Viví una historia súper bonita de juventud que me dejó marcada para siempre. Yo me enamoré hasta los huesos de él, pero él de mi no, con lo que terminó dejándome por otra cuando llevábamos unos seis meses de relación. Aún recuerdo aquel dolor y se me eriza la piel.
Al principio cortamos el trato, pero por estas cosas que tiene la vida, nos volvimos a reencontrar años después, él ya libre y yo también. Esto mismo nos ha pasado varias veces en todos estos años, porque siempre que retomábamos la cercanía y terminaba pasando algo entre nosotros, terminaba en otra etapa, a veces de años, de contacto cero por mi parte porque nunca llegábamos a lo que yo quería con él, que era básicamente todo. Una vida entera.
De manera casual, esas etapas de contacto cero volvían a terminarse, pues en cuanto nos cruzábamos por la calle o uno felicitaba el cumple o la navidad al otro, ya se abría de nuevo una nueva espiral de feeling entre los dos que volvía a no llegar a buen puerto. Es decir, siempre ha habido cariño y atracción, algo que nos une a los dos por ambas partes, pero yo siempre he querido más y él al final se ha echado atrás, aún no tengo muy claro por qué, si tan fantástica le he parecido siempre.
Tuviésemos contacto o no, yo siempre lo he tenido en mi mente. Siempre ha sido esa persona de referencia en la que se piensa, ese nombre que, al escucharlo en boca de algún amigo común, hace que duela la barriga. Una historia bonita pero imposible, al menos esa es mi sensación. Yo hubiera dado cualquier cosa en varios momentos de mi vida porque aquello hubiese funcionado.
Cuando me dejó la primera vez, estuve esperando por él varios años. Tardé en entenderlo, pero cuando lo asumí, terminé rehaciendo mi vida. Es triste admitir que mi marido de entonces fue un cierto segundo plato, pero es que tenía toda la vida por delante y el hecho de no poder estar con la persona que realmente quería, no invalidaba que conociera a otras personas y que tuviera derecho a hacer una vida más o menos normal, casarme, tener hijos. Así fue, y él acudió a mi boda. Si en aquel momento me hubiese dicho que no me casase, me habría ido con él sin pensarlo. Pero no lo hizo.
Vino a verme al hospital cuando tuve mi primer hijo, yo lo esperaba ansiosa, no era un amigo más. Él a su vez también fue haciendo su vida, tuvo parejas, yo me divorcié de mi marido. Nos volvimos a reencontrar ambos libres durante un tiempo, algo más mayores, pero tampoco funcionó. Vuelta a empezar.
Amistad, cercanía, siempre en mi mente, pero volví a rehacer mi vida, y él también. Es como una disociación entre un hombre al que amo profundamente y un amigo mega cercano por el cual me alegro de todos sus logros. Estuve feliz cuando fue padre, me cae genial su mujer. Pero daría algo por estar con él, con su parte de hombre al que quiero. En fin, soy consciente de que es difícil de entender.
La sensación de que nunca voy a sentir un amor pleno no se me quita. Al principio pensé que era joven y la vida me demostraría que ese amor que yo sentía pasaría a otro lugar, pero el tiempo sólo hacer reafirmarme que sé que es él el hombre de mi vida. Independientemente de que yo rehaga ésta y sea feliz igualmente. Yo lo enfoco como que a lo mejor mi vida es un siete y si fuese con él sería un diez, pero una vida de un siete también es una vida que merece la pena vivirla.
Cuando lo miro, tantos años después, sigo sin saber qué es exactamente lo que me une a ese hombre con ese lazo irrompible. Por nosotros han pasado muchos años, él está desmejorado, esté perdiendo pelo, ha puesto kilos, y yo también, pero nuestras esencias son las mismas y sigue siendo irremediable para mí tenerlo cerca y no morirme por besarlo. Admirarlo, reírme con sus cosas, parecerme que la vida a su lado sería un sueño.
Y cuando se va, hasta el próximo contacto, toca despertar y volver a ser moderadamente feliz en la vida que tengo, cerca de un hombre maravilloso, con hijos, con mi casa. Pero en la que siempre, de alguna manera, falta ÉL.
