Mis padres me metieron en un colegio donde se estudiaba desde los tres hasta los dieciocho años. Parvulario, primaria, secundaria y bachillerato sin cambiar de centro, y por tanto sin cambiar de caras. Crecí allí dentro, fue donde desarrollé toda mi personalidad. Y, a la par de ese crecimiento, llegaron también las mismas amigas de siempre.

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Nos hicimos grupito aproximadamente a los seis añitos. Éramos cuatro. Siempre cuatro. Aunque, no iguales. Desde el principio hubo una que mandaba. No hacía falta que levantara la voz ni nada: simplemente decidía y las demás aceptábamos todo sin rechistar. Jugábamos a lo que ella quería, veíamos la película que ella elegía, dormíamos en casa de quien a ella le venía bien ese fin de semana. Las otras dos la seguían sin cuestionar nada. Yo aprendí pronto a adaptarme también. Mientras que «la cabecilla» destacaba por «mari-mandona», yo destacaba por ser la más tímida.

Nuestros padres se conocían entre sí y estaban encantados con nuestra amistad. Organizaban planes juntos para fomentar el acercamiento, comidas, cumpleaños compartidos, excursiones los findes. Desde fuera parecía el grupo perfecto. Desde dentro, yo siempre me sentía un poco menos. Aunque es algo que no super identificar bien hasta que seguí creciendo.

Me decían que era la más fea de las cuatro. Que era muy niña. Que parecía más pequeña que ellas. Estos comentarios me sentaban mal, pero no lo decía. Éramos niñas y no tenía que hacerles caso, decía mi madre si se lo contaba. Ahora sé que no es que yo fuera muy niña, es que ellas eran niñas que crecían demasiado deprisa y yo aún estaba donde me tocaba estar.

Lloré muchas veces por desplantes, por insultos, por esos feos que me hacían sentirme menos. Con los años, dejaron de ser solo niñerías y sus actos se volvieron más crueles. Quedaban sin avisarme. Me daban esquinazo en la calle y, sin darme cuenta, me encontraba sola, mirando cómo se alejaban juntas. A veces parecía un error. Otras, no tanto. Me pedían perdón y me lo volvían a hacer solo para reírse y volver a decirme que solo era una broma. Si me enfadaba, es que yo no aguantaba nada y no tenía humor.

Cuando llegó la edad de fijarse en los chicos, el campo de batalla se amplió. Si me gustaba uno guapo, se reían: “¿tú crees que tienes alguna posibilidad?”. Si me gustaba uno que ellas consideraban feo, también se reían. Siempre había algo con lo que machacarme. Yo me sentía atrapada. Si me alejaba de ellas, me quedaba sola. Y aún me quedaba bachillerato por delante. Así que aguanté. Y aguanté, hasta que no pude más.

El colmo llegó en la fiesta de graduación. La cabecilla se enteró de que me gustaba un compañero de clase. Se lo había confesado a una de las otras dos amigas del grupo y ésta semana había chivado a las otras dos. Y decidieron reírse de mi una vez mas. Aquella noche se enrolló con él delante de mí. Me miró mientras lo hacía. Se rió. Las otras dos no se quedaron atrás: comentarios, risitas y bromas de mal gusto. Me fui al baño y me encerré a llorar para que nadie me viese. Sentí algo romperse dentro. No podía más con aquello. Tenía dentro tristeza, pero también rabia.

Quedaba un verano entero antes de empezar la universidad. Tres meses en los que probablemente me quedaría sin vida social. Me dio miedo, sí. Pero mi cabeza dijo basta y la escuché con claridad.

Al volver de la graduación cogí una libreta y escribí tres cartas. Una para cada una. Casi no tuve que pensar. Las palabras salían solas. Vomité sobre el papel todo lo que había sufrido durante años. Algunos detalles aún hoy me encogen el estómago. El día que gritaron delante de toda la clase el nombre del primer chico que me gustó. El recreo en el que me robaron el móvil y se hicieron pasar por mí en redes sociales para insultar a la gente. El escarabajo que me metieron en el estuche en primaria. Las risas. Las humillaciones. Todo quedó ahí, negro sobre blanco.

Pero no iba a parar ahí, las cartas irían por duplicado. Sabía que mi madre no me lo pondría fácil si intentaba salir del grupo. Así que fotocopié cada carta y se las entregué también a los padres de las tres chicas. No quería medias verdades. No quería versiones edulcoradas ni que llamasen a mi casa para convencerme de que «me dejase de tonterías».

A mis padres les enseñé las cartas originales. Recuerdo la cara de mi padre, roja de rabia, mientras leía. Años de abusos ocurriendo delante de sus narices sin que él lo supiera. Mi madre dudó. Me hizo preguntas. Muchas. Pero al final me creyó. Y me apoyó.

Ese fue el final. Los padres hablaron y los míos pidieron que prohibieran a las chicas volver a hablarme siquiera. Los otros padres pidieron perdón por no haberse dado cuenta, y me consta que les cayó, al menos a dos de ellas, una bronca monumental. Podéis imaginar quién de las tres se libró, ¿verdad? Su carácter demostraba la poca disciplina que tenía en casa, era evidente que era una mimada.

Hoy estoy en tercero de carrera. Tengo un grupo de amigos con el que he aprendido, por primera vez, lo que es una amistad sana. Nadie humilla. Nadie manda. Todos nos escuchamos y nos apoyamos entre nosotros. Lo pasamos increíble juntos. A veces pienso en la niña que fui y me duele no haber salido antes de ese grupito tóxico. Pero también me siento orgullosa de mí misma. Porque aquel día, con una libreta y tres cartas, elegí dejar de ser la sombra de nadie.

Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.