Ana se casó con mi tío Alfredo hace ya muchos años, por allá a principios de los 90 o finales de los 80. Pese a no ser familia de sangre, de pequeña siempre fue mi tía favorita.
Innovadores para su época, decidieron que mi tía seguiría trabajando y pagarían la hipoteca de su casa antes de formar una familia, tener hijos y todas esas cosas.
Cuando lo consiguieron, ella dejó de trabajar y tuvo a sus tres hijos, mis primos.
Con el tiempo, mi tía empezó a apagarse poco a poco. Ya no solían venir a las comidas familiares, ni a las meriendas, ni a los cumples, y cuando llamaban las conversaciones duraban unos minutos y parecían más un interrogatorio.
Todos tenían claro que le pasaba algo, y, como ella no tenía apenas familia, mi madre y mi otra tía fueron a hablar con ella a ver si podían ayudar en algo. Consiguieron que se abriera, y les contó que se sentía muy sola. Mi tío, el que iba de progre, de buen padre, y de que la familia es lo primero, les tenía completamente abandonados a todos.
Prácticamente el hacía su vida, e ignoraba por completo tanto a mi tía como a mis primos. Él hacía sus planes, organizaba cenas con sus amigos, se iba a jugar al tenis, con la bici, siempre a su aire, sin avisar, sin contar con ella para nada. Mi tía se vio, de repente, sola en casa casi el 100% del tiempo. Incluso en alguna ocasión le había tocado irse a urgencias con alguno de los chicos que estaba malo, llevándose a los otros dos con ella porque no consiguió contactarle.
No quería dejarle porque sin él no tenía nada. Su única familia era su madre, pero hacia años que ni siquiera la reconocía. Así que, pese a que todos le aseguraron que la apoyarían como una más de la familia si se decidía a divorciarse, decidió seguir con él. Aunque empezó a venir nuevamente a las reuniones familiares y a todas las veces que nos juntábamos. Sola, eso sí. Mi tío normalmente tenia un partido de tenis, había quedado a comer con sus amigos, o había planeado por su cuenta alguna otra actividad.
Con el tiempo, mi tía volvió a trabajar (tuvo que cambiar de carrera porque se había quedado obsoleta en su profesión), y poco a poco fue recuperando su energía y se la veía bastante bien. Ya siendo yo adulta, me contó un día que todo seguía igual, pero que ya se la pelaba bastante. Amor no había, pero se había resignado a ello y no hubo manera humana de convencerla de que tenía otras opciones.
Ahora bien, mi primo el mayor tiene ya 25 años, y es la viva imagen de su padre. No solo física, si no también en personalidad y en la manera de hacer las cosas. Está estudiando en otra ciudad y vuelve a casa los fines de semana. Hace con su novia exactamente lo mismo que mi tío hacia con mi tía. Viene y no la llama, se va con sus amigos, a jugar a la consola, a jugar a futbol, a lo que sea. Ya si eso al final del día, si le sobra un poco de tiempo, la llama para quedar (y espera que ella lo deje todo para ir a verle.
¿Qué ha pasado? Pues que le ha mandado a la mierda. Llevaban 4 años juntos y la chica ha dicho hasta aquí hemos llegado. Y con razón. Pero de repente la mala es ella.
Mi tía se pasa el día contándole a quien quiera escuchar lo mala que es la chica por haber dejado a mi primo. Es que es una manipuladora, es que está obsesionada, es que es normal querer quedar con sus amigos, tener pareja no quiere decir que tengan que estar pegados las veinticuatro horas del día, está loca.
En mi último viaje a España, le dejé caer que eso es exactamente lo que mi tío había hecho con ella, y entonces tenía una opinión muy diferente.
Pero solo se cabreó y me dijo que no tenía nada que ver.
¿Cómo puedes ver lo malo cuando te ha pasado a ti, pero defender a tu hijo a muerte por hacer exactamente lo mismo?
Andrea M.
