Hay profesiones que son completamente vocacionales, aquellas en las que la pasión marca la diferencia entre el éxito y el fracaso. Si te encanta lo que haces, puedes dedicarte a ello con entusiasmo; si no, se convierte en una tarea ardua e interminable. Yo lo sé bien porque estudié Periodismo…
Amaba escribir desde que tengo memoria, y aunque sabía que la profesión era competitiva y que encontrar trabajo estable sería complicado, nunca me arrepentí de mi elección. Lo que no esperaba era que, años después, la vida me pusiera frente a otra profesión para la que parece que no tengo ningún talento: ser ama de casa.
Hace unos meses, por circunstancias de la vida, me quedé sin trabajo. Después de pensarlo mucho, decidí tomarme un tiempo para estar en casa con mis hijos. Al principio, la idea me emocionaba. Me decía a mí misma que aprovecharía esta etapa para dedicarme a ellos y a la casa. Pero, en poco tiempo, la realidad se impuso y me di cuenta de que esto de ser ama de casa no es lo mío.
Envidio a esas personas a las que les encanta cuidar de su hogar, que trabajan fuera de casa y aun así tienen tiempo de mantener todo en orden, de cocinar con cariño para su familia, y que llevan las lavadoras al día. Yo ahora mismo estoy parada, en teoría tengo todo el tiempo del mundo, ni así tengo mi casa recogida y limpia.

La cocina: mi némesis
Si hay algo en la casa que detesto profundamente, es la cocina. No hay lugar de la casa que me dé más repelús. Soy incapaz de organizar un menú decente, nunca sé que hacer de comer. La tarea de planificar las comidas diarias me resulta un desafío enorme, y muchas veces me encuentro parada frente al frigorífico sin saber qué cocinar. Cuando vivía sola o con mi pareja, la decisión sobre qué comer era algo secundario. Podías improvisar, pedir comida a domicilio o simplemente no darle mucha importancia. Pero cuando tienes hijos, todo cambia.
Los niños necesitan una alimentación equilibrada, variada y saludable. No puedo recurrir a los macarrones con tomate dos días seguidos o limitarme a salchichas con kétchup para la cena.
Es una presión constante saber que la salud de mis hijos depende, en parte, de mi habilidad para cocinar comidas nutritivas. Te tienes que currar unos platos saludables porque si no, además de la peor cocinera del mundo, serás una madre horrible.
¿Y qué me decís de fregar los platos? No sé qué tiene, pero el solo hecho de pensar en fregar ya me da pereza. Tal vez sea porque nunca parece haber un final. Justo cuando terminas, mi marido o uno de mis hijos ensucia un plato o un vaso, lo deja en la pila y el ciclo parece infinito.

Hacer la colada tampoco me apasiona
En cuanto a la lavadora, digamos que me gusta un poco más que cocinar, pero tampoco es una tarea que disfrute. Haga lo que haga, siempre se me acumulan las lavadoras, aunque ponga una diaria. El cubo de la ropa sucia nunca jamás está vacío. Es como la pila de la cocina.
Pero la parte que realmente me supera es cuando llega el momento de doblar la ropa. ¿Por qué parece que la ropa se multiplica en el cesto de la ropa sucia? Y, lo peor, ¿por qué es tan difícil encontrar el tiempo para doblarla y guardarla? Siempre termino con montones de ropa por toda la casa, esperando a que me decida a organizarla.
¿Limpieza a fondo? ¡No, gracias!
La limpieza en profundidad no va conmigo. La idea de pasar horas fregando la grasa de los azulejos de la cocina, sacudiendo el polvo de los muebles altos que ni se ven, o jugarme la vida limpiando los cristales de las ventanas por fuera… ¡no, gracias!
Prefiero mantener un orden básico y funcional, ir limpiando lo que ensuciamos y sólo me meto la paliza a limpiar cuando sé que voy a tener visita. Si viene mi suegra o mi madre, entonces si que limpio un poco más a fondo.

Ahora que paso más tiempo en casa, siento un profundo respeto por mujeres como mi madre y mis abuelas, quienes dedicaban su vida entera al cuidado de su hogar y de sus hijos. Ellas, sin quejarse ni pedir reconocimiento, lograban llevar adelante una tarea titánica que yo misma, después de unos meses, reconozco que es mucho más agotadora y demandante que cualquier otro trabajo que yo haya tenido.
Ser ama de casa es un trabajo arduo, y lo es no solo por la cantidad de tareas que implica, sino también por el esfuerzo emocional y mental que requiere estar siempre al pendiente del bienestar de los demás. Ser ama de casa es un trabajo muy duro, que está muy poco valorado y debería estar remunerado.