No es fácil admitir que muchos días te cuesta reconocer a la persona en la que te has convertido y que el reflejo que te devuelve el espejo no es más que una desconocida mirándote de vuelta. No es fácil darse cuenta de que ya no te pareces a aquella chica de sonrisa radiante que confiaba en la vida y en los demás como si nunca le hubieran roto el corazón. Lo cierto es que las personas se han llevado más de lo que les dejaste; que algunas heridas pesan más de lo que tu espalda puede soportar y que ya ni recuerdas dónde dejaste esa libreta de noche donde apuntabas todos los sueños que aún te quedaban por cumplir.

Poco a poco, te has ido dando cuenta de la forma en la que te miras, de cómo criticas cada curva, cada imperfección física y cada comportamiento que muestra cómo te sientes por dentro. De cómo no te das ni un respiro y tu risa llega pocas veces a esos ojos que en el pasado brillaban de la misma forma en la que la luna se refleja en las olas después del atardecer. Te has dado cuenta también de cómo tu corazón se ha ido encogiendo con cada decepción, con cada promesa incumplida y con cada oportunidad convertida en trampa. Y ahora te preguntas, ¿cómo pueden las sombras de lo que fui volver a su estado natural después de tanta tormenta?  ¿cómo se puede volver a antes de que las dudas, las rupturas de tu corazón y las inseguridades se convirtieran en fieles compañeras?

Aunque ahora mismo parece deslizarse por tus dedos como el tiempo en un reloj de arena, déjame decirte que hay esperanza. En realidad, como me dijo un día una buena amiga, no quieres volver a ser la persona de antes porque es ella la que te ha llevado hasta aquí. Es ella la que no ha sabido ver que necesitabas tiempo, espacio y un amor propio de los que iluminan ciudades enteras. Por lo tanto, agradece. Agradece el lío en el que te has convertido, agradece las tormentas en tu corazón, agradece que sientas que este no es el lugar en el que te gustaría estar, porque eso significa que te has dado cuenta. Eso significa que, a partir de este momento, vas a querer cruzar toda esta oscuridad, sostenerla cuando haga falta e ir despejando los vientos más fuertes cuando formen huracanes. Que vas a juntar todas las versiones de ti, la de antes, la de ahora y la que te está esperando para acompañarlas a todas y no volver a abandonarlas nunca. Esto significa que, por primera vez en mucho tiempo, tu foco se encuentra en ti misma y no en los demás.

Y yo confío en ti. Confío en que vas a abandonar la culpa de no ser suficiente porque te darás cuenta de que siempre lo has sido. Confío en que vas a expresar todas tus emociones, que es lo más humano que tenemos, en vez de dejar que se transformen en ansiedad. Confío en que algún día te levantarás y sentirás un amor intenso por la vida y por ti misma y agradecerás tu cuerpo, tu mente, tu personalidad, tu alegría y también tu tristeza, porque te habrás dado cuenta de que han tenido que pasar eones para construirte y que eres un hermoso milagro. Confío en que vas a ir creando la vida con la que sueñas, porque siempre vas a poder confiar en ti misma, y en que vas a protegerte de todo aquello que quiera volver a apagar tu luz. 

 

«El significado de la belleza se encuentra en aceptar quién eres, aceptar tus inseguridades»

 

Pero, hasta que ese momento llegue, ten paciencia. Cuídate. Todos nos equivocamos, todos tenemos que pasar oscuridad para valorar la luz. Estar en esta situación no significa que hayas echado tu vida a perder, sino más bien todo lo contrario: esto es una gran oportunidad para conocerte, para aprender de ti misma y dar rienda suelta a tu creatividad. Y siempre recuerda que no estás sola: te tienes a ti.

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