Hace no mucho pregunté a mis amigas (gracias compañeras) sobre las cosas que recordaban de cuando éramos alumnas, en nuestro caso Mercedarias, que era nuestra Orden o Secta, dependiendo del nivel de trauma que haya dejado en cada un@. Todas ellas estarán de acuerdo conmigo en que lejos de llevarnos por el camino correcto, tomamos nosotras mismas el sendero de la rebeldía y la insurrección. Porque, ¡OH Dios Mío! (y nunca mejor dicho) vaya años nos hicieron pasar aquellas que no se casaban nada más que con el Altísimo, a nosotras, que estábamos en plena época de conocimiento del medio o mundo real.
Imagino que l@s que hayamos pisado un centro parecido tendremos en mente que cuando sonaba la megafonía de la clase, a las 9 en punto y puestos en pie, nosotr@s, pobres chiquill@s, teníamos que entonar el Padre Nuestro y sabérnoslo al dedillo como hoy en día se recitan las canciones de Bad Bunny, de seguido y a veces hasta rapeando (sin perreo, eso sí). Bendita megafonía, nos gustaba mucho más cuando por ella sonaba el nombre de la profesora o profesor que nos instruía en ese momento. Entonces se entonaba una especie de musiquilla general que sonaba tal que así:…”A liaaarlaaa”.
L@s alumn@s de colegio de religiosas, sabréis que en cada uno de ellos existían unos perfiles de Sor que eran comunes en todos ellos. Estaba aquella Sor que llevaba un sello de oro más tocho imposible y que desenfundaba más rápido que Django Desencadenado. Sus iniciales se grababan a fuego en las collejas de aquellos o aquellas que se permitían el lujo de no saberse la lección del día. También estaba la que iba de moderna y que ya desde entonces luchaba por la paridad del idioma y te soltaba un “jóvena” que te dejaba clavada en el sitio. No había duda de que también solía existir aquella que nos quería enseñar la vida a través de la muerte y que cada vez que alguna hermana pasaba a mejor vida, nos llevaba de excursión a ver a la embalsamada, provocando alguna arcada o que durante meses no vieses más que una cara inerte con la boca pegada con cola al cerrar los ojos.

Por el contrario y por suerte, era muy común también que hubiese un alma caritativa que nos preparaba una manzanilla cuando nos dolía la tripa, normalmente de la regla, y te mirase con esa cara de “pobrecita ándate con cuidado que ahora te pueden preñar como vaca de ganado”. Solía coincidir que era la misma que te daba tu primera compresa de tamaño “descreet” tan gruesa como un ladrillo de cemento. Eso nunca lo olvidaremos, gracias Sor.
Y no solo cantábamos el Padre Nuestro cada mañana, no no. También teníamos las variantes de “Convivencias” que era cuando nos juntábamos un fin de semana al año para “convivir” según ellas, con chicos y chicas de otros colegios o “refrotarnos con nuevos aliad@s” como lo llamábamos nosotras. De aquellos encuentros salían canciones ilustres que siempre resonarán en nuestra memoria, con estribillos tan imposibles de olvidar como “déjate de porros, pásate a Jesús, Él es la droga, la que buscas tú”. Insuperable.
Pretendieron, sin conseguirlo, cortarnos las alas y no nos permitieron vestir con faldas por encima de la rodilla, enseñar los hombros o el ombligo, ni pintarnos las uñas. Pero hemos de confesar, señoras monjas, que sus lecciones sí dieron sus frutos, sin embargo, no los deseados. Porque nos convirtieron en lo que ahora somos: mujeres algo “ligeritas” como nos denominarían ustedes, o en cambio, “mujeres libres” como preferimos llamarnos nosotras. Gracias también por hacernos el favor de aclarar nuestras convicciones religiosas a golpe de sello, les agradezco el haberme convertido en lo que soy hoy en día, una persona educada y sobre todo atea.
MUXAMEXAOYI