Parece surrealista, pero así fue: Me enteré que me la pegaba por una foto de twitter.
Más testimonios reales en whatsapp, pincha aquí, es gratis y totalmente privado
Pasó en Barcelona, llevábamos conociéndonos seis meses. Un chico que desde el minuto uno tenía clarísimo que quería pareja. Yo iba un poco en modo “ya veremos qué pasa, tampoco me voy a poner intensa”. ¡Sorpresa! Me puse intensa.
El caso es que después de medio año de citas, vermuts y esa sensación de “esto pinta bien”, tuvimos la típica conversación incómoda de adultos funcionales. Esa de: “¿Qué somos?”. Y oye, sorprendentemente, coincidimos. Proyecto común, exclusividad, palabras bonitas… todo muy serio, muy formal, muy “vamos a hacerlo bien”
Error número uno: confiar.
Yo, toda ilusionada, decido subir de nivel la relación: “Vente al País Vasco, conoce a mis amigos, te quedas en mi casa, salimos de fiesta…» Pasamos un fin de semana largo, lleno de risas, planes, pintxos… todo perfecto. Demasiado perfecto, ahora que lo pienso.
Volvemos a Barcelona y aquí empieza la temporada nueva de la serie: Distante y Misterioso.
De repente, el chico que quería una relación seria ahora necesitaba “mucho espacio”. Los viernes desaparecía. Modo avión activado, como si fuera piloto de Iberia en pleno vuelo transatlántico.
Yo escribía, el mensaje no llegaba, y él, cuando reaparecía, siempre con la misma cantinela: “no pasa nada”, “todo está bien”, “necesito tiempo para mí”.
Y yo, que soy bastante independiente, pensé: bueno, tampoco pasa nada, cada uno con sus cosas. JA.
Hasta que Twitter, decidió regalarme la sorpresa del año.
Una chica random me hace retweet. ¿A mí? Que no tengo ni seguidores ni actividad… no sé, ni que fuera yo influencer.
Esto huele a pedo de huevo… y entonces me meto en su perfil. Nombre: Ana. Fotos: aparentemente normales. Hasta que hago zoom mental… y me doy cuenta de que está cenando en la cocina de MI novio

¡Pero espera, que mejora!
Sigo bajando… y ahí está: una foto de ella despertándose en MI cama. Un domingo por la mañana entre mis sábanas. Esas sábanas que mi madre me regaló, bordadas a mano, únicas en el universo.
La escribí. ¿A quien? ¡A Ana, por su puesto! Porque claro, una es educada hasta en la desgracia. Le expliqué la situación. Su respuesta: lo sabía y le daba igual.
Maravilloso. Dos por el precio de uno.
Así que hice lo único que tenía sentido: desaparecer yo. Ghosting elegante.
Cuando él me preguntó qué pasaba, le respondí con su propio guion: “nada”, “todo bien”, “necesito tiempo para mí”.
Y así, sin drama, sin cierre, sin segunda temporada… se acabó.
No sé si ella le contó que yo sabía algo. No sé si él lo intuía. Y sinceramente, no te voy a engañar, me da igual.
Porque al final, la única que volvió a dormir en esa cama… fui yo.
Y oye, qué gusto da cuando el problema se elimina solo y cambias de sábanas (Por supuesto)