La adolescencia ha llamado a nuestra puerta hace un tiempo. Creía que tardaría un poco más en llegar pero, acompañada de 300 tonos de voz distintos en una sola frase y la cara de indiferencia permanente instalada en su hermoso rostro, definitivamente, está aquí.
Mi niño, ya no tan niño, siempre fue muy cariñoso, con un nivel de empatía muy alto, a veces incluso demasiado (lo de la falta de empatía en las personas autistas es un mito más, un estereotipo dañino para su imagen). Siempre creí que cuando llegase esta etapa sería confuso para él (como para todas las personas cuando pasamos por esas edades), sería un momento complicado pero, con la buena relación y la conexión tan especial que tuvimos siempre, se apoyaría en mí y juntos pasaríamos esta etapa… ¡Despierta! Qué ilusa soy a veces…

La adolescencia es adolescencia igual, por mucho que tu hijo te prometa que serás siempre su mejor compañera y, aunque en el fondo lo sigas siendo, la rebeldía va a llegar, la indiferencia va a llegar y, si tu hijo no tiene filtro, cuando las hormonas se apoderen de él, te vas a arrepentir de haber agradecido su sinceridad.
Hace ya un tiempo que pasó una época en la que tuvo un hiper foco interesante con las etapas vitales y los parentescos. Quería saber el nombre que se le daba a cualquier tipo de parentesco, al punto de indignarse porque no había nombre para lo que es su padre (mi ex) de su hermana (hermana de otro papá). Pero lo de las etapas vitales fue más heavy aún.
Como todo, lo entiende de una manera literal y con normas establecidas, por lo que si un adulto mayor pasa de X años ya se considera anciano y va a morir. Así que, sin más, te explicaba la etapa de Fulanito y de Menganita y terminaba diciendo “Lo malo es que mi abuelo ya es anciano, así que se morirá pronto”. Lo decía apenado, pero sin tener en cuenta quien estuviera escuchando. Quizá, su anciano abuelo, por ejemplo.

A mí y a mi marido nos dijo que ya no éramos jóvenes adultos sino adultos normales, pues por nuestra edad y, sobre todo, por cómo nos había cambiado la cara desde que había nacido su hermana, ya éramos adultos simplemente. Es verdad que los últimos años nos cayeron encima como losas, pero no era necesario que nos hiciese saber que era tan evidente.
Su obsesión por la adolescencia empezó ya hace un tiempo. Quiso saberlo todo. Qué ocurriría, cómo cambiaría su cuerpo y, sobre todo, cómo lo haría su personalidad. Y, como buen niño que aprende una lección, sigue empeñado en cumplir expectativas.
Por eso, tras haber visto “Inside Out 2” y haberse reído tanto con las nuevas emociones creyendo que eso no le pasaría, fue poseído por “Enui” de un día para otro sin previo aviso. Pero entonces pasó la parte más complicada hasta ahora (que sé que todavía estamos empezando) y es que llegó de estar unos días con su nuevo grupo de referencia y me dijo “Mamá, te quiero mucho, pero ya no muchísimo. Has bajado de categoría. Ahora quiero más a mis amigos”.
No negaré que es un poco incómodo oír eso de un hijo, pero recordé esa sensación. Es algo que yo jamás hubiera verbalizado de esa manera y él no lo hizo por falta de empatía, lo hizo porque siempre se le dijo que la verdad es mejor que la mentira y que conmigo puede expresar sus sentimientos como lo necesite. Esa confianza de la que siempre presumí me llevó a llevarme un pequeño jarro de agua fría.
Días más tarde, tras un momento difícil de nervios e incertidumbre, me dijo “Te quiero muchísimo” y le dije “¿He vuelto a subir de categoría?”. Se rio y me dijo que si, que yo siempre estaba ayudándole a entender las cosas y a tranquilizarse cuando estaba nervioso y por eso me tenía que seguir queriendo como antes.

A veces nos quedamos con las palabras, pero a veces, sobre todo en casos como el mío, siempre hay que ir más allá y ver qué esconden. En este caso, cumplir las expectativas que se esperan de un niño de su edad.
Por mi lado yo, mientras me siga abrazando fuerte cuando lo necesite (él y yo) me conformo más que de sobra. Y poco a poco seguimos practicando qué verdades es mejor no decir tan abiertamente, por si acaso.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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