Tengo tres hijos de tres parejas distintas y oye chica, tu me dirás que si no he aprendido la lección, pero siempre pensé que por fin había encontrado al amor de mi vida… y no. Aún así tres son más que suficientes y ya hace unos años que decidí ligarme para no tener más. 

Con todos los padres de mis hijos me llevo muy bien eh, el principal problema es la logística, no cuestiones de malas relaciones o económicas.

Canal de mamis en whatsapp

Hay gente que organiza su semana mirando el calendario laboral. Yo la organizo consultando tres calendarios compartidos diferentes, tres chats de WhatsApp y mi propia memoria, que ya funciona con la misma fiabilidad que una tostadora vieja. 

Lo más complicado no es tener tres custodias compartidas. Lo complicado es que ninguna se parece a la otra. Cada una tiene sus normas, sus horarios y sus pequeños detalles, además que cada uno tiene una edad diferente y las condiciones son muy distintas. Hay días en los que recojo a un hijo a una hora, dejo a otro en una actividad completamente distinta y descubro que el tercero tiene una excursión para la que había que llevar una camiseta que les habían dado en el colegio y que nadie me avisó que existía. 

Mi coche ha dejado de ser un vehículo para convertirse en una oficina logística de la CIA. Dentro aparecen zapatillas sin pareja, botellas de agua medio llenas y dibujos o maquetas infantiles que llevo meses transportando porque me da pena tirarlos y porque tampoco sé de quién son exactamente y algún que otro snack a medio morder. 

Lo que peor llevo son los fines de semana y vacaciones, siempre me coincide que tengo a alguno de mis hijos en casa. A veces ya ni recuerdo quien es el que se va con su padre ese día o esa semana, cuando aparece por la puerta pregunto cuántos días se lo queda y preparo la maleta in extremis. 

Hace años que no se lo que es tener un día para mi, sin estar enferma claro. Porque la parte buena de llevarse bien con todas mis ex parejas es que si estoy enferma puedo pedirle a cada uno que venga a por su respectivo hijo, aunque solo utilizo esa carta cuando me encuentro realmente mal, por lo que no es un día para mi, es un día de supervivencia. 

También he desarrollado habilidades funcionales. Por ejemplo, puedo preparar tres mochilas distintas mientras busco unas llaves, respondo un mensaje del colegio y evito que un niño utilice el sofá como si estuviera entrenando para los Juegos Olímpicos. También soy capaz de identificar a qué hijo pertenece una sudadera observando únicamente el nivel de suciedad acumulado. 

La parte económica también tiene su punto. Siempre hay algo que pagar. Cuando termino con unas zapatillas, aparece una excursión. Cuando termina la excursión, surge una cuota. Cuando acaba la cuota, alguien necesita material escolar. ¿Las tiendas de deportes y los colegios mantienen reuniones secretas para coordinar sus gastos?. 

Mis amigos sin hijos (o con solo uno) creen que exagero cuando digo que necesito confirmar fechas con varias semanas de antelación. Ellos proponen planes con una

determinación admirable. Un jueves cualquiera escriben: «¿Te apuntas el sábado?». Pero antes de responder, necesito consultar más documentación que un notario. 

Pero después de tanto tiempo ya me he acostumbrado. Tanto, que cuando tengo dos horas completamente libre me entra cierta inquietud. Miro el móvil varias veces porque estoy convencida de que he olvidado recoger a alguien en algún sitio. Cuando compruebo que no, sigo desconfiando durante un rato. 

La tecnología tampoco ayuda demasiado. Tengo tantas alarmas programadas que a veces suena una y no sé a qué hijo debo recoger de qué actividad. Vivo obedeciendo avisos creados por una versión pasada de mí misma que claramente confiaba demasiado en su capacidad de memoria y organización. 

Las mayores crisis son cuando coinciden los cambios de custodia, especialmente por vacaciones. En esos momentos parezco el director de una empresa de transportes y logística. Mochilas entrando y saliendo, chaquetas intercambiadas, cargadores desaparecidos y alguien preguntando dónde están sus zapatillas de deporte que no le sirven desde hace meses o su peluche favoritísimo que probablemente se perdió hace un año. 

Hay semanas en las que envío más mensajes para cuadrar horarios, cambios de días, actividades y vacaciones con los respectivos padres, que correos en mi trabajo. A veces dedico media hora a resolver un intercambio de fines de semana y, cuando por fin queda cerrado, surge otro cambio distinto con otro padre. 

También he aprendido a no dar nada por supuesto. Si no apunto una fecha, desaparece. Si no reviso un horario, cambia. Y si creo que una semana va a ser tranquila, siempre aparece algún festival del colegio, una reunión de última hora o una actividad que llevaba meses anunciada y que, por alguna razón, descubro en el mismo día. 

Así voy sobreviviendo, con el calendario abierto permanentemente y la sensación de que gestionar tres custodias compartidas se parece mucho más a llevar la agenda del Presidente de un país en guerra.