Nadie me preparó para esto. Nadie me explicó que el sexo podía doler tanto, incluso cuando lo deseas. Que tu cabeza diga “sí, lo quiero” y tu cuerpo conteste con un calambrazo en la pelvis. Así, sin previo aviso. O con uno muy claro: el miedo que te entra antes de empezar.

Tengo endometriosis (y lo supe tarde)

Tarde, después de años preguntándome qué me pasaba. De sentirme culpable por no disfrutar. De fingir que estaba todo bien cuando me dolía tanto que a veces se me cortaba la respiración. Lo peor es que, durante mucho tiempo, pensé que era normal. Que a todas las mujeres les dolía. Que lo mío era “solo un poco más”.

Recuerdo haber ido a médicos que me despachaban en cinco minutos. “Estrés”, decían. “Las reglas duelen”, “tómate esto y no le des más vueltas”. Me hinché a pastillas como quien se hincha a chicles. Anticonceptivas, analgésicos, suplementos, parches, y en un momento dado, hasta antidepresivos, como si el problema estuviera en mi cabeza. Y no. El problema estaba dentro de mí, y tenía nombre.

Cuando por fin alguien se tomó en serio mis síntomas, sentí alivio… y rabia. Porque todo lo que me estaba pasando tenía sentido. No era yo. No estaba loca. Ni era débil. Ni tenía que “poner más de mi parte” en la cama. Tenía endometriosis. Y nadie lo había detectado en más de diez años.

El sexo también es nuestro

Desde entonces, todo cambió. No porque el dolor desapareciera, sino porque entendí de dónde venía. Y empecé a hablar. A ponerle palabras a lo que antes solo eran silencios o excusas. La primera vez que intenté tener sexo después del diagnóstico, sentí vértigo. Literalmente. Como si estuviera al borde de una caída y no supiera si lanzarme o no.

No era cuestión de ganas. Las ganas estaban. Pero el miedo también. Porque cuando algo duele muchas veces, dejas de confiar. Incluso cuando todo está bien. Incluso cuando tu pareja es paciente, cariñosa, comprensiva. Hay una parte de ti que se pone en alerta. Y a veces es imposible relajarse si tienes un ejército de “¿y si duele?” montado en la cabeza.

Hubo noches en las que terminé llorando. Por frustración. Por rabia. Por sentir que algo que debería ser placentero se había vuelto complicado. Me sentí menos mujer, menos deseable, menos libre. Y también un poco rota, para qué mentir.

Pero también ha habido otras noches. Más lentas. Más suaves. Más conscientes. No siempre perfectas, pero con espacio para hablar, para parar, para encontrar nuevas formas de conectar sin que el sexo sea un campo de batalla. A veces nos reímos en mitad de una postura imposible, otras simplemente abrazamos y decimos “vale, hasta aquí por hoy”.

He aprendido que el sexo no se mide por cuánto dura ni por cuántos orgasmos tienes. Que puede ser tan simple como un roce, una conversación o un silencio compartido. Que lo importante es sentirte cómoda, segura, respetada. Y que tu cuerpo no te tenga miedo.

No tengo soluciones mágicas. Lo que me sirve un día no me sirve al siguiente. Pero sí tengo claro algo: merezco placer. A mi manera. En mis tiempos. Y sin culpa.

Aprender a decir “esto no” y “esto sí”

Si estás leyendo esto y te duele el sexo, no estás sola. Si te has sentido rara, rota o fuera de lugar por no disfrutar como “deberías”, no estás sola. Si te han dicho que exageras, que es psicológico, que lo superes… no estás sola.

Y sobre todo: no es tu culpa. No lo ha sido nunca.

Mi cuerpo me ha fallado muchas veces, pero también me ha enseñado a escucharme. A hablar sin tapujos. A decir “esto no”, “esto sí”, “esto lo quiero intentar, pero despacio”. Me ha obligado a reaprender el placer. Y eso, aunque duela, también es valiente.

Sigo en ello. Aprendiendo a quererme, incluso cuando no me entiendo del todo. Y peleando por no renunciar a algo que también me pertenece.

Porque el sexo no debería doler. Pero si duele, lo hablamos. Sin vergüenza. Sin tabúes. Y con la fuerza de saber que somos muchas buscando el mismo derecho: disfrutar, sin que el cuerpo nos castigue por ello.

 

(*) Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.