Yo, como la mayor parte de los niños de mi generación, me crié prácticamente en casa de mis abuelos. Un gran parte de nosotros no fuimos a guardería, sino que nos quedábamos con los abuelos mientras nuestros padres trabajaban. Por lo tanto su casa es mi segunda casa. Una casa en la que fui muy feliz, que asocio a mí infancia, en la que he vivido comidas familiares, siestas, juegos y más juegos.
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La casa tiene dos plantas, pero hacíamos la vida en la baja, así que para mí era una aventura subir a la planta de arriba, abrir cajones, explorar armarios, habitaciones secretas…cada vez que subía era como entrar en el armario de Narnia. Quiero deciros con esto que esa casa guarda para mí, además de todos los recuerdos felices, una gran parte del mundo de fantasía en qué vivimos cuando somos niños. Siempre he estado muy apegada a ella.
Pero sucedió que mis abuelos murieron. Primero murió mi abuelo y mi abuela siguió viviendo allí, así que esa siguió siendo mi segunda casa. Sin embargo, a los seis años murió también mi abuela y la casa pasó a ser de mi tía, la hermana de mi padre. Mi tía fue para mí como una segunda madre durante toda mi infancia, sin embargo, unos años antes de que mi abuela muriera todo cambió. Mi tía cambió, su relación con mi padre empezó a ser imposible y de rebote pasó lo mismo conmigo y con mi madre. Así que dejamos de tener relación, salvo cuando íbamos a comer a casa de mi abuela.
Cuando ella murió ya no teníamos que juntarnos nunca, de manera que ella se fue por su lado y nosotros por el nuestro. Así que la casa de mis abuelos dejó de ser mi segunda casa. Desde que mi abuela murió yo no he vuelto a poner un pie en ella, lo cual me hace sufrir mucho. Allí dejé recuerdos intangibles, pero también muchos materiales que me gustaría recuperar, me duelen especialmente dos álbumes de fotos de mis abuelos y mi padre y mi tía de pequeños y una colección de monedas antiguas que tenía mi abuelo y siempre me dijo que serían para mí. Del mismo modo, quisiera enseñarle esa casa a la que estoy tan apegada a mi marido, que no ha podido conocerla y lo mismo con mi hijo. Quiero que conozca sus orígenes y los lugares en los que su madre se crío y fue feliz.
Al principio, como no teníamos relación con mi tía, tampoco me preocupaba tanto este asunto. Si no tenemos trato era lógico que no volviéramos a la que ya era su casa (aunque nunca ha vivido en ella, porque vive en otra localidad), pero con el paso de los años volvimos a retomar la relación. Cuando vi que volvía a tener sentido ir a enseñársela a mi hijo y a mi marido se lo comenté a mi tía y ella se hizo la sueca y me daba largas. Yo tampoco entendía muy bien por qué, puesto que nadie vive en esa casa y la tiene poco más que de trastero. El caso es que durante varios años, le he estado pidiendo que por favor me dejara ir a verla y siempre me daba largas, hasta que por fin un día me dijo que sí, que la próxima vez que viniera en verano al pueblo íbamos a verla.
Pues parece de película, pero no lo es, de repente empezó a hacer cosas raras y ni tío (su marido) ni corto ni perezoso por no hacerse cargo de ella ni un día de más la metió en una residencia y se hizo con la administración de todos sus bienes. Ahora él manda sobre la casa y me ha dicho que si mi tía no quiso llevarme en tantos años él no lo iba a hacer ahora, que va a poner la casa a la venta y que me olvide de ir a por nada.
No os he dicho que la casa está en un pueblo de 200 habitantes y no es enorme ni tiene terreno. Vamos, que va a vender el patrimonio de mi tía para sacar una miseria. Y encima, no me va a dejar entrar a echar un último vistazo ni a recoger mis cosas por fastidiarme, estoy segura.
Solo os digo que me estoy planteando comprarla yo. Si mis abuelos levantaran la cabeza se volvían a morir.