ha pasado, lo que funcionaba ha dejado de funcionar pero lo peor es que has disfrutado, así que vuelves a quedar y se repite la misma historia. Normalmente a estas alturas ya te darías por aludida “NO LE INTERESAS”, pero es que te gusta. Así que pruebas dos o tres veces sin saber si estás pasando a la friendzone – las mujeres también la sufrimos -, hasta que te lanzas y le dices lo que te pasa.

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“Oye, que me gustas, tarado”. El tarado se sorprende, como si no pudiese creer lo que le dices, como si tus esfuerzos no hubiesen valido para nada y entonces te dice que probéis a tener una cita. ¿Una cita? ¿En serio? ¿Las otras 200 veces que hemos quedado qué eran?. Y se explica, quiere hacer las cosas bien. Quiere invitarte al cine y a cenar y hacerlo de forma tradicional. Y tú flipas, porque ese tío no parece especialmente romántico o especialmente tradicional y porque se supone que eso ya no se lleva. Y de repente te encuentras en casa sonriendo como una idiota y aceptando la cita porque de repente quieres hacer las cosas de otra manera y no sabes porqué no lo has hecho antes.

No me malinterpretéis, nunca me he arrepentido de nada de lo que he hecho y si me tocase mi vida volvería a hacerlo todo de la misma manera, pero siempre he seguido la máxima de “Pruébalo todo y así no tendrás que lamentarte por no haberlo hecho”. ¿Y sabéis qué? Que quiero probarlo. Quiero ver de qué va esto. Quiero ver qué sale. Y sé que tampoco me voy a arrepentir.

Autor: Esther Cuenca