Esta es la historia de una vieja amiga de la infancia a la que siempre he tenido en alta estima. Es la mayor de tres hermanas que, desde su preadolescencia, supieron qué supone que los hombres te descubran sexualmente. Las tres obtenían atenciones masculinas de propios y extraños, desde niños a los que enamoriscaban a chicos de su edad y adultos de dudosa moralidad, incluso de su propia familia. Resultaban atractivas y dicharacheras por sus cualidades de serie, pero también porque todas sus virtudes estaban multiplicadas por tres. Se llevaban pocos años e iban juntas a todos los sitios.
Las tres fueron muy precoces, tal vez porque su madre quedó pronto viuda de un hombre que la maltrataba y se dedicó a recuperar los años perdidos, dejándose la atención de calidad a sus hijas por el camino en un momento en el que la necesitaron mucho. Comenzaron a besarse con chicos en los callejones cuando otras aún saltábamos sobre juegos pintados con tiza en el suelo. Tuvieron sus primeros contactos con la anatomía masculina de sus pares cuando el resto aún salíamos corriendo si nos miraba el que nos gustaba.
Siendo aún menor de edad, la mayor de las hermanas se quedó embarazada. Las vecinas animaban a la madre y futura abuela, “Bueno, mujer, todo fuera eso, un niño siempre es una bendición”, y por detrás decían que la niña era una suelta y que se veía venir que cualquiera le iba a hacer una barriga.

Acogida sin papeles
Mi vieja amiga tuvo una niña cuando aún no estaba preparada para tenerla, y en ausencia de una madre y abuela que no despejó agenda ni cambió hábitos. Posiblemente, a su hija le faltaron muchas lecciones de sexualidad, y ahora también le faltarían de maternidad. La abuela salía y entraba con su nuevo novio pensando que en casa ya había suficientes niñeras. Pensó que darle a su hija, a su yerno y a su nieta un techo y comida ya era suficiente. Aquel nuevo reto maternal no era suyo, ella ya había criado a tres, trabajando a destajo, llevando la casa en exclusiva y soportando a un marido borracho y violento.
Aquella pequeña creció yendo de brazos en brazos, ya que desde que nació volvió locas a todas las vecinas. En particular, a una que la acogió día tras día en casa como si fuera suya, con comida y juegos. Hasta que, en algún momento, la niña solo volvió a casa de su madre para hacer visitas, justo en la calle de atrás.
Para cuando la niña decidió que su familia de acogida sería su familia primaria, siendo adolescente, su padre hacía años que se había ido. Para sorpresa de nadie, aquel padre tan joven se largó en cuanto quiso retomar su vida, pensando que aquella pseudopaternidad era solo un ensayo de lo que se vendría más adelante. Desconozco si, a día de hoy, tiene relación con su hija.
Mi vieja amiga, la mayor de aquellas tres hermanas tan dicharacheras y bonitas, se quedó embarazada de otro hombre. La madre y abuela, sobrepasada y con la intimidad perdida en su propia casa, le dijo que se quedaran los tres en su domicilio y se fue a vivir con su novio. Las otras dos hermanas, tías de la criatura, veían su espacio aún más reducido.

Mamá a distancia
Nació un niño que sí tuvo la suerte de tener un padre que se hizo presente en su vida desde el primer día, no como le pasó a su hermana mayor. Como padre era un 10, como pareja un 0. O eso pensaba mi amiga de la infancia, porque, 4 o 5 años después, se separaron. El hombre se mudó a otra ciudad y provincia, a muchos kilómetros de distancia, y se llevó al niño con él.
La madre aún tenía a sus dos hermanas y a su hija mayor, aunque vivía con una vecina y no con ella. Además, en respuesta a una madre ausente, esta se convirtió en una hija ausente. A medida que creció, se sintió menos obligada por vínculo a mantener una relación de calidad con su madre. A día de hoy, ya mayor de edad, me consta que está más centrada en sus estudios y en resolver el trauma infantil que otra cosa.
Tampoco es que su madre pudiera enfocarse mucho en recuperar la relación con ella o cuidar la que tenía con su segundo hijo, todavía pequeño pero viviendo lejos. Un par de años después de la marcha de su novio, papá de su segundo hijo, se quedó embarazada por tercera vez de una nueva pareja.
Mi madre tenía vinculación profesional con el centro de servicios sociales de mi ciudad por entonces, y las hermanas de la futura mami de tres vinieron a hablar con ella con mi mediación. Le pidieron que convenciera a su hermana mayor para que no tuviera a este tercer hijo, relatando la lista de agravios hechos a los otros dos y sus precarias condiciones de vida de entonces. Ninguno de los dos futuros padres tenía trabajo estable ni casa propia y, por lo que sé, a día de hoy combinan trabajos temporales con negocios sospechosos.

Mi madre no quiso intervenir en un asunto tan delicado por no tener un vínculo significativo como para hacerlo. Mi vieja amiga decidió seguir adelante con el embarazo y, para cuando tuvo a su tercer hijo, sus hermanas ya habían salido de la casa. La relación entre aquellas tres hermanas que lo hacían todo juntas de niñas se enfrió temporalmente, pero, por lo que sé, siguen teniendo un vínculo estrecho.
Mi último contacto con ella fue un día que me la encontré por la calle, con su tercer hijo ya crecidito. Ella sonreía como siempre, sin tenerme en cuenta que no la hubiera visitado antes y entendiendo que tener vidas tan diferentes solo puede deparar un distanciamiento progresivo. Verdaderamente, no ha cambiado. Continúa siendo la niña que era y eso le sigue agenciando la simpatía y ayuda de las vecinas, pero quizás haber tenido tres hijos si tendría que haber propiciado un cambio.
Esta es una historia anónima más que ilustra la importancia de la planificación familiar, de estar preparada para ser madre en todos los sentidos y de cómo se reproducen patrones familiares entre generaciones. Quizás mi antigua amiga sí tenía instinto maternal. Simplemente no ha podido ni sabido hacerlo mejor de lo que lo ha hecho.