No puedo evitarlo. Siempre he sido la gorda de todas partes, y siempre he sentido que el foco de ciertas conversaciones o planes recaía en mi. En el colegio era la gorda de la clase, en la universidad era la única persona gorda que había, y en el trabajo, también me ha tocado ser la gorda del equipo. Incluso entre mis amigas, también soy la gorda.
Más testimonios reales en whatsapp, pincha aquí, es gratis y totalmente privado
No es algo que generalmente me afecte, normalmente la gente es amable con mi corporalidad, pero indirectamente, he estado en muchas más conversaciones de las que me gustaría en las que se critica el peso de esta o aquella (especialmente de mujeres), o incluso directamente en las que se critica la forma de vestir de alguien con sobrepeso por ser “demasiado atrevida”.
Las personas gordas, vivimos una violencia silenciosa que solo entiendes cuando llevas toda la vida ocupando cierto espacio. Nadie me señala directamente a mi en esas conversaciones, pero siento que indirectamente, todas hablan de mi. Supongo que socialmente, aunque me pese, ser gorda es ser diferente, y ves la vida desde un prisma que muy poca gente llega a comprender.
Es vivir permanentemente consciente del propio cuerpo. Es entrar en un restaurante, y antes siquiera de ojear la carta, pensar si cabrás en la silla sin perder el riego sanguíneo de los muslos. Es ir a comprar ropa y pensar en no enamorarte demasiado de nada porque seguramente, no lo fabriquen en la talla que necesitas.
Todas o la mayoría de celebraciones sociales giran en torno a la comida, y de pronto observas cómo los demás juzgan o dan por hecho que tu forma de ingerir se debe a la ansiedad o a una mala alimentación. A veces es mucho más sutil, como cuando te felicitan por pedir una ensalada, o cuando en el supermercado ves a alguien observando tu carro de la compra. Curiosamente tu cuerpo se convierte sin querer, en un debate público en el que todo el mundo puede opinar.
También me pasa en el gimnasio, ser la gorda del grupo del gimnasio ha llegado hasta a avergonzarme. Veo que todo el mundo se fija cuando termino la última, me animan y abrazan mi cuerpo, nadie se mete con él, pero lo hacen con una ternura que expresa cierta pena hacia mi ser. Soy objeto de miradas cuando las cosas me cuestan más que a alguien que no tiene sobrepeso, me analizan como si estuviese contando una historia inspiradora cuando yo solo quiero llegar a hacer todas las zancadas dentro del tiempo.
Por eso, si se da la casualidad de que en cualquiera de mis círculos sociales aparece alguien que esté más gorda que yo, siento alivio. Siento que el foco ya no está tanto en mi, sino en la otra persona. Y esto me hace sentir fatal, casi traidora, porque sé como es sentirse la gorda del grupo. Cómo duele sentir que tu cuerpo entra en una habitación antes que tú. Pero cuando hay otra persona con esta corporalidad, siento que puedo pasar un poco más desapercibida, puedo mezclarme sin ser la excepción.
Lo más triste es que este alivio, no nace de la maldad, sino del cansancio extremo que supone ser la gorda de todas partes. Por un ratito, no soy yo la que proyecta pereza, ansiedad o dejadez. Y precisamente por haber vivido todo esto en mis carnes, esta situación me avergüenza aún más.