Uno de los sucesos más tristes de mi existencia fue el que hizo posible que siga viviendo.
Lo cual es maravilloso y terrible al mismo tiempo.
Porque cada día que me levanto de la cama doy gracias por estar viva.
Y cada día dedico mis pensamientos al hijo que no llegué a conocer, ya que tener un aborto me salvó la vida.
Mi marido y yo llevábamos tiempo planeando aquel embarazo.
Habíamos conseguido dejar de fumar, no probábamos el alcohol, comíamos lo más sano posible y yo llevaba meses tomando ácido fólico.

Mis períodos no eran muy regulares, así que esperé a tener un retraso de dos semanas para hacerme un test.
No queríamos emocionarnos demasiado hasta que el médico nos confirmase que todo iba bien, pero celebramos el resultado positivo llorando y dando saltitos como dos niños pequeños.
Creo que ese fue el último día que me encontré bien del todo físicamente, pues, aunque estaba radiante de felicidad, lo cierto es que la confirmación del embarazo dio el pistoletazo de salida al empeoramiento de mi salud.
Al principio lo achaqué a mi estado.
En la primera consulta habíamos escuchado el latido de nuestro renacuajo y todo estaba en orden.
Así que pensé que aquel cansancio extremo, el cambio en mi flujo, las molestias abdominales y las constantes ganas de orinar no eran más que una señal de lo que ocurría en mi interior. De hecho, eso era exactamente lo que eran.
Pero no tenía ni idea de lo que me estaba pasando.
Y viví feliz en la ignorancia hasta que comencé a manchar.
No quería parecer la típica embarazada histérica saturando las urgencias por una tontería. Llamé a mi médico y me dijo que guardara reposo 24 horas y que fuese a la consulta si seguía manchando pasado uno o dos días.
Finalmente fui a urgencias antes.

Tenía dolor y una hemorragia demasiado intensa para ser normal.
El ginecólogo que me atendió parecía escandalosamente joven, reconozco que una parte de mí no se fiaba de su capacidad.
No le quiso creer cuando nos dijo que no había latido.
Apenas le oí hablar de desprendimiento de placenta.
Si hubiera podido articular palabra, habría pedido una segunda opinión.
No lo hice porque me interrumpió antes de que terminara de hipar.
Lamentaba las molestias, pero quería que esperase un momento más en aquella sala horrible. Había llamado a una compañera para que viese el ultrasonido.
Mi marido y yo estábamos rotos. Yo de forma evidente, él haciendo todo lo posible por no derrumbarse.
No sabíamos que aún nos quedaba otro mazazo.
La doctora llegó, me hizo otra ecografía, salió unos instantes junto con el jovencito y no volví a verla.
Le tocó a él contarnos que habían observado una masa sospechosa, que me harían un legrado junto con más pruebas para poder confirmar de qué se trataba.
Para cuando me dieron el alta me había tocado enfrentarme a la pérdida de mi bebé y a ser diagnosticada de cáncer.
Fue aquel médico tan insultantemente joven el que vino a verme a la habitación y me dijo que entendía mi dolor, pero que no quería dejar que me marchase sin explicarme qué era un sarcoma uterino y por qué era tan afortunada de que el mío hubiese sido detectado en estadio IA.
Me hizo llorar, sin embargo, fue un llanto diferente. Un sentimiento diferente.
Y siempre le estaré agradecida por lo que me dijo y, sobre todo, por cómo me lo dijo.

Tener un aborto me salvó la vida.
Porque sé fehacientemente que, de no haberme quedado embarazada y haberlo perdido, nunca habría ido al médico con el margen suficiente para tratarme en un estadio inicial.
Soy de las que espera, de las que piensa que nunca es nada, que ya se me pasará.
Bueno, era de esas.
He aprendido por las bravas el valor de la prevención, es una lección que no se me va a olvidar.
Me la enseñó un gran profesional de la medicina.
Y mi bebé dio su vida a cambio de ese aprendizaje.
Anónimo
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