Una cosa que siempre me llamó mucho la atención de la ficción destinada a las adolescentes es que su protagonista rara vez no se siente “fea”, “simple”, “del montón”, porque quieren que la chica que consume eso se sienta identificada, pero tiene trampa y, cuando tienen que retratarla, es en realidad guapísima. El ejemplo más sencillo es Bella Swan, que en el libro se mira a un espejo para enumerar todo aquello que hace que su anatomía sea “sosa” (y que aun con todo enamora al vampiro) y luego es interpretada por una bellísima Kristen Stewart. Lo importante es que, cuantas más mujeres se vean reflejadas, más se vende, y como de vender se trata, en donde no tenemos referentes es en que las protagonistas sean gordas o en que su rol en la vida no sea ser gorda o la eterna amiga de la no gorda.
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Es complicado encontrar una ficción en la que simpatizar con alguien de un peso similar por varios motivos:
-Primero, socialmente, ser gorda es un error, un problema de salud, y hay muchas formas de capitalizar que se baje de peso.
-Para continuar, las gordas no podemos ser atractivas; no está bien normalizar que la balanza alcance mayores números porque no vamos a atraer a los hombres (porque el mundo está hecho para ellos).
– Nuestro problema es siempre el mismo: o ser juzgadas por estar gordas, ser objetos de burlas o sufrir por nuestro peso. Porque parece que las gordas no tenemos ni más problemas que serlo, ni sentimos, ni padecemos; y si los tenemos, seguro que también está relacionado: Fulanito no nos quiere porque no somos su tipo, no nos vale ningún vestido o no se nos dan bien las clases de Educación Física. “My mad fat diary” o por qué nuestra vida es difícil por ser gorda.
– Llaman gordas a personas que no lo están. ¿Alguien se acuerda de Violeta (Irene Sánchez) en Física o Química? No, porque hicieron un personaje patisoso que se lamentaba de que Julio no le hacía caso. ¿Sabéis por qué no? Por gorda. Pues esa chica no estaba gorda, llevaría una talla 42 a lo sumo, y yo vivía obsesionada con mi peso porque yo era más grande.
-No hay personajes que disfruten de relaciones normales; estamos privadas de tener vida sexual porque los michelines y rolletes no quedan bien en cámara y si este tipo de heroínas “consiguen” follar, es después de mucho esfuerzo y caridad: no somos apetecibles. ¡Ah! Y nos da siempre vergüenza desnudarnos porque nuestros cuerpos son motivo de ello. Gordas, asexuales y victimizadas.
-Además, por lo visto, no sabemos comer sin ansiedad, siempre engullimos como el niño de la tarta de chocolate en “Matilda”, tenemos que generar casi asco comiendo, y además siempre engullimos lo mismo: comida basura, donuts o refrescos enormes (la otra única opción es que estemos llorando por las esquinas porque estamos llevando a cabo una dieta basada en 4 hojas de lechuga).
-Y además de estar relegadas comúnmente a personajes secundarios, las gordas retratadas siempre son mayores y encasilladas a algún papel familiar (la abuela, la tía…) que no tenga un rol laboral demasiado marcado, si no es porque somos las compañeras de trabajo o la mejor amiga fea.
Hace unos años, cuando estudiaba guion, nos mandaron hacer un ejercicio de producción y buscar actrices que nos encajasen en los personajes de las historias que habíamos creado, y yo tenía una gorda (majísima, empoderada, autosuficiente, que era mucho más que su peso…), pero no encontraba una actriz para encarnarla. Lo logré a duras penas y pensé “ojalá en el futuro pueda hacerlo con más facilidad” pero lo cierto es que ahora, después de que el body positive se convirtiera en producto y en plena era del Ozempic mal utilizado, sigue siendo difícil.
Sí, hay esperanzas, aunque Melissa McCarthy y Barbie Ferreira nos hayan abandonado, siempre nos quedará el legado de Itziar Castro, la maravillosa Nicola Coughlan interpretando a la maravillosa (y diosa a la que le rezo) Penélope Featherington, o Mara Jiménez (@Croquetamente) en sus incursiones actorales (no voy a abrir el melón de este tema en las influencers porque da para otro texto eterno), pero me gustaría que hubiera más. Hay, pero hay muy poco. Sentirme representada, que la ficción también acompañe mi deseo de amar mi cuerpo, que nos demuestre que tenemos derecho a vivir, follar y existir como los demás.
Dalia Suárez